El legado de Limbaugh o El día en que dejé de huir de Simone de Beauvoir

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El legado de Limbaugh o El día en que dejé de huir de Simone de Beauvoir

Una feminista es una mujer que cree que lo más importante en la vida es asegurarse de que se practiquen tantos abortos como sea posible.
– Rush Limbaugh

Adjetivo y sustantivo

El 15 de abril de 1986 el locutor norteamericano Rush Limbaugh citó a los representantes del Consejo Internacional del Oxford English Dictionary en Washington D.C para registrar un término que cambiaría la historia del feminismo.

La culminación de una campaña de desprestigio contra este movimiento social desde posturas políticas conservadoras fue la introducción del término feminazi al principal diccionario histórico del idioma inglés, definiéndolo formalmente como “feministas radicales”.

Acrónimo de feminista y nazi bajo la concepción de que el feminismo sólo buscaba que todas las mujeres abortaran indiscriminadamente a manera de holocausto y, con más precisión, de holocausto nazi.

Los medios conservadores norteamericanos vieron en esta introducción una oportunidad. El 16 de abril los periódicos se inundaron de títulos como éste:

“Feminazis: What feminists should’ve been called from the beginning.”

El artículo de The Washington Times a cargo de Tom Hazlett no incluía –
convenientemente – las implicaciones fundamentales del feminismo como doctrina y movimiento social, político y cultural.

Entre otras noticias, el 14 de abril de ese mismo año, exactamente 24 horas antes de la convocatoria de Limbaugh, había muerto Simone de Beauvoir.

Siestas beauvoirianas

Estaría mintiendo si afirmara – por vergüenza – que no recuerdo con claridad la primera vez que apareció y el porqué.

La tarde de un jueves, El Machito Prepotente – novio en turno – no se ofreció a pagar por la cena. Mi tarjeta se deslizó por la terminal mientras yo le rogaba a los dioses que tuviera suficiente crédito para pagarla. Entre risas nerviosas que solaparon el enojo, seguí con la mirada las manos del mesero mientras le regresaba mi voucher a él y en seguida, a él recibiéndolo y firmando el papel sin siquiera dirigirme la mirada.

Por la noche, ya triscando entre sueños, me fui a mi teatro a piruetear. Bailo para mí, frente a 1936 butacas.
Como cualquier otro día de función, pasé unos minutos maquillándome y preparando vestuarios. Mads, el centinela, anunció la primera y segunda llamada pero, antes de la tercera, se apareció en las piernas del escenario para decirme que aquella noche sólo 1935 butacas estaban vacías. Tercera llamada.

No pude distinguir la cara de mi misterioso admirador durante la interpretación ya que ni siquiera se levantó a aplaudirme como era debido. De cualquier manera bajé a saludar.
- Soy Gianna – le dije – este es mi teatro y yo bailo aquí. - ¡Qué bien! - respondió la figura. - Gracias por venir y qué bueno que lo disfrutó. - Qué bien que bailabas dije, más no dije que bailaras bien…

La figura se levantó con elegancia y por fin pude verle. Ante mí, una mujer de unos cuarenta años, ojos claros, un semblante apacible y con el cabello recogido de manera impecable como el resto de su atuendo.

— Yo soy Simone, enchantée.

Denotación y connotación

La madrugada del 25 de enero de 2018 (110 d.B), Samuel Ventura García fue encontrado inconsciente en una cabaña de Puerto Plata, República Dominicana. El hombre llevaba unos minutos desangrándose.

La noticia se viralizó cuando, unas horas más tarde, su agresora publicó en Instagram una fotografía con esta descripción: “¡Lo hice! #worthit”. La imagen la mostraba a ella, con una sonrisa en la cara, y en la mano derecha un trozo de pene. La mujer se entregó a la policía y la imagen fue eliminada de la plataforma unos minutos después de haber juntado 2 millones de likes.

Los medios-defensiva cuentan la historia Andrea Razplet, una psicópata feminazi que asesinó a su jefe en un viaje de negocios cuando este le negó el puesto con el que estaba encaprichada, justificando su falta de preparación. La desequilibrada mujer le cortó el pene como manifestación de su rencor o bien, por ardida.

La versión de la ofensiva fue un tanto diferente… Andrea Razplet, heroína empoderada, asesinó a su jefe en un viaje de negocios cuando al negarse a realizar favores sexuales, este le negó a su vez el puesto por el que tanto había luchado y, como símbolo de liberación, le arrancó el pene y con esto, su poder opresor.

