La esperanza y el miedo

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La esperanza y el miedo

Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza.

Así es que inicia El Decamerón, escrita por el italiano Giovanni Boccaccio en el siglo XIV. Continúa hablando de la esperanza que tiene de que el dolor de leer sobre la peste negra sea solamente momentáneo. Espera que la miseria de sus lectoras termine con la llegada del gozo, la dulzura y el placer. Es curioso porque en estos momentos vivimos una situación similar a la que dió origen a esta obra, y esperamos lo mismo: que todo termine con la llegada del gozo y el placer.

Al describir la pestilencia por la que pasaban los habitantes de Florencia en el año 1348, Boccaccio dice que “tuvo mayor fuerza porque los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho”. Se toma el tiempo de describir cómo surge el miedo de encontrarse con algún enfermo o muerto en la vía pública. La ignorancia y la incertidumbre quedaban al descubierto cuando los infectados morían al tercer día sin importar el remedio recetado por los supuestos médicos y curanderos. Huír de los apestados se convirtió, entre los que quedaban vivos, la única forma segura de permanecer saludable. Este aislamiento se extendía más allá de separarse de los enfermos, pues aquellos que podían se encargaban de que ni siquiera las noticias de los muertos y enfermos llegaran a sus oídos. La música, el buen vino y la comida (aunque no en exceso para no invitar a la enfermedad por concupiscencia) ocupaban su tiempo.

Otros, aquellos con menor fortuna y posibilidades para aislarse, confiaban en que la solución a semejante mal era entregarse a la bebida y al gozo, satisfacer sus deseos. “Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño”, dice sobre estos. También estaban los que vivían en un punto medio, pues no se encerraban pero tampoco vivían en libertinaje. Estos llevaban ramos de flores y hierbas de olores cerca del rostro para evitar respirar el hedor de los cuerpos abandonados, mientras salían a dar breves paseos. Es inevitable pensar en el paralelismo que se puede hacer entre esas hierbas y los cubrebocas que lleva hoy la gente en la calle.

Nada importaba en realidad porque el fondo de estas tres actitudes ante la peste era el mismo: el abandono por las autoridades. Aquellos que observaban las leyes habían huído o habían perdido poder porque sus funcionarios estaban muertos. Las autoridades de las leyes divinas tampoco estaban, habían sido las siguientes víctimas después de los primeros entierros. Cada quien hacía lo que quería, así como parece que hacemos todo el mundo frente a la pandemia. ¿Dónde está la autoridad?

No es que falte poder, porque en esa época (y en la nuestra) el poder del dinero se hizo todavía más valioso para tener mejores probabilidades de supervivencia. Max Weber, sociólogo alemán, define el poder como la probabilidad de que un individuo en una relación social pueda realizar su voluntad, incluso en contra de la resistencia de otros. Esto en contraposición de la dominación que alude a la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas. En nuestra situación actual de pandemia, el poder es rentar una isla privada hasta que “se aplane la curva” y la dominación es establecer una cuarentena que todos los ciudadanos respeten y apoyen. El poder también es entrar a empujones y sombrerazos a una tienda sin tapabocas, mientras que la dominación es quitarse voluntariamente los zapatos en el aeropuerto para evitar un (otro, dirían los gringos) ataque terrorista. El poder es algo unilateral que se impone por medio de la fuerza, la dominación produce una estructura social, lo que la hace duradera.

Volviendo a la peste y a sus curas muertos, en esta sociedad ya no habían formas legítimas de dominación. Es decir, que hubo un rompimiento entre la autoridad y los subordinados que los llevó a pensar que la dominación ya no valía la pena. Y con razón, porque la presencia constante de la muerte tiende a poner las cosas en perspectiva. Si tuvieras tres días para vivir, es poco probable que los ocuparas haciendo la tarea o formado en alguna fila infinita esperando a que un burócrata con mala cara te atienda. Aquellos con la fortuna de sobrevivir a la peste tendrán razones de sobra para querer replantearse la relación que han tenido con la autoridad hasta ahora. Y justo así es como Boccaccio logra escribir el Decameron, una recreación del mundo escrita para mujeres en la que la reina o el rey son elegidos según el día y juzgados por su actuación. El mundo de Boccaccio es democrático y liberal, pero no podría haber sido otra cosa después de que se rompiera la ilusión del beneficio de la monarquía. Así también en nuestros tiempos, el resurgimiento de Black Lives Matter con mayor fuerza y aceptación es una manifestación de este fenómeno producido por una crisis de este tamaño. Tendríamos que preguntarnos (y ya muchos lo han hecho) de qué ilusión estamos despertando.

Esto no se produce de un día a otro o con un solo evento, porque proviene de fallar una y otra vez en mantener la promesa más básica que le hace un Estado a sus sujetos: la seguridad. Dice Aristóteles que la necesidad de seguridad, junto con la necesidad de reproducción, genera las relaciones políticas más naturales del hombre. El amo y el súbdito solamente son diferentes en sus capacidades pues buscan un mismo fin. La falta de predictibilidad agrega una punzante urgencia a la necesidad de seguridad porque no solo te encuentras en peligro de muerte además no sabes cómo ponerte a salvo. Si el Estado o la autoridad no genera un sentimiento de predictibilidad, está efectivamente rompiendo el contrato que hizo con la gente y los abandona. Aquí es cuando viene la violencia (porque no falta quien tenga la fuerza para querer ser el nuevo jefe) y la muerte de la esperanza.


Por Carolina Grimaldi Vargas.