ENCIERRO INDISCRETO

No ficción

ENCIERRO INDISCRETO

La vida se me va tan rápido que cuando volteo a ver al presente, veo imágenes que se sienten de hace mil años.
Ahora, el tiempo me hace creer que está en pausa, pero yo cumplí veinticuatro años (por primera vez) hace un mes y poco más para recordarme que las percepciones no son más que eso.
Pausar te lleva de vacaciones a un motelito temático que se le llama contemplar donde la única relación entre cada cuarto es que vas a tener que reconocerte y salir de tu zona de confort por cuestionarte y enfrentarte.
O así se siente, la verdad es que no me he parado del sillón y he tenido que pasar el verano con mi estúpido cerebro.
Hoy reconozco que la respuesta a las preguntas que me hago casi siempre está en el pensamiento que más rechazo o en el que descarto primero.
Sí, los espacios de contemplación son necesarios pero la verdad da mucho miedo.
Más miedo cuando descubres el silencio y soledad que trae consigo. La terapia la llevo para, por un par de horas a la semana, vomitar lo que acumulo con el tiempo pero a veces quisiera responder algo como “no sé, dime tú” cuando mi psicóloga me pregunta cómo estoy.
Quisiera que ella me respondiera por qué sigo confiando en la gente como si no me hubiera caído de los brazos de mi prima cuando me cargó de bebé, pero al final sé que esas respuestas las tengo yo.
La verdad es que el mundo está lleno de gente culera.
Hace unas semanas dejé pasar a un desconocido a mi casa a lavar los platos y me contara su vida. Habló sobre la regeneración neuronal y la invisibilidad. No el súper poder, sino estar vivo y que no te vean a los ojos. Cuando se fue me solté en llanto. Luego descubrí que todo lo que me contó fue mentira.
Ahí me reí. Pinche ojete.
Mi lavadora se descompuso y llamé a un servicio que resultó ser una estafa. No reí.
¿Por qué estas cosas malas me pasan a mí, que soy buena persona? ¿Buena persona? ¿Qué es ser buena persona? Tenemos nuestras maneras de herir.
Son las circunstancias y el contexto en el que crecí y aprendí, lo que yo concibo como mi realidad, lo que me lleva a elegir las palabras que uso, a creer lo que creo y actuar como actúo.
La búsqueda del crecimiento personal es saberse como victimario y reconocer que uno hace daño y todo esto que dice el principito sobre ser primavera y aceptar el riesgo del invierno.
Identificar de dónde viene el pensamiento que llega a mi cabeza y poder decírselo a alguien, en este caso a mi psicóloga, hace que la fuente sea real y notarlo es más sencillo la próxima vez que vuelvan a mí.

Pienso
Pienso
Pienso
Suelto un aire afligido.

Eso tiene forma de sombrero adrede.

Sé que la vida sigue pasando igual de rápido porque para escribir sobre mi presente tengo que remitir al pasado.
Estas imágenes que planteo siento que las vi hace tanto tiempo pero es hasta ahora que puedo hablar de ellas.
Las percepciones no son más que eso.

He de reconocer también mi tremenda habilidad para hacerme pendejo; para evadir responsabilidades, para afrontar la realidad e incluso para hacer las cosas que digo que me gustan hacer.
Más que nada se manifiesta en lo que sé que tengo que hacer.
Sé que tengo que ver películas o leer para explorar mis gustos y así entenderme y conocerme, pero cuando intento concentrarme mi cabeza se desvía y pienso en un momento específico del que me sienta culpable, mi cabeza se vuelve a desviar, quién carajo fue líder de Paraguay en 1986, descubro el Stronismo, mi cabeza se vuelve a desviar, no entiendo una mierda de esta película, por qué dije lo que dije cuando estaba enojado hace tres años, Alfredo Stroessner es el dictador latinoamericano más longevo después de Castro. Okay, sí sé qué cosas digo, lo que no sé es de dónde nace el impulso de decirlas.
Patadas de ahogado es lo primero que pienso.
¿Por qué las doy? porque si me hundo yo se hunden todos. ¿Eso me hace una mala persona? Puede ser. Pero en este motel las personas sí se definen por la información que tienen sobre ellas mismas y lo que deciden hacer con ella.
No es que estuviera consciente de que no me conocía como creía que me conocía, sólo que antes me cuestionaba para saber más y no para ignorar menos.
La verdad también es que hasta para escribir esto me hice pendejo.


Por Rafael Kalife.