Electrocardiograma

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Electrocardiograma

Los corazones se clasifican en:
valientes, cobardes, completos y rotos.
Todos saben latir.

Los electrocardiogramas dibujan los movimientos del corazón con líneas brillantes: muestran en pantalla picos formados por la vida que continúa y rayas planas que narran cómo dejamos de latir. Se parecen a lo que le sucede a mi tiempo, medida casi ininteligible que no comprendo del todo, pero cuestiono aún.

Las formas ya están dadas: segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años y podríamos seguir. Sin embargo no siento la vida como veinte eneros ni como dos decenas de años nuevos. No tengo en la cabeza la experiencia contada en cumpleaños ni en cursos escolares. Siento la vida como algunos amores, muchos perros, varias muertes, demasiada nostalgia. Las formas que nos preceden no son más que la pantalla sobre la que hacemos nuestro existir, que es el electrocardiograma. O al menos eso quiero pensar yo.

Solía decir que me cuestan los principios, para luego tener que completar mi afirmación añadiendo que los finales también. El corazón por su parte, termina tranquilo un latido para que otro pueda empezar. Si me pongo la mano en el pecho, me convence de que no siente miedo y me dice que las cosas pueden terminar y empezar mientras nosotros seguimos. Y que, tal vez, incluso, las cosas tienen que terminar y empezar para que nosotros sigamos, porque cuando la línea deja de moverse y suena un prolongado “beep” llega realmente el vacío.

Mientras no llegue quiero ser como el corazón y que en mis líneas pueda latir mi vida y que en mi vida pueda latir la gente y que en la gente pueda latir yo. Terminar y empezar constantemente sin la rimbombancia de una cena de año nuevo en la que titilan fuegos artificiales a través del cristal de una copa de champán. Con la calma del corazón que pasa desapercibida y aún así sostiene los cuerpos que muerden una uva deseando poder volver a brindar, dispuestos a contar los trescientos sesenta y cinco días siguientes y despreocupados por el número de latidos necesarios para que se pueda lograr.

Cuando vemos un electrocardiograma lo que queremos es que siga dibujando sístole y diástole. ¿Por qué no queremos lo mismo para nosotros? ¿Por qué nos empeñamos en que todo cambie y a veces sabemos qué es lo que queremos que siga sucediendo igual? La vida con la misma melodía de siempre es todo menos tragedia si uno piensa en el corazón.

Quiero que sigan latiendo igual los abrazos de mi madre, los consejos de mi padre, las mañanas tibias, las noches estrelladas, las preguntas de mi hermana y las comidas en familia. Quiero que sigan latiendo igual mis impulsos al verlo, los pies al bailar, mi canción favorita y las risas.

No me hace falta escarbar demasiado hacia adentro para saber qué quiero cambiar. La inconformidad está siempre al alcance de la mano. Lo que a veces sí pierdo de vista es lo que quiero conservar: lo que empieza y termina sin irse. Porque la vida en mucho es eso: permanencia que sabe latir.

Imagen de Cardiólogos Guadalajara

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.