“Jugando a ser turista en el Centro Histórico”

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“Jugando a ser turista en el Centro Histórico”

Hace unos meses mi maestra le mencionó al grupo que iríamos a un tour de bares en el Centro Histórico. Observé la cara de algunos, más de asco que de gozo. Al final de cuentas se estaba dirigiendo a los niños jesuitas que tanto se jactan de incluyentes, anti clasistas y casi casi seres de amplia benevolencia y empatía por el otro. Para mí no era nada nuevo, mis travesías en las distintas líneas del metro y calles de la antigua Tenochtitlán son amplias, violentas, irónicas y muy alegres. La verdad es que no estuve de acuerdo por pagar $120 por una visita guiada, sin embargo, algo bueno podía sacar. Por esa cantidad de dinero me hice pasar por un turista en el Centro Histórico, un sueño occidental hecho realidad o más bien una presentación exótica digna del Xcaret.

Puse mi alarma a las 9 de la mañana para no llegar tarde, mi pequeña felina terminó de despertarme con su lengua rasposa en mi nariz, me preparé unas enchiladas y me metí a bañar. Nada del otro mundo excepto que por primera vez, iba con tiempo de sobra para no quedar mal con nadie. En la línea café del metro estaban dos señoras peleando con un policía, debido a que los torniquetes se habían tragado los boletos. Las miradas no estaban en aquel escándalo, más bien en mi apariencia. Verán, yo tengo unos pantalones rotos. No es un hoyo común y corriente, va desde mi pantorrilla hasta la mitad de mi nalga izquierda. Se me nota todo, pelos, cicatrices, resequedad e incluso la mugre de 7 días sin bañarme. ¿Por qué no arreglo mis pantalones? No tengo tiempo, además de que descubrí la habilidad de taparme con calzones amplios y de colores oscuros o que al menos, combinen con mis tenis rojos. ¿Por qué no compro otro? Mi cuponera no tiene nada en cuanto a pantalones de mezclilla, así que me conformo con los cortes de cabello por $50 y los combos de hamburguesa con refresco, galleta o papas.

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La cita fue en frente de Bellas Artes y comencé a sentirme mal por llegar 5 minutos tarde, cosa que los demás ni siquiera consideraron ya que nos mantuvieron media hora esperando, el suelo se hundía con cada segundo, lo juro. El recorrido fue bueno, lleno de datos interesantes y cosas que no sabía, no obstante, haré hincapié en que me sentí como extranjero. Con un radio en mi bolso del pecho (así es, parecía una mamá canguro) escuchaba las indicaciones de mi guía de turista.

“Por favor no saquen sus celulares en esta zona, es un poco fea. Tengan cuidado y sean conscientes de que hay personas borrachas que pueden gritarles y ser irrespetuosas….no les hagan caso. Vamos todos en una sola fila y sobre todo ¡no se separen! A partir de ahora todos somos un muégano de gente.”

¿Acaso esto era una excursión de mexicanos en su propio país? Parecía que nos trataban como un grupo de franceses en Quintana Roo gritando: “!Viva Mésico! Yo quiegro másg tequigla porgque la gente agqui es un amog”. Aunque no los culpo. Por simple prejuicio es fácil concluir que el sector privilegiado del país, es el más alejado de lo que muchos llamarían el barrio. Varios de mi grupo dieron el gatazo de pertenecer a esa élite de élites, pero esa no es razón suficiente para excluir o separar. ¿Ya ven cómo polarizamos sin darnos cuenta?

Fuera de las pláticas sobre política en México y de saber si es bueno construir un aeropuerto internacional, visitar el mercado de San Juan me conecta con esos fines de semana de hacer el mandado. Tocar las verduras, ver una diversidad de colores, saludar a todos y apreciar ese delicioso aroma a cañería con huesos de pescado y frutas podridas, es simplemente maravilloso. Y es que en el Centro Histórico pasa de todo, más bien, creo que México se ha caracterizado por ser un país en donde la dicotomía básica del bien y el mal se queda corta. No dudo sobre la espontaneidad, irreverencia o dinamismo de otros lugares, pero aceptémoslo, sólo aquí ocurren fenómenos que rayan en lo inverosímil. En las calles vi varios anuncios sobre cómo crear tu primer negocio de tacos de canasta. No arranqué un papelito para pedir informes por WhatsApp pero ya quedaban pocos.

Esto se queda muy por debajo de lo que algunos de nosotros tenemos que vivir, en ese chorizo subterráneo de color anaranjado. Así es, ese mismo en donde llueve debajo de la estación Chabacano y los comerciantes son los primeros en adaptarse. Se echan a los usuarios a la espalda o tiran objetos en el charco para que suban a hombres, mujeres, niñas, niños, ancianos o cualquier otra persona que no quiera mojarse y esté dispuesto a pagar $10 por el viaje. Sólo en las estaciones del metro y en épocas de lluvia, se ve a los comerciantes convertirse en el Caronte, de todos los que queremos cruzar la laguna y llegar a nuestro destino. Esa sí es una experiencia que mi guía tuvo que anotar en su lista ya que llegó la noche y con ella el aguacero.

Las calles del Centro Histórico comenzaron a inundarse, el suelo reclamó su lugar así que comenzaron a formarse unos charcos de los que salían ajolotes exigiendo su antiguo espacio. De nuevo, mi México mágico haciéndose ver. Tal vez fue por los días cercanos a nuestra festividad más importante, el día de muertos, que todo se sentía mutable. Un bucle del que unos no podíamos salir y otros se dejaban llevar por la suerte. Le celebramos a la muerte, el sacrifico, pero también a esas ganas de recorrer el Centro Histórico y conectarnos con lo que sea que haga referencia a nuestro origen. Ese sábado fui turista de mi propio espacio y es posible que sólo como desconocido, haya podido aprender un poco más de mi entorno, del día de muertos, de mi México, de mi antigua Tenochtitlán.


– Moisés Montiel

Fotografías de Andrea Morlote (@andrea.morlote)