Identidad en tiempos de justicia social

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Identidad en tiempos de justicia social

Las redes sociales, o incluso, genéricamente, las plataformas online, antes de ser herramientas de conocimiento y conectividad son un instrumento de auto-promoción. En consecuencia, manejamos constantemente el aspecto artificial de un yo cuantificado. Nuestros perfiles y actividad trascienden la expresión de lo que somos para proyectar quienes nos gustaría ser. Lo anterior no conlleva por sí solo una connotación negativa, sino que, en el ámbito personal, me ha llevado a resistir identificarme con cualquier tipo de activismo meramente porque me intimida el prospecto de verme medida con una vara más alta y temo la inevitabilidad de mis defectos y deficiencias; el deseo de levantar la voz y participar activamente en temas que me interesan se ve opacado por el temor a ser silenciada por un ALGUIEN que cree que mi aporte, o más importante, que yo no soy lo suficientemente buena.

Lo anterior me ha llevado a repensar el valor de verse bien en línea; no cool/alternativa/bonita/, sino como una buena persona. Obviando las discusiones ubicuas y pedantes sobre el narcisismo en línea, no podemos negar que –generalmente hablando- prevalece en nosotros una intención de proyectar un grado de moralidad en nuestros perfiles de Facebook, Twitter, Instagram, Tumblr, etc. Es así como ha crecido el valor y presencia de distintos movimientos de justicia social en las redes sociales. Todos conocemos a alguien que re-postea con buenas intenciones mensajes de ambientalismo, feminismo, brutalidad policial, sexualidad, identidad de género, etc. Sin embargo, con el crecimiento exponencial de estas narrativas en las plataformas online, no puedo evitar pensar cuándo y dónde se difunden por un interés progresista y cuándo corresponden a un deseo de ser, no sólo validado, sino, admirado; a una ambición de superioridad moral que nos certifica como una Buena Persona™. Pues, cuando vivimos vidas, en mayor o menor medida, públicas el nivel de conciencia de justicia social es moneda de cambio; y, cuando uno es inseguro, cuando uno no está lo suficientemente conforme con uno mismo, surge una necesidad de tener algo por sobre el resto para poder decir “por lo menos no soy [inserte su propio epíteto intolerante de preferencia]”. Pero, al momento que priorizamos compartir aquellas ideas que inflan nuestro ego, cuando nuestros esfuerzos se reducen a tratar de sentirnos y vernos bien, lo hacemos en detrimento del crecimiento ideológico y el progreso se estanca indefinidamente.
En otras palabras, el inconsciente colectivo de las redes sociales nos conduce a valorar y aprobar exclusivamente aquello que corrobora nuestros ideales; nos incita a escribir por aprobación; a crear una identidad basada en quién y qué nos ofende; a modelar nuestra conducta con el objetivo de ser admirados; a denunciar a quienes están en desacuerdo. Frecuentemente esto se hace pasar por activismo. No puedo concebir algo peor.
Al fin y al cabo, parecer bueno no es precisamente los mismo que ser bueno, y la protección de nuestra imagen moral puede detraernos de ser quienes realmente queremos ser.


La denuncia pública de quién y qué nos ofende puede hacernos sentir verdaderamente virtuosos, pero, en realidad, carece de cualquier efecto práctico más allá de una catarsis superficial.
La ofensa, como instrumento político y como motor del activismo online, pretende unir a personas con intereses similares para lograr algo distinto que quejarse. Incluso aparenta ser tan políticamente útil que existe todo un subgénero de retórica que se centra en la ofensa hipotética: ¿Y si ese comentario hubiese sido sobre una mujer?; ¿Y si ese post lo hubiese hecho un hombre? Sin embargo, los mecanismos de la ofensa online no funcionan así, y, más aún, han fallado dramáticamente. Tomemos, por ejemplo, el feminismo. El movimiento ha adquirido una presencia titánica en línea. Se lo ha defendido amplia y verbalmente a través de todas las plataformas concebibles. Incluso los medios de comunicación convencionales han desarrollado un interés fiscal, no necesariamente moral, en parecer más feministas, más buenos. ¿Pero cuál ha sido el resultado de esto? Una pesadilla compuesta por la yuxtaposición de narrativas divergentes y disonantes que contienden respecto a lo que el feminismo es y lo que pretende hacer. Se postea sobre piernas peludas y labiales mientras que globalmente los derechos reproductivos van en declive. Se predica sobre la solidaridad femenina sin desprenderse de una narrativa homogénea. El feminismo prolifera esencialmente como mercancía; compramos una posición política como algo decorativo y no como algo necesario.
Adicionalmente, la conversación feminista en línea es trágicamente circular, limitante y exclusiva; la mayoría de su discurso se reduce a una constante acusación de que alguien o algo no es lo suficientemente feminista. Es de este modo como el movimiento se ha convertido en un club VIP cuyos estándares de admisión se tornan exponencialmente quiméricos; simultáneamente se busca y se rinde culto a un espejismo. Inconscientemente, la estrategia colectiva del feminismo mainstream ha sido de compensar la degradación resultante de una percibida inferioridad sexual con una autosuficiencia moralista o ascética.

