Futuro, o las autoficciones que nos inventan

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Futuro, o las autoficciones que nos inventan

La primera vez que me encontré con mi futuro fue en el interior de la Basílica de Guadalupe. No se trató de un acto espiritual ni de una introspección profunda, todo lo contrario. Tenía alrededor de ocho años y como todos los domingos fui arrastrado a la iglesia a escuchar una eterna letanía que poco resonaba con mi vida. Como siempre, se convirtió en un espacio en el que obligado a permanecer sentado y en silencio, mi mente divagaba, encontraba formas de entretenerse. De pronto lo vi entrar. Cruzó el umbral con su pelo castaño y largo, una chica bajo el hombro y esa cicatriz en la ceja que en mi cara aún estaba fresca. Decidí seguirlo donde sea.

Desde entonces los encuentros con mi futuro han sido más frecuentes pero nunca son iguales. Nunca lo he vuelto a ver en misa, por ejemplo. En segundo primaria se apareció detrás de la miss de inglés cuando escuché por primera vez la pregunta: ¿qué quieres ser de grande? Después de cambiar su escudo troyano por un sombrero de tres puntas, mi futuro me sopló la respuesta: quiero ser actor. Desarrollé una manía por ver películas parado mientras imitaba cada movimiento en pantalla. Memoricé así escenas enteras de Los piratas del caribe y Las locuras del emperador, mis películas predilectas.

Aprendí a tocar el bajo, formé una banda con mi mejor amigo que tenía una guitarra y mi futuro volvió a cambiar. Entonces vestía pantalones entubados, una chamarra de piel y estaba de gira por el continente. Me harté del bajo, lo regalé a un vecino más hábil y lo reemplacé por un estilógrafo. Me di cuenta que el futuro es una ficción, un espejo del presente. En los últimos años de escuela mi futuro era ilustrador, dibujaba a tinta china, sabía escoger una paleta de colores y usar Illustrator y Photoshop. Al poco tiempo yo podía hacer lo mismo.

Desarrollé un gusto por la literatura de ciencia ficción, ficciones que en la proyección de un futuro hablaban de un pasado histórico. En el destino que delineaban no se presentaba un devenir real sino que se reflejaba el punto de partida refractado. Aún así, creo que hoy no sería lo mismo sin De la terre à la lune, ni Brave New World, ni Soumission para tal caso. Mi futuro ahora era un parisino pretensioso y bien articulado que podía hablar de Dogma 95 y arte contemporáneo. Fui tras él a París, en el ínter aprendí a hablar francés. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, mi futuro se desplazó. Cambia de cara con cada estación.

Me pregunto qué fue de todos esos futuros, todos esos falsos oráculos que nunca fueron. ¿Hay dimensiones paralelas en las que aún toco el bajo, en las que vivo en Francia, en las que todavía voy a misa? Probablemente. Pero también están en mí; se hacen presentes cada que vuelvo a tomar un bajo, que rayo papel grueso con tinta china, que leo a Houellebecq o a Camus.

Hoy no sé dónde se encuentra mi futuro, pierde nitidez cada año. Un devenir constante en esa persecución absurda del horizonte que, sin importar cuanto avance, cuantos kilómetros recorra, cuantas tierras conozca, permanece a la misma distancia.

Pedro Salamanca