Algunas semanas después, un grupo de mujeres dominicanas, argentinas, mexicanas y estadounidenses firmaron “El Manifiesto de La Quinta Ola: El Nuevo Feminismo”. El escrito es un juramento. Un juramento de venganza contra los hombres, contra el heteropatriarcado, contra las injusticias laborales, contra el acoso en el transporte público y tambíen contra las piernas depiladas y los brassieres.

“Y cortaremos los penes que sean necesarios para lograrlo.”

El cirujano Roberto Mejía Castillo reconstruyó de manera exitosa el miembro de Samuel Ventura García, y se rumora que Rush Limbaugh ha usado una copa protectora todos los días a partir del incidente.

La partida

Tenía que decírselo.
La falta de sueño con sueños me había mantenido lejos de Simone durante algunas semanas, 78 días para ser precisa, o al menos de esto me convencía. La realidad es que no quería verla. Si por error lograba conciliar el sueño con sueños, evitaba el teatro, ahí iba a estar ella.

Después de años de peleas, por fin nos habíamos entendido o, mejor dicho, la había entendido. Meses de anotar frenéticamente sus diálogos en mi libreta azul al despertar para no olvidar nada. Semanas enteras de introspección para evitar regaños en el siguiente encuentro. Todo. Pero lo cierto es que extrañaba mi teatro, la extrañaba a ella y tenía que decírselo.

Tenía que contarle porque las cosas no iban bien, la Quinta Ola la había enterrado y ella merecía saberlo. Hace unos días decidí dormir para soñar.

Ahí estaba ella, de pie frente al teatro con su semblante apacible y el cabello recogido de manera impecable. Traía un paraguas, se había pronosticado tormenta y ella siempre estaba preparada. Mi aparición no la sorprendió tanto como mi gesto. No sonrió.

— Dime qué pasa.

Nos sentamos en la misma hilera de butacas en donde la había visto por primera vez, la luz apenas iluminaba nuestras caras, pero aún podía verle. Se lo dije todo.

Le conté que Limbaugh había festejado su muerte intentando destruir su legado y de la popularidad que había adquirido el término. Le conté sobre Samuel Ventura García y Andrea Razplet. Le conté del Manifiesto de La Quinta Ola, de su creciente afición y de su objetivo, la venganza. Le dije que la connotación de feminazi se había convertido en la denotación de feminista. Le conté de la copa protectora de Rush Limbaugh y de la sonrisa triunfante que mostraba en su cara. Se lo dije todo. Sonrió. No tuvo que despedirse para que yo supiera que se iba a ir. Así fue.

Me quedé sentada contemplando las 1935 butacas vacías.

Me llamaron. Me llamarán.

Me llamaron feminazi por no estar dispuesta a adelgazar para conseguir un trabajo.

Me llamaron feminazi por dejar de cantar a todo pulmón la cumbia “17 años” de Los Ángeles Azules.

Me llamaron feminazi por no creer que saber preparar el desayuno me convertía en una novia con potencial de esposa.

Me llamaron feminazi porque no lo dejé pagar, cuando lo cierto es que los dos comimos hamburguesas y no sólo él.

Me llamaron feminazi por no pedirle una foto y un autógrafo al cantante de Cuatro Babys en el aeropuerto de Santiago de Cuba.

Me llamaron feminazi, pero lo cierto es que no uso brassiere por el temor profundo de tener los pezones en el ombligo dentro de algunos años.

Me llamaron feminazi al comentar que Friends, la serie televisiva más aclamada de todos los tiempos, fomenta la perspectiva hegemónica: blanca, hétero, capitalista.

Me llamaron feminazi por negarme a otro maratón de la La Bella Durmiente, Blanca Nieves y La Sirenita con mis primas pequeñas y más aún por elegir a Mulán de entre todas las demás.

Me llamaron feminazi por enfrentarme cara a cara con el hombre que en plena calle me gritó que las traía “bien jugosas”, cuando lo “propio” hubiera sido no ponerme esa blusa en primer lugar.

Me llamaron feminazi por dejar de “elegir mis batallas” por temor a arruinar una conversación “agradable” pero llena de violencia y por permitir que mis denuncias jodieran amistades de toda la vida.

Me llamaron feminazi y me llamarán pero lo cierto es que no lo soy.
Sólo soy Gianna, enchantée.

– Gianna Cisneros Bocardo