Es sumamente fácil decir que uno no es ese tipo de feminista como si bastara para definir exactamente qué clase de feminista uno es.

La esencia de este modo de pensar y obrar es una auto-definición negativa; delinear nuestra identidad política en virtud de aquello que no somos. Es decir, establecemos quienes somos al decir quién o qué nos ofende. En consecuencia, se propaga silenciosamente la idea de que el activismo político contemporáneo comienza y, más importante, termina con la construcción de una buena identidad politizada; un proceso que depende enteramente de la desaprobación, desafiliación y la ofensa.
Más no diría que definirnos en contraste con otros califica como activismo, periodismo o introspección. Pues, el apoyo feroz de una determinada posición no se traduce instantáneamente en ganancias tangibles o significantes. La existencia de cadenas de comentarios polémicos en YouTube y guirnaldas de 46 dólares que deletrean F-E-M-I-N-I-S-T deberían ser prueba suficiente de esta premisa.


La ofensa, a diferencia de la crítica constructiva, tiene el objetivo de evidenciar una superioridad moral, extraer una disculpa y de aterrorizar al ofendido hasta que cambie su estilo de vida. Pero, un estado de policía no es conducente al progreso. Me atrevo a decir que no es conducente a nada más que a una actitud beligerante colectiva. Pues, avergonzar a alguien públicamente sólo persigue fines egoístas y un comentario en Facebook no acarrea el Premio Nobel de la Paz, meramente satisface la necesidad de vernos bien. ¿Es esto tan obvio como yo creo que es?

Con lo anterior quiero decir que la necesidad de proteger nuestra imagen moral en las diversas redes sociales conduce a la idea terriblemente fatalista que cualquier error o paso en falso constituye una verdadera amenaza a los movimientos o ideologías a las que adherimos y, en consecuencia, atenta contra nuestra identidad meticulosamente curada. Pero la culpa y vergüenza momentánea que uno siente al equivocarse o el sentimiento de falsa superioridad y autocomplacencia al reprochar a alguien no debería distraernos del objetivo moral que, en teoría, perseguimos.


Neil Gaiman en una entrevista para The LA Times dijo que ha pensado una gran variedad de cosas estúpidas a lo largo de su vida, pero que podía afirmar con certeza que ningún pensamiento estúpido que haya tenido lo ha cambiado porque alguien le gritó o amenazó con matarlo. Por el contrario, Gaiman argumenta, el tener grandes discusiones con buenos amigos definitivamente ha cambiado su modo de ver las cosas y lo ha incitado a ser mejor persona. Uno puede y debe ser mejor persona, pero también debemos permitirle al resto ser mejor persona. Sin importar el error que un individuo cometa es innecesario poner en marcha la máquina de ofensa, pues existen maneras de reprochar a alguien que no lo reducen a una simple representación de sistemas opresivos. No existe crecimiento alguno en el estancamiento, la complacencia o el narcisismo. Si no podemos encontrar nuevas formas de responsabilizar o instruir a la gente, no sólo estamos perjudicando nuestra minuciosa identidad politizada, sino a nosotros mismos.

Kennya Mena

Kennya Mena

Kennya. INTP. Estudiante de derecho. Nouveau tumblr beatnik