El afinador de recuerdos

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El afinador de recuerdos

Una pluma. Una pequeña pluma que se incrusta en el aire. Así me siento cuando escucho la tecla entre mis dedos, suave, aterciopelada. Me siento liviana, como si no hubiera nada que se interpusiera entre los sonidos y mi piel. El contacto de cada vibración golpeando ligera en mis dedos me tranquiliza de una forma que nunca creí posible, pero, a su vez, me llena de una intriga acompasada que nace en mis oídos y se desenvuelve como una seda en mi cuerpo. Dentro, tan dentro. La música es eso que rellena todos los espacios de algo incomprensible, mágico. Es una textura que se asienta en el tacto, cruzando los límites más íntimos y volviendo a componer aquello que desde hace tanto había permanecido resquebrajado. Tan roto es el pasado. Desgarra algo en mi interior, pero cada nota que se difumina entre las partículas de vacío, sobre la nitidez vítrea, se dilata como gotas espesas de un elixir que me cura, me devuelve a la vida.

Hoy, un extraño vino a afinar mi piano. Al principio, la desnudez: las teclas, las cuerdas febriles escurriéndose entre el ébano, dejando atrás un eco lejano que me envolvía. Bemoles, sostenidos. Mientras sus dedos lento trazaban un surco melifluo entre la blancura y el espesor, no pude más que admirar su esplendor. Cada intervalo, cada nota que lento recobraba su luz entre las escamas del silencio, me hacía revivir aunque no era capaz de comprender. Sentía, que podía afinar mis recuerdos, que podía penetrar en aquel mundo que mi piano y yo habíamos delineado con cautela. Un sabor peculiar se trenzaba en mi lengua.

No sé qué fue exactamente, pero ver mi piano así; sus huesos, el polvo, sus secretos, me transportó a un lugar infinito que no soy capaz de pronunciar. Y mientras aquel extraño se encontraba sentado deslizando sus dedos por cada gesto, no pude más que absorberme en el sonido. Contemplaba cómo iban desdibujando un espectro nuevo, fantasma. Resentía el cómo me había encariñado tanto de algunas notas estando completamente desafinadas, cómo de cierto modo no quería que volvieran a la normalidad porque sabía que iba a sentir algo diferente al tocarlas, se entreabriría un nuevo desliz, una textura tan ilegible que profundizaba en mí. Se establecía una cercanía desconocida que yo era incapaz de distinguir. Contemplaba mi piano, lo saboreaba a ojos cerrados y manos abiertas. La suculencia del sonido, secuencias pasajeras de memorias ocultas en el sabor informal de una eternidad fugaz: dos cuerpos que en un inicio eran tan ajenos y que de pronto ceden ante la infinidad.

Sentía que justo así, con la tapa descubierta y las teclas desbordándose, mi piano y yo éramos uno: podía ver mi propio ser, el comienzo, el interior, cada fibra y pensamiento, cada memoria en el resonar cadencioso de las cuerdas, el sutil goteo de las horas en su albura. Mi piel, su alma. Se adentraba lento una sensación oblicua, la resonancia latente del misterio se diseminaba como un perfume inexacto por cada resquicio de mi existencia. De cierta manera, me entristecía porque me había enamorado de notas imperfectas, de acordes, arpegios que sonaban mal a muchos oídos y que yo respiraba como armonía. Eso que yo veía como algo bello, lo notaban otros como un error que debía sin duda ser corregido. A oídos de muchos, aquel sonido que para mí era tan sincero sólo contaminaba las melodías con su desafinado decoro, pero yo siempre lo entendí como un lenguaje entre él y yo, una complicidad insondable. Algo secreto: un sonido que era tan nuestro, sólo nuestro.

Es extraño, porque hay veces en las que de pronto siento que ciertos compositores tienen los sonidos exactos que palpitan en ese espacio, como si pudieran expresar con precisión cómo resueno por dentro. Y hay ocaciones en las que ciertas personas tienen esos sonidos, veces en las que puedo identificarlas porque me recuerdan a una determinada combinación, un patrón, un roce frío entre un tono y mi brío. Veces en la que me doy cuenta de cómo es la música, los sonidos, los que le dan una identidad a las personas. Sí, mientras miraba al afinador introducirse a un mundo que solía ser tan íntimo, me di cuenta de que muchas veces me relaciono con las personas o con los lugares por aquello que escucho y cómo esos ecos, desafinados o no, terminan por cautivarme, por enredarme en una mística singular. Un sonido secreto que se distiende. Algo que se fuga. Algo nuestro.

Somos los (des)afinadores de nuestros recuerdos, vida, ensueño.

Una pluma, una pequeña pluma desciende al compás del viento. Resonancias tímidas. Desnudez. Silencio.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.