El acto de plantar memoria: Antonia González Alarcón

entrevista

El acto de plantar memoria: Antonia González Alarcón

Pongo a andar la grabadora. Llevamos más de media hora hablando y nos embarcamos en un segundo intento de hacer una entrevista. Antonia ríe cuando ve su celular y recibe un mensaje de nuestra mamá preguntando si seguimos hablando: “¿hay algo que no sepan ya de la otra?”.

La veo sentada en mi cuarto a través de la videollamada, curiosamente acostumbradas a la distancia. “Aquí hay internet con la puerta abierta”, dice, acomodándose sobre la cama, y me llama la atención que no se haya metido ahí antes a aprovechar ese beneficio. Pero yo tampoco pasé tiempo en su cuarto cuando ella no estaba.

Es extraño escribir de ella con esa distancia, narrándola por su nombre omitiendo el artículo de “la” –que para los chilenos lo precede–, y separando que es mi hermana. Pero responde al punto en el que estamos ahora, convertidas en identidad, en conversación entre un lugar y otro, transformadas en nuestras propias personas.

En un mes abría una exposición en la galería Loot CDMX –ya inaugurada y abierta al público– y los nervios comenzaban a alcanzarla. Durante los dos últimos meses la había escuchado hilar pensamientos y cambiar de idea, dibujando diferentes esquemas en su libreta. Cuando dicen que los artistas trabajan solos, no han conocido a Antonia, que todo en ella es conversación. “¿Qué piensas de este color?”, “¿Qué te parece este texto?”, “Ya sé cómo voy a montar la instalación. En el centro…” Por lo que en mi mente suena una reiteración descuidada preguntarle de qué trata. Pero no se trata de mi mente, sino de la suya, por lo que salimos de mi cabeza.


Amanda: ¿Qué estás haciendo ahora? ¿De qué es tu exposición?

Antonia: Se llama “Donde crecen los claveles” y es una exploración propia en torno al luto y cómo eso se refleja en los actos de resistencia y cómo se lleva a lenguajes íntimos. Tiene que ver con lo actual, no con el pasado, y tiene que ver con la dictadura, y cada vez me he dado cuenta de que se trata más y más sobre un proceso muy humano.

Un proceso muy humano… o sea, ¿pensabas que se trataba de una situación en sí y realmente se trata de un tema que…?

Pensaba eso, que se trataba de la dictadura, y después me di cuenta de que se trata de un proceso muy humano de luto, en el sentido que tiene que ver con la pérdida; no solamente la pérdida de una persona, sino también pérdida de libertad, pérdida de estos espacios que uno piensa que debería poder tener y que por razones políticas no tiene. Tiene que haber un espacio de luto para ese dolor.

¿Cómo ves eso ahora en el contexto actual? En tu contexto, en el mundo, ¿cómo lo sientes? ¿Cómo lo ves presente?

Por eso digo que cada vez se ha vuelto un proceso más humano más que un momento histórico y a un lugar específico y una temporalidad específica. Al final los procesos de pérdida están sucediendo todo el tiempo y la gente no es solo ese momento. La historia sí es solo ese momento, pero la gente no. Quieras o no, muchas veces el dolor sigue de la manera que sea y eso no impide el hecho de que la vida siga. La gente que está en luto también se ríe y también se enamora y también va al cine… pero no significa que no tenga una yaga, la yaga no quedó allá, quedó en todas las personas que vivieron ese momento. Entonces es un poco decir que la historia no está en el pasado. Es mucho más vivencial que solo la declaración de decir “estos momentos son y existen”. Es como el pensar que la memoria está en el pasado, ¿no? La memoria está, para mí, en el presente, y el acto de recordar está totalmente en el presente. Y quizá sí es un poco mirar hacia el pasado porque tenemos que tener alguna manera de [decir] “estas cosas pasaron antes”, pero esa manera de revivirlo está aquí. Entonces siento que es importante darle ese espacio de validez a que estas cosas existen en el ahora. Mucha gente dice “no te puedes quedar en el pasado”, ¿no? Pero no es que estoy en el pasado, estoy aquí y este espacio me duele.


Tú puedes plantar memoria.


¿Cómo está hecha tu exposición?

¿Materialmente?

Sí.

