Fluye

Caminaba sin tener la certeza del día, la hora entumecida, sólo me andaba entre el crujir de las hojas y el roce continuo del cielo sobre mi piel. El sol se colaba entre el polvo que relamía la palidez del lugar abandonado, la resequedad en mi recuerdo. No estaba segura de lo que hacía ahí, ni por qué había decidido ir, pero me dejaba llevar como si el espacio sombrío de repente se hiciera presencia en mi cuerpo frágil. Aquí en el cementerio, no se escuchan rumores, tan sólo el silencio húmedo que se despierta en la caída del humo, neblinosa ternura.

Me encontraba perdida por aquel bosque de piedra, donde los epitafios florecían en el tacto como texturas ilegibles, derribando una profundidad que sólo la muerte es capaz de pronunciar. Inexplorada tumba nacía en mis manos y la boca de granito silbaba en la mía como si la existencia misma pendiera del hilo entre el todo y el vacío. En aquel cementerio sólo el destiempo que nubla, enamora con su inexacto delirio, me movía en medio de la estrechez que se dejaba leer entre lápida y lápida. Algo en mí se desdoblaba con sigilo, pero era incapaz de comprender qué, solamente sabía que en mí se acomodaban fragmentos de pasado cristalizado; fantasmas.

Había tantos rostros pétreos que el mío se esfumaba poco a poco y lo que quedaba de mí se impregnaba en la seda del viento: suavidad inexacta. Entrecerraba los ojos y respiraba el silencio porque, por alguna razón que desconozco, ya nadie se acuerda de cómo suena su ritmo. Volvía a comprender lo que se siente ser humana, sentir esa desnudez creciendo lento dentro de mí, y la aceptaba como algo íntimo, algo mío y del aire. Se revolvía en mi pecho, la respiraba y comenzaba a recordar lo que se siente en realidad estar desnudo por dentro, tener en la esquina de cada hueso un panteón y en la comisura de la boca el cosquilleo impronunciable de un verbo roto.

Ser humano también es aceptar ese silencio, esa ruptura, volver a reconocer que en nuestro cuerpo marchito se conjuga el resonar de su recuerdo oxidado. Habitar la mudez también es vivir, morir, vivir. Florecer en la hendidura. Recordar aquel instante en el que no necesitábamos escuchar la voz propia para saber que en nosotros palpita el eco de la vida. Fluimos incluso en los lugares más lóbregos, en la aspereza nocturna que nos circunscribe, en el pétalo caído, una luz que regresa sobre el capullo invisible.

De entre el bosque cenizo una tumba en particular me cautivó, la de Rosario Castellanos. Aquel día en el cementerio profundicé en la muerte de una extraña porque mientras miraba su tumba, los árboles, el óxido, leí y releí un poema que trascendió la existencia. Algo se abrió entre nosotras: la lápida, el epitafio encubierto por la lágrima del árbol, la grieta; suspensas en un tiempo inusual, una pausa auto-impuesta. Por unos segundos, me quedé justo ahí, contemplando su tumba sin buscar comprender el por qué, sintiendo esa desnudez como una reliquia. La miraba con un ímpetu extraño que brotaba en mis manos. En mis venas aquel constante tintineo, un latir ajeno que se instalaba como un coágulo en el tiempo y sin decir nada, ella me leía de regreso.

Entendí que la poesía es capaz de reunir en una misma alquimia almas dormidas con almas que se andan por el insomnio de la vida. Me sentía sonámbula en aquel cementerio, porque el cementerio era en sí un espacio insomne y yo era el ensueño. Desnudez. Silencio.

Fluye.

"Sabed que entre mis labios de granito quedaron detenidas las palabras."

-Rosario Castellanos

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.