El país donde nadie muere

críticaNo ficciónensayo

El país donde nadie muere

Somos nuestra muerte; caos perpetuo, inevitable fin, costuras que se reproducen en el cuerpo y se deshacen en la piel del tiempo. ¿Será que siempre hay un fin? ¿Qué sucedería si en última instancia la muerte no es más que un espejismo, una sílaba que se nos agolpa inexistente en la boca? Dentro de la limitada cosmovisión occidental, el tiempo es lineal; se agota, se consume, pero, ¿por qué no tomar estos elementos que configuran la estructura social occidental y darles la vuelta? ¿Qué pasaría si dejáramos de morir, si realmente el fin es sólo una promesa implementada por la religión hacia la búsqueda de una supuesta vida eterna? Pero como bien Nietszche lo planteó: la vida eterna es el presente, el eterno retorno a los ideales de occidente, a la conjugación de un mismo verbo que reproduce los mismos patrones de pensamiento y que se pronuncia en el eco de nuestro recuerdo. La humanidad cae, se deja cegar por esta turbada ensoñación de que existe algo que precede a la muerte cuando quizá, es lo que antecede a la muerte lo que nos devuelve a la vida. Eterno retorno. Ceguera que prevalece y se difumina.

Heidegger bien decía que estamos hechos para la muerte, pero ninguna filosofía o autor ha interpretado a la muerte como lo hizo el escritor portugués y galardón del Premio Nobel de Literatura de 1998, José Saramago. En “Las intermitencias de la muerte”, Saramago edifica un universo distópico en el que las personas, efectivamente, dejan de morir. Configura con eficacia a la muerte como un personaje femenino con voz propia, un ethos particular y una idiosincrasia que terminan por darle vida a la muerte misma. En el libro, la muerte manda una serie de cartas a varios destinatarios, anunciando que morirían pronto. Sin embargo, las consecuencias de prolongar la vida y posponer la muerte resultan catastróficas tanto demográfica, religiosa, social y financieramente. Hay un crecimiento exponencial de la población, la religión colapsa porque ya no hay resurrección que prometer según el dogma, y surgen nuevas maphias (Saramago se refiere a esta palabra con ph, instaurando estratégicamente una relación lúdica con el lenguaje) que se dedican a transportar ilegalmente a los enfermos fuera del país para ayudarlos a morir a cambio de dinero. En otros términos, una especie de eutanasia. El hecho de que Saramago haya escrito “maphia”, simboliza el desplazamiento de términos lingüísticos que reflejan una nueva realidad resquebrajada y que sufre paralelamente, este mismo desplazamiento de términos, no tanto lingüísticos, pero sociales.
Ahora, lo que yo me pregunto es, si en México las personas dejaran de morir, ¿ocurriría este mismo desplazamiento? ¿Se crearían nuevas “maphias” o formas renovadas de crimen organizado que darían luz a la muerte como una posible forma de negocio? La criminalización de la muerte. Saramago dio vida a nuevas formas de emplear el lenguaje a partir de la muerte misma del lenguaje. En el libro, se menciona el cómo las cartas que la muerte manda nunca llegan a sus destinatarios, esto simboliza un grado de rechazo de ese lenguaje que la muerte misma escribió, un lenguaje que quedó suspenso en el aire, que nunca tocó a aquellos que tenía que tocar.

Pienso que esto es lo que constantemente sucede en México; la política, el gobierno, utilizan el lenguaje y lo manipulan para ocultar su propia disfunción, su corrupción raída, su continuo desgaste y deterioro a través de un discurso cuya principal lógica es dirigir la atención a la muerte de inocentes a causa del crimen organizado. En pocas palabras, dan vida a nuevas maneras discursivas de ocultar su propia muerte evidenciando la muerte de otros, de su propio pueblo. Desvían la atención, desnudan, realizan promesas de acabar con la violencia cuando el mismo sistema está consumiéndose en su propia corrupción, en sus promesas caídas, en su autodestrucción, o como lo llamaría Chesterton: un auténtico suicidio del pensamiento. Como la muerte en el libro de Saramago, el gobierno envía cartas invisibles a aquellos que están por desfallecer y a aquellos que le parece son dignos de desaparecer. Pero hay veces que no alcanza a tocar a los que tenía que tocar y se escribe una carta de muerte a sí mismo, encontrando que es el único destinatario, que el lenguaje fue rechazado y la carta devuelta a su remitente olvidado.

Corolario: el pueblo es el espejo enterrado de los empoderados; en la muerte del pueblo se desvela la muerte misma del gobierno cegado.

Por otro lado, hace algo de tiempo iba pasando en mi coche por el segundo piso cuando de pronto me topé con un espectacular cuyo contenido me dejó anonadada. Era un anuncio de García López Funerarias que decía lo siguiente: “nuestros muertos son leyenda”. Esto me dejó pensando mucho acerca de esta tendencia creciente de banalizar a la muerte a través del lenguaje publicitario, a quitarle la seriedad que en nuestra cultura se supone tendría. Del mismo modo, me dejó reflexionando acerca de la concepción de la muerte en Occidente, acerca de esta necesidad por retrasarla y evadirla a toda costa, acercad del aislamiento de los moribundos y su invisibilización. En México, la figura de la muerte es algo que se venera, se reconoce a la muerte y a aquel que muere como una “leyenda”, pero al mismo tiempo, en esta aceptación se normaliza –y con esto me refiero a todos los tipos de muerte incluyendo aquella ejercida con violencia–. En el mundo prehispánico lo que más contaba al momento de perecer no era el cómo se había conducido la vida, sino el cómo se había muerto en determinado momento, es en este contexto que sus muertos se traducen en “leyenda”, porque es en el acto mismo de morir que se inmortaliza y se conduce la vida. Me parece muy peculiar el cómo en este país se respeta a la muerte y al mismo tiempo se le olvida tan pronto, como Saramago lo propuso; encontramos olvido en nuestro lenguaje a partir de la muerte misma del lenguaje, y no en su memoria. No conmemoramos a nuestros muertos, sino que veneramos su soledad.

El mexicano muere y oculta su muerte tras el lenguaje político, publicitario y cotidiano, máscaras ensombrecidas. A diario nos envían cartas anunciando nuestra próxima muerte en espectaculares, nos dedicamos a mirar nuestra existencia en el espejo de la muerte porque es en la muerte que recordamos la vida, recuerdo inexistente que se refresca. A diario vemos la normalización de la muerte en los medios de comunicación, en las acciones del gobierno, quien muere con el pueblo y hace lo posible por evitar su muerte propia.

¿Qué pasaría si dejáramos de morir?

Nada. El mexicano ya dejó de morir.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.