¿Eres un intolerante gramatical?

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¿Eres un intolerante gramatical?

Asquerosa, repelente, abyecta, vomitiva, mugrosa, maldita, diarreosa, estercolera, inmunda, malnacida, tarada, cancerígena, jodida, inútil, putrefacta y traicionera son sólo algunos adjetivos que uso para referirme a todo aquel sujeto, que se atreve a corregir la ortografía y pronunciación ajena. Me molestan esas personas aunque he de admitirlo, formo parte de ese estúpido clan. Si eres de los que dice “haya” en lugar de “haiga”, sabe las diferencias entre “haber” y “a ver” o simplemente no soporta una intransigencia en el lenguaje, entonces te invito a que tomes cualquiera de los adjetivos que mejor te convenga. No te apures, yo también tengo el mío. Y es que mi problema no va en que uno ponga los acentos en la vida de los demás o las comas para que logren respirar, se trata del lugar en que te posicionas.

Seguro eres el irritante de tu grupo de amigos, al que no se le va una y busca molestar con el típico “así no se dice”. En la actualidad existe el valor de la tolerancia, ese que tanto nos ha jodido. ¿Qué significa realmente ? No es ni la amabilidad, ni la empatía ni mucho menos la sensibilización. Se trata de tener que soportar al otro porque es extremadamente raro, dispar, diferente y peculiar a ti. Esto hace que entonces no seas un insoportable todo el tiempo, ya que las correcciones las haces en tu mente para tener tu fachada amigable. No vengo aquí a jactarme de algo, voy a joder una parte de mí que muy probablemente logres identificar en tu día a día o tal vez no, la verdad es que tampoco importa.

En el metro de la ciudad de México se viven muchas cosas, desde vendedores con discos de rock cristiano hasta presentaciones en vivo de músicos nunca antes vistos. Dentro de mi rutina semanal está la línea 9 del metro para ir a una fundación de la que importa poco hablar. De entre las mejores anécdotas tengo una que viene mucho al caso con eso del lenguaje. Se trató de una discusión entre dos señoras que se pelearon por un lugar. La discusión fue la siguiente:

–¿Podría moverse? Era mi asiento.
–Hubiera venido antes.
–Pero estaba aquí antes que tú.
–Sí, pero yo lo vi primero.
–¡¿Eso qué tiene que ver?!
–Pues quien lo ve lo gana.
–No importa que lo haiga visto antes.
–Se dice “haya”, aprenda a hablar.
–¡Tú a mí no me vas a corregir!
–Pues no sea inculta pendeja y mejor vaya a la escuela.
–No me voy a mover hasta que me des mi lugar.
–Pues se quedará parada.
–Pues me espero hasta que haya lugar.
–¡Ah mire! Ahora sí dijo “haya”.

Esta pelea terminó en que la mujer que perdió su lugar se sentó encima de la otra. Así es, se fueron 12 estaciones como siamesas y claro que se desocuparon varios lugares, pero se separaron hasta que cada una llegó a su destino. Hay que pensar lo siguiente: ¿De verdad el problema estuvo en que una le ganó el lugar a la otra? Yo diría que no hay mejor sensación que decirle iletrado a alguien. No sé que pasa exactamente pero te disloca por dentro y son puntos extra si la humillación es pública. No importa si un argumento es bueno, si no conoces a la persona, si es un familiar o aquellos que más dices querer, cuando hay un error o una mala pronunciación, nuestra superioridad aparece corrigiendo a los demás. Es casi como pensar que la izquierda es necesariamente pobre.

En una ocasión, hablando por WhatsApp con mi madre, se le salió un “nesesario”. No esperé ni dos segundos para corregirle y ella sólo me contestó: “Tú decías taballo en lugar de caballo cuando tenías 6 años, nunca te corregí, tu podías decir lo que quisieras”. Si mis ganas de modificar a los demás no venían de mi familia, entonces ¿de dónde nació éste mal hábito? Tal vez con los come crepas boinas rojas.

