La flor en el collar

magiaFicciónnarrativa

La flor en el collar

Parecía una gota de rocío, nunca una lágrima. Húmeda, aún resbala por mi campo dormido, bordando un sueño sobre la desnudez de mi silencio. Había quedado la flor suspensa en aquel momento impreciso, crecía en mi cuello, delineaba un espacio en la inexactitud de mi piel y lo reclamaba sin esfuerzo. Crecí en él, las dos nos dejamos absorber, sólo así. Había ocasiones en las que yo miraba su collar con anhelo, resplandecía. Sentía que por ahí de pronto se fugaban sus raíces, me preguntaba a menudo: ¿puedes verlas? Yo siempre le respondí que no, pero ahí estaban, en sus manos, en la mirada de cristal acogiendo en su brío cada pétalo encinto.

Sí, ahí había quedado cautivo su misterio, un respiro, un verbo inmarcesible que ahora suspira en mi pecho, y en mi respiración el recinto que acoge cada pistilo. Ahora las raíces me brotan, pero siempre serán de ella. El brillo poliniza mi cuerpo y en su piel un ramo invisible que de a ratos puedo saborear, porque yo soy esa flor en el cristal y ella es infinita. Me mira como lo hacía antes, con suavidad. Me tranquilizo, aquí está.

Me lo dio porque sabía que me iría un tiempo, un año entero. Recuerdo ese momento: estábamos en mi casa, sus dedos acariciaban con dulzura aquella flor, siempre lo hacían. La vi con intenciones de despedirse y su tacto angosto se desdoblaba por el collar, pequeña gota de río. Entre roces, sus manos transformaban lo momentáneo en eterno, ella se deslizaba por el tallo y sin darse cuenta germinó en su textura. La despedida se prolongaba, pero jamás se marchitó. A veces siento que seguimos despidiéndonos sin saber realmente el por qué. Y ahí quedó su tacto impreso en la superficie diáfana, en ese adiós incalculable, una huella, una voz, presencia que florece dentro de cada palpitación y que se traduce en la ternura del capullo. Somos una, ¿no es así?

A veces siento que me elevo tan alto que me es difícil regresar. Callo, desemboco en el arroyo de su cuerpo y río, lloro, pero no me hago llanto porque prefiero imaginarla, mirarla como siempre lo he hecho; sin despedirnos del todo, pero sabiendo que lo hacemos porque ahí nos encontramos, en ese poema necio que se cristaliza en nuestro desvelo; en la lejana piel donde se escribe con premura cada pétalo. Respiro, aprieto el verso en mi pecho y se agota en su magia la melancolía. Le sueño poemas.

Me acompaña a todos lados. Reflejos.

Ella es la flor en mi collar; nunca cesa de crecer.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.