Editorial: junio 2017, vulnerabilidad

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Editorial: junio 2017, vulnerabilidad

Con la llegada de junio introducimos en Las Paltas un tema que venimos discutiendo desde hace un buen tiempo: la vulnerabilidad.

La palabra vulnerabilidad proviene del adjetivo “vulnerable” y la RAE lo define como algo que puede ser herido o lesionado, tanto física como moralmente. Personalmente, creo que la vulnerabilidad no se limita a esta dualidad que indica la RAE; uno es susceptible de ser herido en un plano no sólo físico o moral, sino también espiritual, psicológico, emocional, etc. Esto inmediatamente indica que el acto de ser vulnerable comprende un amplio espectro de posibilidades y sutilezas que hacen del fenómeno algo tremendamente valioso. No obstante, frecuentemente asociamos el concepto con nociones de debilidad, pudor, desequilibrio y desventaja. Pareciese ser que el inconsciente colectivo concibe la vulnerabilidad como algo inherentemente negativo que debe ser evitado a toda costa. En consecuencia, al vivir inmersos en una cultura de difusión global e instantánea, hemos hecho de la pretensión una disciplina artística. Hemos perfeccionado de la misma manera que los maestros renacentistas perfeccionaron la proporcionalidad humana el perverso arte de ser una fantasía; perfeccionado, más no creado. Pues, devendríamos en una hipocresía si pretendemos ignorar la trayectoria histórica conformada por cosmética tóxica, vestimenta arquitectónica y microcosmos bucólicos de la aristocracia. Al fin y al cabo, nosotros arrastramos aquellos esqueletos que dejaron nuestros antepasados.

No obstante, nuestra gran innovación yace en la difusión, en la accesibilidad, en la instantaneidad de una fantasía con pretensiones de realidad. Detrás de la espontaneidad yacen docenas de tomas descartadas. Nuestra identidad social se conforma por borradores y ensayos que devienen en una perfecta imperfección. Incluso pretender que no intentamos proyectar una fantasía es una fantasía en sí misma: vamos por nuestras vidas pretendiendo que no somos vistos, que nuestra cotidianeidad existe paralela e independientemente de la cultura de vigilancia, que podemos lavarnos las manos y cepillarnos el cabello inconscientes de aquel observador ubicuo que mira a través del cerrojo en la puerta de nuestra propia mente. Ponemos en escena nuestra mundanidad ante una audiencia conformada por nosotros mismos. Es decir, somos nuestro propio voyeur.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿quién alguna vez ha logrado, por amor al decoro o por devoción a un culto estético, desacelerar el palpitar de un corazón, contraer la dilatación de una pupila o disminuir el rubor de una mejilla?

Es en nuestras imperfecciones que encontramos comunión con el prójimo. Esto es de vital importancia. No obstante, insistimos en practicar el arte de la pretensión, en otorgarle la ilusión de verdad a nuestras mentiras. Pues, decir nuestras verdades nos avergüenza; encontrarlas y comunicarlas empequeñece algo que era previamente infinito. No tememos a la verdad en sí, sino que tememos nuestra propia fragilidad. En consecuencia, constantemente orquestamos un baile de máscaras sin percatarnos de que el corazón se torna brutal cuando se alimenta de fantasías.

Es de este modo que al esconder nuestras verdades, nuestra vulnerabilidad, escondemos nuestra humanidad.

Kennya Mena

Kennya Mena

Kennya. INTP. Estudiante de derecho. Nouveau tumblr beatnik