Tiene varias partes. Todo esto es una exploración mía; me es muy importante decir desde el principio que esto es algo que yo he ido explorando. La exposición tiene un entramado entre texto, dibujo, textil e instalación. Una parte es una serie de dibujos en una narración en torno a qué es la memoria, qué es la pérdida y cómo se vive la pérdida de la memoria. Cómo se trata de cerrar esa distancia y decir “estamos aquí y sigo sintiendo la pérdida”. Hay muchas maneras de vivir ese luto. Otra de las piezas principales es un jardín de claveles... y la exposición para mí está compuesta por símbolos. Es muy poética, no quiero estar dando una declaración, sino usarlo para dar espacio a las reflexiones que la gente pueda tener en torno a esto. Si hablo del clavel, la memoria, la historia y la pérdida y ellos entran ahí, tienen ese marco para preguntarse qué pueden experimentar de ello. Un poco jugando con la idea de que los claveles nunca están plantados; la imagen del clavel es siempre cortado. ¿Qué pasa si te enfrentas con un clavel que está en su proceso de crecimiento y le das la oportunidad a alguien de nutrir ese clavel y de interactuar con esa planta?

¿Y cuál es el mensaje que aporta?

Para mí es el acto de dar ese espacio para que la historia sea hoy, en esta idea de que la historia no puede ser en la actualidad, pero sí está siendo todo el tiempo. Las cosas que pasaron definen qué somos y cómo interactuamos, y eso es parte de las personas. Y es darle la vuelta para decir “esta es la historia, y esta es la gente”. Es importante dar el espacio para que las cosas se vuelvan historia, pero también de decir que todas estas personas que la vivieron están aquí. Sobre todo ahora que estuvimos en Chile escuchaba decir “no, es que la gente no puede vivir en el pasado” o “Chile no empezó en el 73”. Es fácil para alguien que no tiene que pasar por un luto. La historia no es solamente un texto, es un entramado de carne, exploraciones, situaciones y afectos. La historia es la generación del Tata (1), tanto como la de la mamá, como nuestra generación. Y seguimos siendo parte de ese proceso. Está bien sentir eso, está bien recordar el luto en este acto muy íntimo, a partir de una flor, que no es violento, no es atacar a nadie. Yo siento que estos procesos tienen que ver con un espacio de autocontrol en el que reconocer es confortar. "Yo reconozco que tienes un dolor": quizá la invitación va por ahí, a aprender a dar ese espacio de reconocimiento al afecto del otro. Entonces quiero que la gente entre y sienta estas cosas que nunca ha sentido, como ver un clavel plantado en un jardín en una galería, y no solo eso, incluso llevarte las semillas a tu casa y asegurar que tú puedes plantar memoria. Tú puedes darle espacio a este proceso que sí se desapega de la historia porque la memoria es afecto y la historia es texto.


@jezeralarcon

"@jezeralarcon: Cuando era niña, los claveles rojos eran flores de tumba, flores de cementerio, ramos que llevábamos para otro compañero caído, desaparecido, muerto. Las pongo en mi casa para no olvidar, para estar cerca de una infancia adolorida, llena de miedo y sabiendo que tuvimos el privilegio de sobrevivir #11deseptiembre #45años #noolvidar"

Publicación de nuestra mamá –a quien le dedica la exposición– del 11 de septiembre del año pasado.


¿Crees que llegarías a estas conclusiones o tendrías estas preguntas si no estuvieras fuera de Chile? ¿Crees que estar y hacer esto desde afuera te da la perspectiva para hacerte estas preguntas?

No sé (ríe). No tengo idea. Sí siento que le da un tono distinto a lo que estoy haciendo, invariablemente afecta. No sé qué está haciendo Antonia de un universo paralelo que se quedó en Chile. Sí creo que la distancia permite que se vean estas cosas, pero lo que más me impresiona es cómo se forma el puente entre que en Chile ese es el pasado y en México es la actualidad, entre los detenidos desaparecidos de ese tiempo y [las] desapariciones aquí todo el tiempo, por la razón que sea. Y también es una ceguera política el pensar que en Chile no, que también pasa, aunque definitivamente mucho menos. Pero supongo que no sé si tendría esta pregunta si estuviera viviendo en Escocia y esto no fuera un problema. Quizá lo vería de otra manera. Al final el acto en sí mismo sigue existiendo.


Todos somos esa gente.


¿Y crees que estar fuera de Chile te da el espacio? ¿Crees que podrías hacer esta exposición o la reformularías?

Creo que la reformularía porque todas las exposiciones responden al contexto en el que están. Pero creo que de todas maneras podría armar esta exposición allá. Tendría otras discusiones, obviamente sí, pero al final tiene que ver con una vivencia muy mía, muy de nuestra familia, y eso existe igual, donde estemos. No sé cómo sería hacerlo allá… (piensa).

