Falta creer

memoriaNo ficción

Falta creer

Nunca he creído en Dios. O bueno, no es cierto, más bien mi creencia era algo rutinario. Un personaje más, como el Conejo de Pascua o Santa Claus. No, creo que creía más en ellos. Quizá como un peluche. O quizá no, realmente, dado que cuando chica pensaba que mis peluches me iban a matar si no los acostaba adecuadamente después de que dejé de dormir con ellos y los eché de la cama. Dios nunca me dio miedo porque nunca creí que tuviese injerencia en mí. Existía como un personaje de un cuento. Así que creo que nunca creí en Dios.

Fue en tercero de primaria cuando, un día, volví de la escuela y le dije a mi mamá que no quería seguir yendo a clase de religión. No sé si fue ese día cuando nos dijeron que cuando llovía, era porque Jesús estaba triste por nuestros pecados. Mi mamá firmó una comunicación que decía que yo no era creyente. La entregué, y ya no tenía que ir a la clase, hacer la primera comunión o atender misa. Podía quedarme en el salón o la biblioteca.

Creer es abrir la garganta, atreverse a lanzar un rezo. El error de llamar “Religión” a una clase que únicamente hablaba de catequismo equiparaba a pensar que “creyente” solamente se refiere a alguien católico. Hubo un cierre de discursos que hizo dudar, y que nos enjaula en títulos que no corresponden a la realidad. Porque siempre he sido creyente.

Escribo hechizos dentro de mi libreta y los repito tres veces esperando que se hagan realidad. Por años, antes de irme a dormir, proyectaba un campo de fuerza a mi alrededor, y lo expandía de a poco, dibujando los bordes de la cama, el cuarto, la casa, la cuadra. Veía cómo rodeaba a mi mamá, a mi papá, a mi hermana. También repaso los nombres de mi gente como conjuros de abrigo, recitándola en mi cabeza una y otra vez hasta que no queda nadie fuera. Cocino con una fe ciega, esperando que las masas me escuchen y se inflen. Tengo credos en todas partes, por todos lados, en todo momento. Siempre ejerzo rituales.

No creo que ese día haya dejado de creer. Inventé mi propio rito al cambiar la clase por la biblioteca, en donde me hundí aun más en los libros. Ese pequeño lugar, lleno de libros de Papelucho e historias de Mauricio Paredes, cómics de Ásterix y Óbelix y Mafalda y poemas de Gabriela Mistral y García Lorca, se transformó también en un templo.

El crecer y la exhortación escolar a ser racional fue desmontando mis creencias. Así nos pasa. Bitácoras de laboratorio y métodos científicos nos alejó de soñar, aunque la ciencia sea también un sueño. La separación de mundos dejó malentendidos, y hasta creó una distancia entre uno y los poemas cuando solamente los analizamos formalmente. ¿Dónde quedó sentir y despegar?

Sigo sin creer en Dios. No me llama. Pero creo en las energías, en el espacio que hay entre nosotros y todo lo demás. Miro a las estrellas buscando respuestas porque la ciencia me dijo que somos energía, y aquí estoy, polvo de ellas. No despecho a lo factual; de hecho, creo que se está pasando por alto en todo lo más importante (#alternativefacts, #fakenews), y lo incluyo dentro de mis múltiples sistemas de pensamiento. La espiritualidad no es una, ni necesita únicamente de rituales ya dibujados. Creer es propio. Y quiero creer para atreverme a lanzar un rezo al aire, para dibujar conjuros, para sentir el espacio entre uno y otro sin tener que ponerle nombre y simplemente tener fe en la intuición que se derrama de mi pecho. Así que sí, soy creyente.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.