GORDA: una biografía

No ficcióncrítica

GORDA: una biografía

por Amanda Teillery

Desde que tengo memoria, la palabra *gorda *me ha atormentado. Hasta el punto de adquirir un papel fundamental en mi vida.

Doce años (quizás trece): la profesora de gimnasia (¿por qué siempre los profesores de gimnasia son las peores personas?) me grita delante de todo mi curso que mi polera me queda chica, que está muy apretada y ando mostrando todos los rollos y que tengo que comprarme una nueva. Todo el curso ríe. Yo también me río, pero solo para que nadie se dé cuenta que tengo los ojos llorosos.

No cuento nada de aquello en mi casa. Tengo miedo que terminen regañándome a mí, cargándome la culpa, ya que estoy gorda, y ¿qué puede ser peor que ser gorda? Ese parecía ser el mayor de los pecados, la profesora no había hecho nada malo.

Meses después, durante el verano, me acuerdo de aquel día y me pongo a llorar. Mi mamá y mi hermana mayor me descubren y me preguntan qué pasa. Les cuento. Mi mamá se molesta, pero con la profesora, me dice que debía habérselo contado antes para haber ido al colegio a reclamarle a esa vieja imbécil. En cambio, mi hermana me queda mirando preocupada y pregunta ¿Qué dijeron tus compañeras? ¿Lo escucharon? ¿Se rieron?

Dieciséis años: unas alumnas del colegio hacen una “lista negra”. Escucho a unas compañeras de curso comentándola, deleitadas ante el reconocimiento público de los defectos de ciertas personas, con el autoestima un poquito más grande que antes. Yo les digo que obvio que no estoy en la lista, porque en este colegio nadie me conoce, apenas se saben mi nombre. Si, si, te pusieron, me responden con los ojos muy abiertos. ¿Qué  pusieron? No quieres saber, Amanda, es terrible. Dime, dime. Bueno, por tener más celulitis que vello púbico (o algo más o menos así, la única palabra de la que me acuerdo bien es celulitis, una palabra ligada a otra, gorda, una palabra que resultaba la única factible a la hora de describirme, que reducía toda mi existencia, que eliminaba todas mis características y logros a gorda, porque si estabas gorda, el resto de ti no existía)

Durante toda mi vida escolar: me dicen varias (muchas) veces que si yo no fuera gorda, sería linda.

Diecisiete años: Insulto a una compañera de curso por su peso, porque, aparentemente y por lo que me han dicho, aquello es lo que más duele a la gente.

Lo que me atormentaba no era realmente el hecho de ser gorda, sino el efecto que aquella palabra tenía en las personas que me rodeaban. Había una constante fobia a la gordura. Todas hablaban constantemente sobre aquello, todas estaban obsesionadas. Se glorificaba a la gente delgada como si fueran deidades, y se vivía siempre  preocupada de haber subido de peso, acosadas por una paranoia de no ser gorda como si aquello fuera lo peor que te podría ocurrir.

La palabra gorda estaba siempre presente en mi cabeza. Dejé que  me identificara, que fuera mi carta de presentación. Dejé que moldeara toda la idea que tenía de mí misma,  que me limitara. Soy gorda. No puedo ponerme ropa linda, no puedo mostrarme, no puedo gustarle a nadie. Soy gorda.

Y después salí del colegio. Empecé la universidad, empecé a conocer gente nueva, a ir a otros lugares. Y ahí tuve una relevación; yo no era gorda. Tampoco era flaca. Era una persona normal. La gente ya no me identificaba por mi peso.

Aquella obsesión por el abdomen plano y el diámetro de la cintura era algo exclusivamente propio de aquel colegio de mujeres al que fui. Al resto del mundo parecía importarle bastante poco.

¿Por qué será? Quizás se debía  aquella insaciable necesidad de las clases medias altas chilenas de intentar diferenciarse, de buscar estar un par de escalones más arriba. Lo mismo que se hace con el lenguaje, se erradican ciertas palabras del vocabulario solo para tener una excusa de demostrar que son de mejor cuna.

Quizás era simplemente la inseguridad femenina, fomentada a un límite extremo. Quizás el destacar los defectos de otra persona servía  para sentirse más seguro con la piel que uno habitaba, para por lo menos pensar que eras mejor que alguien. Porque, aparentemente, el “yo soy” de todas aquellas personas resultaba muy débil, inestable, así que debían acompañarlos con un “lo que no soy”. Yo soy lo que no soy. Yo no soy gorda. Yo soy mejor.

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Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé