El día que llovieron violines

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El día que llovieron violines

Me enteré por las noticias: Willy Arteaga, el violinista de las marchas, había sido brutalmente golpeado por la Guardia Nacional. Lloró frente a las cámaras mientras enseñaba su instrumento hecho pedazos. ¿Quién iba a hacer sonar ahora el Alma Llanera entre las bombas? Teníamos un país en pausa: no había clases, los negocios cerraban y las calles se inundaban de lucha cada mañana. Teníamos un país con causa: libertad.
Ese fue el día que llovieron violines. Lo supe por la ola de solidaridad que se desató en redes sociales: "yo le regaló uno nuevo", "hay que hacer una colecta", "mi papá ya no usa el suyo"... "¿Alguien sabe cómo lo podemos contactar?". La música de ese joven era para todos prioridad, porque por primera vez en mucho tiempo veíamos cerca el final del infierno. Porque viendo el asfalto llenarse de muertos, era necesario que sus canciones nos regresaran una y otra vez la fe.
Su violín sonaba como el llanto de muchos. Su violín sonaba como la esperanza de todos.
Mientras salíamos y veíamos salir, todos los días durante algún tiempo, estuvo en la calle Willy con su instrumento. Y entre las detonaciones y los perdigones, los gritos y la sangre, se escuchaban canciones suaves y se sentían canciones fuertes. Se convirtió en uno de los símbolos, como el hombre desnudo con Biblia en mano, la mujer intentando evitar el paso de una tanqueta, y los abuelos que salían en sillas de ruedas.
Dicen que los pueblos tienen a los gobiernos que se merecen, y yo no lo creo. Porque nadie merece morir de hambre. Venezuela es un pais que hace mucho tiempo, en la desesperación que la desigualdad genera, se equivocó eligiendo. El resto es resultado de la ambición de unos cuantos.
Tengo la esperanza de que hayamos aprendido a elegir mejor. Porque cuando los estallidos de las armas militares quisieron opacar la canción de Willy, Venezuela eligió su canción. Ese fue el día que llovieron violines.
Aquella lucha no bastó. A pesar de los heridos y los muertos, el país sigue siendo para demasiados un infierno. Ahora que todo empeora en aparente calma y las avenidas se han vaciado uno se pregunta: ¿Qué falló? Si fuimos tantos ¿Qué falló? ¿Cómo es que "los buenos somos más" y no logramos salir de esto?
Se está muriendo la gente. Corrijo: están matando a la gente. El sueldo mínimo mensual equivale a unos cuantos centavos de dólar. Las noticias anuncian que el pueblo cobra justicia por mano propia y descuartiza al ladrón. Y entonces uno piensa que la crisis nos saca lo peor. Pero la verdad es que también nos saca lo mejor.
Hay personas por montón buscando comida entre la basura, y otras que al deshacerse de sus sobras lo hacen en bolsas para que ellos las encuentren. Suena grotesco, y lo es, pero hoy alguien aguantó un día más por eso. Hay quienes mandan del extranjero remesas y quienes envían las medicinas que faltan. Uno en Caracas puede ver a alguien salir de un restaurante y entregar a un mendigo un paquete o un carro del que sale una mano y regaña un mando a quien pide limosna en el semáforo. Mi punto es que, en la crisis, a veces sobrevive una flor.
Me hablan de cambio y mi cuerpo se divide en dos: siento el miedo profundo que me enseñaron a sentir los políticos con sus discursos, y siento la urgencia aplastante por no querer esta realidad ni un día más. Me hablan del presente y a veces siento mi país en pleno naufragio. Y a veces siento mi país perdido. Pero luego recuerdo que ese día llovieron violines: Venezuela tiene dentro de sí el cambio que necesita.
Seguido sueño con lo que sucederá cuando acabe el secuestro del poder. Quiero ver qué hacemos cuando no se trate de vivir o morir. No sé cómo vamos a salir de esto y, honestamente, creo que nadie lo sabe. Pero vamos a salir. Sólo necesitamos encontrar un camino claro.
Aquel día hicimos llover violines. Ahora ¿qué tenemos que hacer llover?

Valeria Farrés

Fotografía de HSB Noticias

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.