Tardé un año en aprender francés para entrar en una escuela donde siempre me tacharon de niño SEP. La primera condición que ponen es que su idioma es altamente problemático por una sola cosa, la pronunciación. Adjudican este mal (o privilegio) a que los franceses nacen con una “nasal más abierta” para que puedan articular correctamente. Mi grupo era de 12 personas y la maestra no sólo era una hija de puta despiadada, sino que le encantaba corregir en público e infundir el miedo.

A una compañera le costaba demasiado pronunciar “fromage” (es algo así como fromash) y para su mala suerte, ésta profesora no sólo la tachó de iletrada, también de insensible y no merecedora de aprender este idioma. “Pego niña tu no debeguías estag aquí, se nogta que eges de la SEP”. Se pusieron un lápiz en la boca y juntas comenzaron a decir “fromage” hasta que a la pobre Rosario le salió. Esto fue un show nunca antes visto para mí, tal vez porque jamás me corrigieron de ese modo en ningún otro lugar. Luego de eso nos convertimos en un grupo o más bien una secta, que sólo pensaba en pronunciar y escribir bien, rectificar era nuestro lema. Así pasaron 9 meses en donde la burla hacia otras personas era normal. Una vez que aprendí el idioma y ahora sí, era parte de su tan selectivo sistema educativo, los comentarios pasivo agresivos de los profesores eran aún más evidentes.

–Hayg una nigna en el ogtro salón que ni siquiegra sabe pronunciarg a Jean Paul Sartre. –¿Quién es? –Magria ¿la conoces? –¡Claro que sí! Es mi novia, diario me dice que usted la critica. –¿Es tu novia? Pues se paregce a mi muchacha. Ni si quiegra saben hablarg.

Cabe destacar que la escuela en la que iba era extremadamente pequeña y por ésta razón, todos nos conocíamos. La anécdota de la empleada doméstica pasó de boca en boca hasta la dirección escolar. A este profesor nunca lo sacaron, ni siquiera le llamaron la atención. Tal vez porque cualquier docente valía más que un niño SEP.

Por último retomo eso de la narices y es que en México existe una comunidad que habla la lengua nasal, de hecho se originó dentro de la cultura tolteca. Cuando fui a Veracruz me llamó mucho la atención, escuchar a varias personas con el mismo acento de mi profesora de francés. El pueblo hñähñu se distingue por recortar en el papel, todos los personajes que respetan, temen o veneran.

Los franceses de mi escuela daban una serie de limitaciones para aprender su idioma. Siempre eran comentarios como “sólo en Europa se desarrolló la nasal”, “te puedes hacer una cirugía para desarrollar el acento pero nunca será igual” o “si logras hablar este idioma es porque tuviste algún familiar francés en el pasado”. La verdad es que yo no veo al pueblo hñähñu igual de preocupado. Supongo que los come crepas adoradores de la moda, saben de la existencia de esta comunidad pero la niegan o desacreditan. Esto porque vale más rectificar el acento de los demás, o simplemente, iniciar una discusión por quién qué cosa.

Esta escuela me dio mucho conocimiento, agradezco infinitamente a quienes me enseñaron a leer y a escribir, sin embargo, eso no quita el factor desalmado, rígido y controlador de sus docentes. Estoy atento de la colonización que construyeron en mi mente, créanme que es algo con lo que trabajo en mi día a día pero no la elimino por completo. Al final de cuentas me encantan las películas francesas, hablo con los extranjeros perdidos en el metro y atravieso la avenida de Campos Elíseos en Polanco, como si fuera un verdadero parisino. Es lo que no cuadra en mi vida pero seamos honestos, nadie se salva de caer en la contradicción.

Como anécdota final, si de verdad quieres sacar a un francés de sus casillas, haz que diga “rápido ruedan las ruedas del ferrocarril” o “Chichen Itzá” y corrígelo con gusto, porque todos lo hacemos. En muchos casos, corregir es válido y de gran gozo.

– Moisés Montiel


La imagen pertenece a Mommy de Xavier Dolan