... lo estás haciendo aquí.

Sí, no me quedo en los supuestos. Si estuviera allá estaría pensando, ¿dónde es?, ¿qué lugar es?, ¿qué tipo de institución? Incluso me preguntaría los tamaños. Eso pasa invariablemente. Quizá si fuera una exposición en Chile sí la haría en un jardín.

Viniendo de otro lugar y poniéndola en este espacio, ¿qué está despertando? ¿Qué está invitando? La memoria es un concepto que puedes mover, pero, ¿qué cambia entre hacerlo en su lugar nativo y llevarlo y cultivarlo desde otro lugar?

Creo que sería lo mismo. La conclusión es esa, mi pregunta es la misma. Es la misma respuesta de que la historia no es solo historia, la historia es carne, y esa es la razón por la que vas al Museo de la Memoria y la mayoría de la gente son extranjeros. Por la misma razón que el Tata me dijo “yo fui una vez y creo que nunca voy a volver”. Porque son ellos. Son personas. Es decir “esta es gente”. Lo que más me choca cuando la gente habla de la dictadura es hablar como si ahí no hubiera gente. La gente que vivió eso está ahí, y está en nosotras también porque vivimos todas las consecuencias de esto. Todos somos esa gente.

¿No sientes que esta exposición es una invitación en México a decir “esto es gente en este presente”?

Totalmente. Siento que en todos los procesos históricos se deja a la gente de lado. En el estudio, sobre todo. Es lo que pasó con Ayotzinapa, buscando a los estudiantes encontraron una fosa, pero no eran ellos, y todos siguieron, pero, ¿y esa gente? Encontraron a 200 personas que estaban en las fosas pero no eran los normalistas, entonces fin, hay que seguir buscando. Estamos insensibilizados por estos procesos de estadística y de historia. Hasta cierto punto, siento que este ha sido un tema para mí siempre, como este cuento que escribí de la segunda guerra mundial (2). Las guerras mundiales deben ser los sucesos históricos más estudiados después de la Biblia. Es como el Holocausto, que quizá es más cercano porque hubo tanta migración que quedó en tantas partes y lo conoces y convives con aquellos que lo heredaron. Y de repente piensas en que “la trinchera avanzó o se retrasó cinco metros”, pero no avanza sola, es toda esta gente que estaba en la trinchera tratando de avanzar. Hay demasiadas películas al respecto y hay tanto contenido a partir de eso que es fácil pensar que es solo una ficción. Los procesos actuales se convierten en eso mucho más rápido porque hay tantos artículos, estadísticas, infografías, o una exposición sobre los 43 un año después de que pasó: no pasó nada de tiempo en lo que se hizo historia.

En lo que se volvió un dato.

Sí, tan rápido se volvió un dato, y no, esto es gente.


alt En los 80, diferentes organizaciones convocaron a una manifestación en contra de la dictadura el 8 de marzo, día de la mujer. En el centro de la imagen, nuestra abuela en 1986.


Y tu exposición tiene una función activa de darle vida a ese dato, ¿no?

No tanto darle vida al dato como darle vida a esa emocionalidad. Decir que todas las personas que han pasado por estos procesos sienten cosas respecto a esos hechos porque lo vivieron, de la manera que sea. La vulneración del humano todavía está pasando. Y desde un lugar que no es atacar, yo no quiero atacar a nadie. En esa manifestación, las mujeres estaban regalando claveles en la calle con una tarjetita que decía "únete", "sé parte". La gente recibía los claveles, y cuando se daba cuenta de lo que eran, los devolvían. Y pienso en mi mamá en este acto de reconfortarse a sí misma. Esto es un proceso de reconfortarse constantemente y homenajear. Homenajear a la gente que está tratando de sanar.


Le doy las gracias. Me doy cuenta de la diferencia de conocer la creación de alguien observando activamente su proceso y el preguntar. Ella mira a otro lado, ríe con los ojos brillantes y comenta, "no voy a llorar porque después tengo que hablar de esto y no voy a llorar".



Visita Donde crecen los claveles
Hasta el 22 de mayo en Loot CDMX
Guanajuato 227, colonia Roma, Ciudad de México.
L-V de 9 a 18 hrs.
Entrada libre.

Conoce el trabajo de Antonia González Alarcón en su página web y su instagram.

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(1) En Chile llamamos "Tata" al abuelo. En este caso, el materno. (2) Una vez ganó un concurso de cuentos en inglés en el colegio y el suyo trataba de un soldado en una trinchera.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 22 años. Instagram: @amandinalaandina.