Editorial febrero 2019: Caída libre

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Editorial febrero 2019: Caída libre

Si pienso en el cambio climático, siempre vuelvo a la misma imagen: la alfombra sobre el piso del gimnasio de mi colegio y mis piernas dormidas, haciendo trencitas en el pelo de alguna amiga sentada al frente mío. Nos hablaban personas de Eucerin, el protector solar. Decían que no olvidáramos ponernos bloqueador al salir al sol, que hay un agujero en la capa de ozono y en Chile éramos más vulnerables. También que los aerosoles eran malos, que evitáramos usarlos. Así que lección: bloqueador solar en crema.

Años después comenté lo del agujero en la capa de ozono en México, y había gente que no sabía que existía. Lo primero que pensé fue cómo algo tan elemental no era sabido por todos, algo casi omnipresente. Pero ellos no habían crecido con un agujero al espacio cernido sobre sus cabezas*.

Una vez soñé que flotaba fuera de la tierra. No sé si fue una mezcla de la lectura asignada de la época, La cama mágica de Bartolo, en que Bartolo viaja sobre su cama cual alfombra mágica cuando se va a dormir, y la noción terrible del hoyo sobre la Tierra. Tampoco sabía cómo se veía ni cómo imaginarlo, aunque siempre lo he pensado morado, por alguna razón. Y flotaba afuera, a la deriva.

Me siento en caída libre. Sueño con ir a los campos de hielo en la Patagonia chilena por pensar que un día no se podrá caminar sobre ellos, se desharán. Las conversaciones sobre las diferencias culturales rápidamente se tornan en una comparación sobre las crisis políticas, económicas y sociales de nuestros países, y de quién entiende más el concepto de corrupción por cuánto y cómo la ha visto. No sabemos a dónde apuntar, nos partimos entre el querer partir a un lugar que nos asegure una mejor calidad de vida y quedarnos de donde somos para armarla. Y todo cayendo, pasando alrededor en un frenesí de información que no sabemos distinguir por la velocidad con la que quedó atrás.

Siento que voy en caída libre en un mundo sin interés de encontrar cómo agarrarme, pero tampoco alcanzo a distinguir el punto de aterrizaje, un madrazo monumental, la salida estruendosa para irse a negro. O a flotar hacia afuera del planeta, donde todo se detiene porque los lugares ya no se desplazan. Una suerte de desaceleramiento.

Aquel día, cuando comenté el agujero en México, me pregunté si quizá lo había inventado, junto a tantos otros recuerdos infantiles que no puedo corroborar pero flotan por mi imaginario de cualquier manera. Así que lo busqué.

"¡El hoyo en la capa de ozono se está cerrando!"**, me sorprende el titular. El caer se desacelera, el descenso aminora, las imágenes alrededor dejan de ser manchas.

¿Será tonto tener esperanza como la capa de ozono? ¿Será tonto creer que la caída es parte de todo, y que solo puede pasar que siga cayendo?


*Cabe aclarar: el agujero está sobre la Antártica, no Chile, pero hace al cono sur particularmente vulnerable.

**Aunque se debilita.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.