El descenso

I
¿Qué se siente? ¿Qué se siente cuando te preguntan; cuando te miras al espejo y lo encuentras tan dentro? Algo se atora en tu boca, algo que raspa la lengua y se quiebra en la saliva. Miras los árboles a un lado de tu ventana y respiras esa quietud efímera; ese momento en el que todo es presencia y te sientes viento que anhela, efervescencia que acontece en tu cuerpo frágil. ¿Qué se siente tener un secreto? Esa pulsación tan extraña que de a ratos desciende por tu espalda, tus manos, tu piel quebradiza. Despertarte todas las mañanas y sentir esa vibración corroer el silencio, la calma. Te enciendes. Ves la luz entre el polvo y sientes un cosquilleo en la nuca. Lo sabes: entre la timidez, tus recuerdos, la lucidez, un espectro. La memoria como un fantasma que se disfraza con tu cuerpo. Te persigue, desciende.

II
¿Qué se siente ser un secreto? Miradas que se encuentran entre la bruma; escama que brota del aire. Quedas cautiva en aquel guiño lento, aquel haz que te seduce y agita cada fibra enterrada en tu existencia. El deseo te somete, observas sus ojos: profundidad ilegible, derrama el enigma. Dialogas con aquello que eres incapaz de comprender, te enamora su juego, quema con la lumbre de su silencio. Suspiras, su mirada es tu secreto. La respiras, cierras los ojos, el sabor de su mirar es irresistible. La delicia, está tan dentro, tocando cada resquicio, invadiendo cada espacio que crece, decrece. Lo sientes en la piel; el erizo. En tu pecho una extraña hendidura se entreabre. Lo sabes. Astilla. Ya no puedes sacar el filo. Ahí quedó su mirada como algo tan íntimo, sus ojos azules: un mar que golpea la calma y acaricia tu rostro con la frescura de su verbo inextinguible.

III
Un espacio invisible se dilata entre ustedes, porque se tocan, se saborean con el haz del ojo, pero su piel no te alcanza. Sus manos, el deleite. Tan sólo un roce pasajero, su tacto inalcanzable en tu rostro. Sientes una corriente de energía recorrer tus extremidades: empieza en tu boca, se desliza con suavidad por tu cuello y acaba en tu vientre como algo inagotable, como algo que vuelve a despertar indescifrable. Y como leíste alguna vez en Rayuela de Cortázar: “basta con dejarlo todo y recomenzar”. Recomenzar en su mirada. Se entume dentro, te revuelca como una ola tan ligera. Te dejas absorber por la suculencia de dicha sensación. Transparencias: imaginas, sueñas lo imposible, te cubres en una red. Eres su secreto, pero él también es el tuyo. ¿Qué se siente? ¿Qué sientes cuando te atragantas con palabras que se acaban en la comisura de tus labios? Te desdoblas sobre un acantilado insondable, esperando una respuesta que se clava en los latidos. Suspiras. Te mira. Lo miras. ¿Qué sigue?

IV
Recuerdas, lo recuerdas como algo tan vivo. No puedes leerlo, te pide que le escribas y no tienes ni idea de por donde empezar, porque sientes que en lo más hondo, tú habías ya escrito sobre él algo imposible de pronunciar. Secretos. Miradas furtivas. Es todo lo que sé.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.