Colaboración: La identidad como limitante

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Colaboración: La identidad como limitante

La identidad es la definición que damos a nuestra persona. Toda definición es una delimitación (delimita qué es y qué no es lo definido), y toda delimitación es una limitación (coloca límites fuera de los cuales algo ya no es lo que es). Nuestras identidades, entonces, nos limitan.

Esto no es algo necesariamente malo. Por ejemplo, yo me identifico como alguien incapaz de matar a una persona. Considero moralmente saludable esa postura, y mantenerme dentro del límite de no cometer homicidio me parece, pues, bueno. Pero es vital reconocer que las personas están en constante mutación. En cuanto a personalidad, no existe garantía de constancia. Las personas cambian, vaya, pero no solo hablo de eso. Las personas solo existen en el presente. El futuro y el pasado se pueden alcanzar más o menos a través de la memoria o el razonamiento, pero solo de forma indirecta. Uno realmente solo "es" quien es en el presente (al menos en términos prácticos. No hablo de metafísica aquí). Me gusta expresar esto de la siguiente manera: La gente, como los ríos, nunca es. Solo está. Uno puede estar irritado, o puede estar rascándose la panza, o puede estar interesado en la química. No hay garantía de que continuará en esos estados con esas actitudes.

Entonces, la identidad es tratar de reportar la posición de algo que está en constante movimiento. Incluso si aciertas por un instante, es necesario actualizar la posición a cada rato para no quedarse atrás. Queremos definirnos y delimitarnos no solo por su función útil (es útil tener una concepción acertada de cómo es uno mismo, incluso cuando con el paso del tiempo esa concepción se hace más y más lejana a la realidad), sino porque nos ancla. Si siempre estamos cambiando, nuestro "yo" de ahora siempre está siendo reemplazado por un nuevo "yo". Dado suficiente tiempo y suficiente cambio, el "yo" anterior desaparece por completo del presente, de la realidad práctica. No es agradable sentir que desaparecemos, que morimos antes de morir. Queremos persistir. Por eso nos delimitamos, y nos aferramos a lo que opinaba una persona que no tiene nada que ver con nosotros. Seguimos los deseos de otros: esos otros somos nosotros en el pasado.

Ya me puse muy abstracto, así que déjenme poner un ejemplo más concreto. Cuando era chico, era extremadamente intolerante. También era muy religioso y quería ser papa. (Sí, papa sin acento). Luego cambié. Si hubiese interpretado "aferrarme a mis sueños" como "seguir los sueños que planteé como niño, sin importar su dificultad", creo que viviría una vida mucho menos plena, ya que me estaría limitando a los sueños de otra persona, a los sueños del yo del pasado.

Si alguien inicia una carrera con mucho entusiasmo, y luego lo pierde, no necesariamente significa que eligió la carrera equivocada. Puede que haya sido la carrera correcta por un rato, y que luego haya cambiado lo suficiente para querer estudiar otra cosa.

Es indispensable permitirse cambiar. Si no lo hacemos, terminamos viviendo, no en busca de lo que queremos, sino en busca de lo que alguna vez quisimos.

(Pero claro, fíjense en cómo cambian y en qué límites quieren proteger.)

Un gusto haber podido escribir para las paltas.

Ricardo Aguilera