He reemplazado la magia por la esperanza

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He reemplazado la magia por la esperanza

“Una vez despertado, el pensamiento no vuelve a dormitar”. — Thomas Carlyle

Verá usted: cuando era pequeña tenía un repertorio de planes. Tenía ilusiones, risas de sobra y una ruta meticulosamente trazada hacia mi felicidad. Ahora es distinto: he depurado mis sueños y procuro conservar sólo aquellos que tienen el potencial de hacer algún bien plural.

Aunque la ingenuidad de mi infancia fue preciosa, elegir quedarme en ella habría sido egoísta. Como casi todos, de niña quería ser millonaria. No sabía entonces que de lograrlo, lo haría a costa de la miseria ajena. Hoy entiendo que es un anhelo cuestionable.

La adultez es dolorosa porque nos hace asesinar algunos de nuestros sueños. Por no ser viables, por no ser posibles, por no ser correctos. La vida me ha enseñado que si mi cielo implica el infierno de otros, mi cielo no es el cielo. Los años me dieron herramientas para evaluar cómo incidir de manera consciente en la sociedad.

Esto que vivo ahora es muy distinto a la niñez. Sólo me permito creer injustificadamente a ratos. Luego me obligo a tomar perspectiva porque, afortunadamente, ya no soy una niña.

Estoy un poco cansada de la imagen deprimente que hemos construido sobre los adultos, la responsabilidad y el compromiso. Considero que, aunque suene triste, renunciar a ciertas fantasías es acertado.

La magia es encantadora. Entendida como eso: magia. Ilusión imposible. El problema es pensar que por ser válido creer en eso un rato, también es válido adoptar los pensamientos expuestos en libros de autoayuda que postulan el anhelo como causa suficiente del logro. Y eso ya no es encantador: es estupido.

Evito a toda costa el pensamiento mágico: el de “si quieres puedes”, el de los anhelos absurdos. Evito a toda costa ser feliz por ceguera, y creo que es lo correcto.

Entonces sí: me siento obligada a darme la magia en dosis pequeñas muy de vez en vez, porque tengo en frente una realidad que debo atender. Y no considero que esto sea trágico. Todo lo contrario: la posibilidad de incidencia de la vida adulta es maravillosa.

He reemplazado la magia por la esperanza. Esa que tiene razones reales y aspiraciones posibles. Tengo esperanza, por ejemplo, en que aumenten las oportunidades educativas, en que se reduzca la delincuencia, en que mejore la economía. No es algo que deseo y por lo tanto sucede: es algo por lo que puedo trabajar.

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.