Guata

ensayo

Guata

Construir un lugar ha tomado semillas que no han brotado. O aquellas que parecían ser ideales para mi tierra, y me hicieron cosquillas al ponerlas en el suelo, no dieron fruto.

Antes de irme de la Ciudad de México a Barcelona, un amigo me dio una ilustración de una mujer dentro de un invernadero, llena de plantas alrededor. Me dijo que estaría bien, que llevaba dentro la capacidad de crecer un hogar en cualquier espacio. La metí al fondo de mi maleta, donde se mantuviese plana, ordené cuanta ropa abrigada pude atiborrar para un invierno que me había desacostumbrado a vivir, y me fui.

Una de las primeras cosas que noté al llegar aquí es que el trigo es mejor; es decir, crece mejor. No todas las barras de pan son buenas, hasta se podría decir que la mayoría son malas, pero en todo supermercado hay una que otra barra rica, crujiente, a veces con semillas –aunque sabemos que los buenos panes no son de supermercado, para eso hay panaderías–. De esas que se abren por el lado con los pulgares. Como el pan italiano que comprábamos de camino a la casa, parando en un Lo Saldes a meter diez panes en una bolsa, de los que llegaban seis. Cuatro sacrificados en el frío de la ruta. El vapor de la miga calentando las manos. Ese es el buen pan.

Pero este era mejor trigo, el que calentaba mi panza al llegar del frío a casa, untado con hummus y palta. Mi juicio venía del sabor, de una acidez distinta, más sabor a horno y menos a levadura. Después venía la sentencia del sistema digestivo, siempre gruñón, un poco alérgico o sobreestimulado. Pero todo bien: poquito a poco, se comenzaba a asentar. Algo que pasó al revés en México: llegando de Chile, tierra del sánguche, a arribar en un lugar que entiende el trigo cuando se le combina con azúcar. Con todo mi amor a México y mi pedazo de identidad que le corresponde, por más que quiera, no puedo hacerle reverencia al bolillo y al pan dulce. Crecí con panes amasados, quema-dactilares, puestos en canastas en medio de la mesa junto a la mermelada y la mantequilla. Así que aprendí a amar lo que ama también su tierra y lo hace crecer con delirio y delicia: el maíz.

Llevo un tiempo sintiendo un lío dentro, una especie de frustración hacia esta necesidad de crecer lugares. Podría ser que tuviese que ver con el hecho de llevar la vida entera caminando en la punta de los pies, con unos talones apanicados por la cercanía del suelo. Una fobia a la tierra que mis manos intentan, con algarabía, compensar, lanzando las migas de pan que devoro y trazo mi pasar. Tanto tiempo dándole vueltas al tema de pisar con talones, cuando quizá la disyuntiva estaba en otro lado: la guata.

La palabra “guata” viene del mapudungún huata. Es uno de los lugares del cuerpo que no me sé referir de otra manera porque todo suena siútico, como decir estómago. Hay palabras que necesitamos y que aún desconocemos hasta que tropezamos con ellas y las sensaciones cobran sentido. Es como hablar de las nalgas, trasero o culo cuando lo que realmente queremos decir es poto. El mapudungún lo tiene super claro, y cuando entra en la habla, se enreda. Se planta.

Me inclino por panza y tripa, pero nada como la guata. Hasta en otros lugares se usa para hablar del relleno de los cojines, y no me parece que haya diferencia con el vientre, que de la forma que sea, es puro relleno. Esa parte del cuerpo que abren como lata de sardinas para diagramar su contenido: allí la apéndice, allá atrás los riñones, ahí encima el hígado. En medio el estómago, que es lo mismo que la guata, pero no, porque la guata lo engloba todo. Y la guata es también menor o mayor contenido de grasa. La guata permite todo. Y me parece nada de coincidencia y pura conciencia compartida el hecho de que todos estemos hablando de relleno.

Los lugares surgen en la medida que el cuerpo lo admite. Tan acostumbrados a los ritmos rápidos y el brío cotidiano, se nos olvida que es manso incluso cuando quiere ser potente, y es que tiene sus procesos. Todo lo inquieta: la sequedad, la humedad, los cambios de temperatura y la presión cuando de repente llueve. No sabemos que las tierras son distintas y que por ello el trigo no crece tan bien en México, pero sí en otros lugares; y que su tierra prefiere el maíz, que lo saca de todos colores. Que no es lo mismo comer el fruto de un sitio que de otro, que incluso las uvas saben distinto, que extrañamos los tomatales. Aquí puedo comer trigo porque mi guata reconoce algo parecido a la infancia, a la hora del té a las cinco que suplí por almorzar a las tres de la tarde.

Si hablamos de lugares, pregúntenle a sus guatas dónde han estado. No quedan en los dedos, están en la carne, en el relleno, en los sabores a los que les hemos rendido culto en templos distantes. Quizá esta facilidad de crecer lugares no viene de ser andante, si no que siempre tuvo que ver con la mujer sentada en el invernadero, con una planta que bien podría crecer de su ombligo.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.