El otro lado de tu outfit: Fast-fashion

No ficcióncrítica

El otro lado de tu outfit: Fast-fashion

Tengo 19 años y no estoy ni cerca de un presupuesto que me permita tomar una decisión así.

Y aún así la tomé. La mayoría de los artículos que leo al respecto describen decidir dejar de comprar fast-fashion en sus veintes, y con un ingreso más o menos estable en el que apoyarse. No es mi caso.

La mayoría de la gente desconoce qué significa el término “fast-fashion”, y debo confesar que era también mi caso hasta hace algunos meses. No sabía que existía una diferenciación entre la ropa de producción masiva y las demás marcas, por más obvio que suene ahora al pensarlo. Pero resulta natural que la evasión de la etiqueta suceda cuando estás acostumbrado a tener marcas como Zara al alcance.

Antes del fast-fashion, la ropa resultaba más inaccesible y suponía un mayor esfuerzo. Los lugares tenían estilos propios diferenciados, y aquellos que viajaban seguido u ocasionalmente regresaban con pequeñas joyas que incluso podían ser consideradas exóticas entre sus círculos cercanos. Los closets no eran renovados cada par de meses, y las compras eran más limitadas y cuidadosas.
fast-fashion

La verdad, no alcancé a tener noción real para verlo. En el momento en que crecí y empecé a elegir la ropa que compraba, Zara ya existía, y esperaba el momento en que pasara de Kids a TRF. No conocí el no comprar en este tipo de tiendas, dado que cuando eres adolescente y no tienes un ingreso propio, buscas las opciones más baratas.

En el momento en que llegué a vivir a México, fui introducida a Pull&Bear, Bershka y Oysho, lo que fue el descubrimiento de una mina de oro. Tenía más opciones, si no encontraba algo en Zara me saltaba directo a Pull&Bear (nunca fui fan de Bershka, realmente, pero eso tiene que ver con gustos individuales).

Resulta curioso cuando sabes una verdad pero la miras de reojo. Lo has oído, leído, incluso visto en fotos o documentales, pero hay un deseo inconsciente de ignorarlo. Había oído hablar de las “sweatshops”, pero nunca había realmente asimilado el término. No hasta que acepté mi interés por el mundo de la moda. Hoy lo reconozco.

Puede ser que Inditex (dueños de Zara, Bershka, Pull&Bear, Massimo Dutti, Oysho, Stradivarius y Üterque) resulte una hazaña estratégica global impactante pero, ¿a qué costo? Es cierto, han logrado acercar la moda a la gente con sus precios bajos y rápida respuesta a tendencias, además del fit estandarizado que complace a multitudes, pero no podemos llamarlo algo ético.

Inditex – al igual que la mayoría de las marcas, especialmente fast-fashion – utiliza sweatshops. ¿Qué significan ambos términos?

“Fast-fashion” es un término otorgado a la ropa de producción masiva, cuya foco es replicar las tendencias vistas en pasarelas a un ritmo acelerado y un precio accesible. Como indica su nombre, todo es rápido: la producción, las tendencias, la compra y la durabilidad. Esto significa que el costo de producción debe ser tremendamente bajo, lo que nos lleva al siguiente punto: los “sweatshops”.

“Sweatshop” se traduce en español como “fábrica de esclavos”, y no se aleja en absoluto de la verdad: los empleados trabajan cantidad de horas inhumanas y ganan el sueldo mínimo por ello, y el trabajo infantil es frecuente. Las condiciones de trabajo son prácticamente inexistentes, resultando todos desprotegidos y expuestos a explotación y peligro.

La esclavitud fue prohibida hace 90 años a través de tratados internacionales. Para la mayoría del occidente, esto resulta una idea escalofriante y del pasado, un recuerdo para la historia y no una realidad. Y sin embargo, nos ponemos su ropa.

Me hice consciente hace poco. Mal mío. De repente volteé a mirar y me encontré cara a cara con una realidad que no podía apoyar. Cada vez que pagué un precio bajo por una prenda, aporté a la deshumanización y abuso.

Por eso tomé la decisión de dejar de consumir fast-fashion. Muchas otras marcas que no caen dentro de esta categoría también usan sweatshops, por lo que recomendaría echarles un ojo. No voy a mentir, a veces me siento tentada a ir y comprar algo por un precio bajo porque siento que mi ropa necesita un respiro o me aburrí de mis playeras, pero no vale la pena. No hace sentido, cuando en mis propios principios condeno el maltrato a los demás.

Además, la calidad de la ropa es tan pobre que su durabilidad es corta, lo que nos lleva a comprar más y más y más. Inevitablemente, eso significa que haya más basura. La moda es la segunda industria más contaminante después del petróleo.

Por otro lado, he aprendido un par de cosas de esta experiencia: cuido más la ropa, invierto mejor mi dinero, soy más consciente de mis elecciones y aprendí a ahorrar. No tengo el dinero para pagar slow-fashion, pero prefiero hacerlo a seguir aportando a un sistema con el que no estoy de acuerdo.

Para informarte más, ve The True Cost y visita fashionrevolution.org

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.