Kaotrina: isla de Panes y Quesos

Colaboraciones

Kaotrina: isla de Panes y Quesos

Recorrido libre.

Primera vuelta:

Camino por la cuadra de mi casa,

De mi nueva casa,

De mi casa de hace apenas unas horas.

Sorpresa,

Lo primero que me viene en esta caminata, sobre esta nueva cuadra, de hace apenas horas estrenada por mí, es Flores.

Mi barrio Flores,

El Flores de mi niñez.

Así que acá, caminando por la cuadra de mi último y reciente destino, camino también por la iniciadora primera de mi memoria.

Lo que viene llega por olfato.

Podría decirle aroma, aroma a flores, ahora de las que huelen.

En fin, algo me huele a Flores (ahora si el barrio) y me sube a un bondi que me lleva directo a la
puerta de mi infancia.

Yo,

Sigo caminando.

El ejercicio me indica hacerlo durante una hora.

Pienso primero dar la vuelta a la manzana, libre y despojada para luego, centrada sólo en mi cuadra, ir entrando en la observación de los detalles.

Imagino que una hora alcanzará para descubrir los secretos.

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Segunda vuelta:

Hay muchos PH y la altura máxima es de algo así como tres pisos.

Me propongo un juego: centrarme en las veredas.

La cuadra está delimitada en porciones numeradas, cada cual con su diseño particular.

Voy a anotar la altura, dibujar y describir las texturas de cada una.

Ravingnani 1291 – Break Bar.

Piso de losa de grandes cuadrados grises a pintitas negras. Textura: lisa.

Ravingani 1295 – Hogar

Baldosas de cuadrados pequeños, dividido cada uno en filas horizontales, formando diferentes montañas alisadas. Textura: rugosa. Color: Amarillo amarronado si es que existe. Y si no existe, también.

Ravignani 1279: Ídem. Aquí hay inserta en el pavimento una parada de colectivo, el 39 (1,2 o 3, aún está por descubrirse)

Ravignani 1273: Cemento alisado.
Paro en seco.

Nuevamente ese olor.

Sumándose esta el celeste pastel y gastado de la fachada avejentada entre madera, rejas y plantas.

Se inserta, entonces,

Flores de nuevo.

Entra por los ojos.

Afinando mis sentidos, logro escuchar a un perro que ladra llamando en llanto.

Está detrás de la puerta celeste pastel. Me acerco y se calma. Me alejo y vuelve a empezar.

Decido sentarme bajo el umbral de entrada a encontrarnos.

Desde allí, con la mirada al frente, afino un poco más y la veo.

Pequeña y dispersa, entiendo que es el origen de todo.

Todo está encerrado en ella:
Una mancha amorfa y blanca de Kaotrina, el insecticida.

Desde ella emana mi infancia, renacen con nuevos ojos mi patio, las plantas, mi perro y los cuidados de mi abuela para exterminar a las hormigas, que dicho sea de paso, en el nuevo hogar también andan de visita.

Realmente, no estaba en mis planes mudarme a pasos de mi infancia. Bajé de mi primer piso para viajar por una hora y me quedé estancada acá.

Mirando desde la puerta del nuevo hogar ¿Me veré niña?

Juego

Mi isla infante mide 33,5 x 13,5 panes y quesos talle 37 y queda a 71 panes y quesos de mi incipiente y supuesta adultez.

Yendo desde allí en dirección a la isla, el ruido disminuye y en dirección a la adultez todo se intensifica.

La contaminación sonora crece hacia el vértice de Av. Córdoba, pero dicen que con el tiempo una se acostumbra o se acomoda.


– Tamara Arce @tamarapoliya