En ti, pero fuera de ti

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En ti, pero fuera de ti

A mi papá:

Me he ido muchas veces. Pero siempre al regresar encuentro afinidades distintas entre nosotros, palpitaciones que sobresalen del pecho, suspiros que se hacen río, tú también te has ido. Me he dado cuenta que escribo mucho sobre el agua. No estoy segura si lo hago por la manera en que tu arroyo se difumina dentro de mí o simplemente porque me recuerda a ti. Quizá es porque siempre que miro al mar me doy cuenta de que se deshace en infinidades incomprendidas, me asombro, porque yo me deshago en esa misma sutileza. Tampoco estoy muy segura de por qué te escribo esto, ni de si lo leerás, pero eres impredecible. Es curioso, porque el mar despierta algo en mí indefinible; una sensación sin duda paradójica que se ha quedado en mí, un trazo, un hito, memoria fresca que sin embargo reseca. De pronto siento que estoy hecha de la misma efervescencia, del mismo guiño inexacto que se revuelca en mi pestañeo, en tu marea, pero otras veces siento miedo.

Siempre que voy a la playa algo en mí se disuelve en el más placentero de los ecos, me siento libre; mis pies, mi cabeza, mis manos. Mi existencia se distiende, ingrávida como una hoja que se desprende de los enramados. Soy espuma nívea: fluyo en una cadencia que siempre es distinta, las huellas en la arena, el rumor constante del oleaje sobre mi cuerpo. Escucho tu voz deslizarse como un goteo por mi espalda: no hay musicalidad que se le parezca a la que irradia el mar, pero la tuya es tan bonita, meliflua en cada parte de mi presencia. Me gusta observar el horizonte levante, resentir la aspereza de la arena en mi piel, quizá suponer que algo similar se construye en mi interior. No lo sé.

Ahí estás tú, en complicidades que no busco entender. Me sumerjo cada vez más hondo en el agua, en la pleamar que nos envuelve y de pronto me lleno de temor, porque me da miedo profundizar demasiado en su color, en el tuyo, el que aquella espesura opaca me engulla en su verbo. Temo quedar atrapada en versos marchitos, en esa continuidad que aflora en mi vientre, en mi tacto tempestivo. Me veo en ti, flotando indefinidamente en la sal, en aquella superficie ácuea de cuyo límite me es por completo desconocido.

Creo que te escribo esto sólo para decirte que eres en el mar, que por más que sienta tu ausencia de pronto calar cada hueso, te encuentro en la fluidez de las horas, en la parsimonia que se derrama al caminar por el crepúsculo, en cada espiga, en la brisa pasajera. Te tengo a ti, pero a veces siento que es tu recuerdo el que tengo a mi lado. Floreces en los más imprevistos de los lugares. Aquí estás, sólo que a veces te veo tan grande y en otras ocasiones te noto adormecido, entrevista impavidez que me invade. No encuentro tu abrazo, pero comprendo las formas en que se desdobla tu cariño. Yo también soy ausencia, yo también voy y vengo. Entre nosotros se desdibuja una distancia afine, yo soy la arena y tú el mar. Temo entrar demasiado, temo ser demasiado pequeña para tu grandeza. Siento que no te alcanzo, pero sé que así somos los dos, nos guarecemos en aquella línea tan fina: vivo en ti, pero fuera de ti.

Te escribo para construirte un espacio no sólo en mi memoria, no sólo en mi silencio, sino también en mis lágrimas, en cada latido pausado. Para decirte que conforme viene y va el oleaje, me reconcilio contigo. Te escribo porque quiero construirte un espacio en mis manos, en mi cuerpo, en mi presente. Suenas tan lindo.

Nos reconocemos siempre en la distancia, pero es en la distancia donde he aprendido a quererte.

Revelación oportuna:
El océano es enigma y tú siempre me has parecido indescifrable.

“Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo, porque en el fondo es todo […]”

-Julio Cortázar.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.