Irse de casa

Irse de casa quizás no es una decisión tajante que tomas en un momento determinado. Quizás es algo que simplemente ocurre. Y de pronto te das cuenta que lo hiciste cuando ya estás muy lejos.

Cuando digo irse de casa, lo hago metafóricamente. Lo hago refiriéndome a una emancipación silenciosa, sin ceremonias de despedidas ni maletas. Me refiero al momento en que te das cuenta que el mundo en que creciste ya no lo es todo. Que de repente ya no es suficiente. Y te urgen las ganas de buscar algo más, porque estás segura de que debe haber algo más. Irse de casa es cuestionarse. Es dejar de creer un poco en las verdades. Es perder un poco la inocencia.

El problema con irse de casa es que nada te asegura que encontrarás una nueva.

Durante los años de colegio, soñaba con el momento de salir al mundo y encontrar mi lugar. Empezar la vida real. Pero, a pesar de sentir que nunca pertenecí ahí y estar lista para marcharme, aun cargaba con los vestigios de mi procedencia. Vestigios que me condicionaban. Y encontrar una nueva casa no resultó tan fácil como pensé. Yo era de un lugar pero al mismo tiempo no lo era tanto. Era demasiado y al mismo tiempo muy poco.

Entonces llevo un tiempo siendo nómade, deambulando de aquí para allá, en constante búsqueda, sin que nada me termine de convencer lo suficiente como para instalarme. Quizás aquello no es algo necesariamente malo, gitanear y observar con distancia.

Pero eso no significa que me haya deshecho de todo lo anterior.

Todavía tengo los chistes de mi papá. Y las tarde de domingo en que mi mamá intentaba enseñarme matemáticas (nunca con éxito). Tengo las peleas con mis hermanas en las mañanas, acusándonos mutuamente de ser la responsable de llegar tarde a clases. Todavía tengo los canarios que estaban en una jaula en el patio del colegio, cuyo canto era un inmóvil sonido de fondo. Tengo a la Camila colándose en mi casa, viendo en la tele a Lindsay Lohan encontrar a su gemela perdida mientras comemos doblones recostadas en mi cama. Todavía tengo a la Josefa, tocando la guitarra y dejando que le copie las tareas de francés. Tengo a la Feña, haciendo de todo más fácil. Tengo las bromas de doble sentido que me demoré mucho tiempo en entender. Tengo a la Kennya, paseándose entre los lockers con andanzas de bailarina de ballet. Todavía tengo la primera vez que me leí Cumbres Borrascosas, a los catorce años y de una sentada. Todavía tengo a la Vale y a la Nati, hablando sobre su campamento y haciendo planes para el fin de semana. Tengo a la Belén, enumerando su larga lista de enamorados y descubriendo a los Smiths y a Joy Division. Tengo al perro que más quise y al que perdí. Tengo las clases de preuniversitario en la casa de la Pau, riéndonos porque el profesor nunca quería comer nada. Todavía tengo las conversaciones con la Amaya, sentadas en un rincón del patio del kiosko durante el recreo de almuerzo, diciéndonos que no veíamos la hora para irnos ya de ahí. Todavía lo tengo.

Y, a pesar de todo, me tengo a mí. Es un equipaje. A veces feliz, a veces nostálgico, a veces doloroso, que siempre llevo conmigo en mis viajes. Los atesoro mientras continuo con la búsqueda, porque serán los primeros cimientos cuando construya mi nueva casa, serán su raíz. Porque la encontraré, debe estar en algún lugar.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé