La desnudez

Si hay algo que me gusta es desnudarme.

Con desnudarme no hablo solo de algo físico como la ropa, si no en todo aspecto. Me encanta la transparencia, y las cosas como son.

Mi primera desnudez fue emocional. Luego de un par de remezones familiares, mi primer corazón roto y un cambio drástico de amistades, apenas entrando a la adolescencia conocí a mi mejor amiga que me abrió un mundo nuevo emocional, porque con ella siempre fue todo sincero. Con ella aprendí a decir te quiero, a cantar a todo volumen, a bailar, a escribir y a hablar de todo, desde las cosas más tontas hasta las penas más grandes. Con ella aprendí a conocer a la gente y dejar que me conocieran de verdad, y sobre todo a confiar. Más tarde ella tuvo que partir a vivir lejos, pero lo aprendido nunca se perdió, solo se potenció.

Mi segunda desnudez fue física-estética. Desde ya casi 5 años que me corté el pelo corto, corto corto, en plena adolescencia, inseguridades y espinillas, y sumida en un ambiente femenino donde tu pelo era tu objeto más preciado, casi un estatus. Pero me aburrí de esconder mi cara bajo el pelo y decidí cortarlo. Creo que ha sido de las mejores decisiones de mi vida, me sentí libre por esos 4 años, no había nada que esconder. Toda mi vida mi nariz había sido tema, como muchas otras cosas de mi cara que como niña adolescente me molestaban, pero con el pelo corto se veía todo mi rostro tal y como era, sin el pelo como accesorios. Reconocerme imperfecta y aprender a quererme así es lo más sano que pude haber hecho con mi adolescencia.

Mi tercera desnudez fue física también, dirigida a mi seguridad con mi cuerpo y sobre todo un ideal femenino. Después de años de varios sostenes caros, elegidos con pinzas y requete incomodos, me liberé de ellos y liberé a mi cuerpo para sentirme siempre cómoda.
Hay algo importante de esta ultima desnudez, porque carga con mucho peso impuesto por la sociedad, y creo que todas (mientras su talla se los permita) deberían hacerlo.

Crecí en un colegio de niñas, y cuando empezó a llegar la pubertad apareció el furor por los sostenes. Unas antes que otras empezaron a cambiar los petos por sostenes con copa, y todo esto se volvía un tema de conversación y envidia a la hora de educación física en los camarines. Creo que todas moríamos por empezar a usar sostenes y junto a eso nacieron esas extrañas competencias por el tamaño de copa y todas esas inseguridades porque fueran del tamaño debido, pero sobre todo empezó a aparecer esa sensación al auto- estima: Sentirnos sexys.
A donde vayas encuentras carteles con mujeres en ropa interior mostrando su feminidad y sensualidad por medio de algún diseño que te quieran vender, e inevitablemente entramos en el juego, buscamos el sostén más bonito, el más sexy, el que hace que se vean más grandes y formadas, el que nos haga más mujeres. Toda una lucha interna de sexualidad y feminidad que por mucho que nadie la vea fue tema para muchas, olvidando algo muy importante: la comodidad.
No hay como el momento en que llegas a casa y al fin logras la esperada liberación, quitarte los sostenes. Tenía muchas compañeras y amigas que dormían con ellos y creo que jamás las entendí y jamás las entenderé. Por mucho que eligiera con cuidado la medida exacta, la copa perfecta y el diseño más cómodo, siempre amé llegar a mi casa y ponerme pijama para liberarme de los susodichos. Al menos para mí nunca fueron cómodos, sí me acostumbré y hasta aprendí a no sentirlos, pero aún no entiendo por qué obligarnos a usarlos.
Recuerdo que en el colegio tenía una amiga que nunca usó sostenes, y nunca se me va a olvidar todas las veces que la criticamos, todas las veces que escuché que le decían que se tapara, todo lo malas, que cómo mujeres y compañeras, fuimos.

Estamos metidos en una sociedad donde han sexualizado a la mujer a más no poder, donde tenemos que ponernos todos los días prendas incomodas para ser sexys y para esconder algo que todos, hombres y mujeres, tenemos. Qué diferencia tienen nuestros pezones que tenemos que llevarlos con vergüenza bajo capas de tela y esponja, para rogar que no se noten. Por supuesto el sostén tiene también la funcionalidad de evitar que no se caigan, pero hay tantas variables que pueden hacer que sea incluso más perjudicial que no usarlo, y tantos estudios que demuestran que en realidad la piel y la musculatura podrían hacer el trabajo por si solos, que decidí de hace ya un año decirles adiós, y lucir mis pechos del tamaño y forma real, y con toda seguridad de que el frío haga lo suyo y se note por mi polera.

Me aburrí del push-up, de clavarme fierros y de quedar con la costura marcada. Me aburrí de la picazón al sacármelos, me aburrí de querer parecer más femenina por tener más pechos. Y sí, algún día se van a caer, como también algún día me voy a arrugar, y mi pelo se va a poner gris, y no por eso voy a pasar toda la vida preocupada por eso.

Soy como soy, y me encanta.
Me encanta hablar y decir las cosas como las pienso y las siento, siendo sincera sin tener vergüenza de eso. Me encanta mirarme al espejo y sentirme segura de lo que veo, y encontrar belleza en ello. Me encanta salir de la ducha y quedarme desnuda por un largo rato, y reconocer mi cuerpo renacentista, con sus fallas y sus virtudes de mujer real. Me encanta poder sentirme ligera sin sostenes, y poder caminar tranquila por la calle sin preocuparme si me miran por no llevarlos.
Si hay algo que me gusta de la desnudez, es sentirnos un poquito vulnerables, es mostrarnos y sabernos imperfectos y a partir de eso ser felices, pero felices de verdad, sin trapos, sin mentiras, sin escondernos de nosotros mismos.

Sofía Montealegre B

Sofía Montealegre B

Estudio, respiro y hasta duermo arquitectura, no me da el tiempo para más.

Chile