La familia se construye (con papas mayo y jugo de ciruelas)

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La familia se construye (con papas mayo y jugo de ciruelas)

Sentada en la terraza con ensalada de papas mayo. Es la gente que se estacionó afuera de la casa de la tía que a este año le tocó a navidad, y sacaron bajo el brazo un bowl de papas mayo. También –claro, no puede faltar el picoteo– traen bolsitas de aceitunas negras, verdes y rellenas de pimientos, y algunos paquetes de galletas con linaza, chía y las últimas semillas.

Todo se arregla en la mesa con los aportes de los demás: ensalada de tomate con cebolla, papas rústicas, quesitos, qué sé yo. En la casa de mi tío había pancito con palta y otros con churrascos; yo me alimenté de los múltiples frutos rojos del sur veraniego. Otros llevaron un postre.

Berries en mano, miro alrededor y veo un lado de mi familia. Y los elijo de nuevo. Los elegiría cada vez. Escuchar el "iré a comer con mis abuelos" o "estuve con mi prima" me da un apretón de nostalgia directito al corazón sin falta, y me imagino todas las personas estacionando afuera de las casas anfitrionas del asado con las papas mayo bajo el brazo. Y ahora, aquí, hago lo mismo con los míos, sosteniendo un tupper con ciruelas del patio del otro lado.

Mi familia se pega con jugo de ciruelas del patio de mi abuelo. Andábamos todos repartidos y partidos, trozados por los diálogos inconclusos y no dirigidos y cortados por circunstancias intrincadas, lenguas enredadas y malentendidos. En el patio, caen las ciruelas. A veces sales por la puerta de la cocina y las sientes venir: suenan las hojas en algún lado, advirtiendo el paso en caída libre y "¡put!" suena la ciruela que rebota a tus pies. Pero de repente nos dan en la cabeza. Y la familia se vuelve a pegar.

Se dice que los amigos son esa familia que uno elige, pero aquí hablo de esta familia de sangre que nos toca elegirnos constantemente. y nos tocó elegirnos de nuevo, reunidos en la misma mesa bajo el mismo techo con las mismas cosas pero medimos distinto –al menos los que fuimos chicos y hoy reclamamos puestos más adultos–. Se dio un cadáver exquisito, algo que pueda cerrar nuestra unidad que quedase para que mi hermana grabara con una cámara recuperada por ahí de los 30 que pertenecía a nuestro bisabuelo – qué redondo es el encuentro.

Y lo chistoso es que todos escondimos nuestras palabras entre pliegues que no correspondían al otro. Nadie se encimó, todos encontramos un lugar. Y nos escogimos de nuevo, con la sombra de mi abuelo coronando la mesa, porque estuvimos repartidos y nos repartiremos de nuevo, pero en el patio trasero siguen cayendo las ciruelas.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.