En mi edificio clasifican los cuerpos

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En mi edificio clasifican los cuerpos

En mi edificio clasifican los cuerpos: en un elevador van los que pertenecen a propietarios y en otro los que pertenecen a empleados y animales. Qué jodido. Aquí vivimos un montón de clasistas: unos por convicción y otros por complicidad.

El reglamento no dice nada al respecto. Porque, vamos, derechos humanos. Pero hay reglas implícitas: si algún propietario quiere compartir espacio con los empleados y los animales, puede hacerlo. Pero ningún empleado debe subir a un elevador ocupado por un propietario. De estar haciendo uso de este por motivos de limpieza y toparse con alguien, debe bajarse.

He comentado el asunto con mis conocidos y pocos se sorprenden. Porque “así es en muchos lugares”. Y yo, aunque me indigno ante esta absurda dinámica, no he hecho suficiente.

El argumento de los animales lo entiendo: sería molesto que hicieran sus necesidades a medio viaje. El argumento del transporte de basura lo entiendo: los malos olores y los líquidos que se filtran de las bolsas son desagradables.

Pero no entiendo, ni acepto, ni tolero, que la justificación sea “es que son personal de servicio”. Justamente porque eso es lo que están haciendo: servir. Y no me cabe en la cabeza que en lugar de reconocerlo y agradecerlo con salarios dignos y buenos tratos, los mandemos cual repudiados a un elevador distinto.

Estas dinámicas que mantenemos en nombre del “orden” y las “costumbres”, son discriminatorias. Normalizarlas está mal. Quedarnos callados mientras ocurren está mal.

Hacer menos a una persona por la clase socioeconómica en la que la ubicamos, es igual de absurdo que hacerla menos por raza o género. Así como el negro no elige ser negro, y aunque lo eligiera no tendríamos por qué despreciarlo, el de escasos recursos no elige ser de escasos recursos y aunque no eligiera no tendríamos por qué despreciarlo.

Estoy cansada de escuchar a propietarios que les da miedo que alguien de limpieza acose a sus hijas en el elevador. En mi edificio yo solamente he aguantado miradas lascivas de mis vecinos. Y no sólo en el elevador.

Tener dinero no nos hace educados. Y no tenerlo no nos hace mal educados. Una persona no es ni más ni menos respetuosa por el estado de su cuenta de banco. Se supone que nosotros, los que hemos contado con el acceso a escuelas y universidades privadas, somos “los educados”. Y miren nada más las atrocidades que permitimos en el lugar donde vivimos.

Es vergonzoso que las personas que prestan sus servicios en mi edificio me pidan perdón por haber llamado un elevador que “es para propietarios”. Es vergonzoso que la señora maravillosa que lo deja todo para trabajar cuidando a mi familia tenga miedo de lo que le puedan decir mis vecinos por no ir “en el de servicio”.

Lo dejamos pasar como si la gente no se diera cuenta. Como si los de limpieza, vigilancia y mantenimiento estuvieran en el deber de aguantar los regaños de la señora prepotente que se niega a compartir espacio con ellos.

Si a usted o a mí nos maltrataran la dignidad de esa manera, haríamos un escándalo. Y con toda razón. Pero ellos no lo hacen, porque necesitan llevar comida a sus hijos.

No se trata de “cuestiones prácticas” (pésima excusa, por cierto). Se trata de cuestiones humanas. Esto no es una forma válida de convivencia: es clasismo.

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.