El mar entero en un barco de papel

narrativa

El mar entero en un barco de papel

Desde una esquina de la cama y con los puños apretados, solté de golpe una declaración de amor extraña: por ti, que nunca has dado una mierda por quienes te quieren, yo navegaría el mar entero en un barco de papel. Arrastré cada palabra con la rabia que sentía por quien no había cuidado nuestro nosotros de nada y le había clavado los nudillos en los dientes a la fe. Me lo dije con la rabia que siento a veces por mí.

Los últimos cien días han sido mi barco de papel, que se vuelve cada vez más traslúcido y frágil, pero no se hunde. La soledad del encierro y la desesperación que trae consigo la incertidumbre, han convertido la vida en un pedacito de origami que amenaza todo el tiempo con naufragar. En este navío endeble, por mi cuenta, dedico los días a arreglar lo que está mal conmigo.

Ahora que he confinado mi cuerpo entre paredes, yo me cumplo las promesas y navego el mar entero. Ahora yo dejo el cigarro y empiezo a darle las gracias a este trozo de carne que me mantiene viva. Y todo me parecería bonito si no fuera porque, en pleno mar abierto, ha comenzado a darme miedo la orilla.

Cuando la pienso, me aterra el desconcierto de descubrir que todo lo que estaba ahí ya no está. La he divisado y la desconozco. No me intriga ni siquiera un poco saber de cómo fue que lo que dejé sobre la arena ha desaparecido. Tengo una intuición que me basta para no querer llegar.

De todos modos, ¿qué coño es la orilla? ¿A qué le llamamos tierra firme y por qué es mejor que mi barco? En teoría lo entiendo todo: aquello de no querer ahogarse y los beneficios de tener un piso para poner los pies; el retorno de los abrazos que nos han faltado y el reencuentro de quienes se amaban tanto que decidieron distanciarse por el bien común. Pero la teoría del regreso de los besos me resulta una escena que intenta -y no logra- ocultar el daño.

Desde que zarpé ha ocurrido demasiado. La mujer que vendía flores en el muelle ahora mendiga migajas de pan y los que tocaban la guitarra apuntan pistolas. Los niños de la calle insisten más cuando piden las monedas por favor, por favor, por favor. Me fui en mi barco de papel para cuidarme, cumplirme promesas, dejar el cigarro y darme las gracias. Pero en esta orilla abandoné a la gente y por esta orilla ha pasado un huracán. Cuando uno abandona, es difícil volver con la cara en alto.

Yo recorrí el mar entero en un barco de papel a sabiendas de que, en los barcos de papel, cabe un solo tripulante.

Ilustración de SARI elliot, “Tempête 01”

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.