Dos letras apartadas

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Dos letras apartadas

Ayer me escribió. Después de que anduviera escuchando su lista de reproducción de música latina, recibí un mensaje de ella recordando cómo nos gustaba bailar.

Es mi Choffa, con dos “efes”, porque por un tiempo los demás la llamaron “Chofa” también, pero solo con una. Ahora nadie la llama así. Con el tiempo, se distanció de ese nombre, pero entre nosotras lo conservamos, y con dos “efes”, además, como ella me llama Manddi con dos “des”. Y no podríamos diferenciarlo si no fuera porque donde más podemos hablar es por escrito.

Respondí su primer mensaje por cortesía, por lo mismo que ella me lo envió. Íbamos a ser compañeras de curso por primera vez, después de años de respetar la tradición de odiar a las de salones opuestos. Unos días después, antes de volver a clases, me la encontré paseando cerca de un café. La vi de lejos y me escondí en un arbusto para no tener que sufrir la incomodidad social de saludarla. Pero después de un torrente de alumnas ingresando a nuestra generación, nos revolvieron y quedamos en el mismo lugar, con la misma amiga en común, al mismo tiempo después de clase. Tuvimos que convivir. No habían arbustos en el salón.

Evolucionamos. El espacio compartido nos obligó a encontrarnos. Las tardes se movieron a sentarnos juntas en clase –con guerras de goma y letra cada vez más parecida a la de la otra–, del patio a conversaciones tardías por Messenger. Unos meses después, nos llamamos mejores amigas y nos escribimos largos mensajes en nuestras biografías de Facebook. Otros más tarde, le di la noticia: me iba a vivir a otro lugar.

Nos dijeron que hoy las distancias son más cortas. Siguieron las llamadas por Skype y capturas de pantallas con nuestras caras somnolientas por el cambio de hora. Luego comenzó el colegio aquí y allá, y la vida comenzó a tomar ritmo nuevamente. El tiempo que usaban nuestras eternas llamadas fue tomado por otros espacios. Nos seguimos escribiendo. A mí me dio por ser ultra-correcta con mi ortografía y gramática, y ella siguió escribiéndome “oli” sin hache con su ligereza risueña. Nos cortamos el pelo. Cambiamos de amigos, cambió nuestra letra; crecimos.

Las conversaciones dejaron de ser instantáneas y se volvieron cada vez más distantes una de la otra. Recurrimos a cartas que no han pasado jamás por otro buzón más que el virtual. Allí nos sentamos a leerlas, en un espacio en que no está la otra pero su voz sigue sonando en mi cabeza. Y después de un rato, siento que estuve con ella.

Pienso de nuevo en todo eso cuando, cada año, me bajo del metro, cruzo el río, doblo en su calle, llego a su reja y toco el timbre. Se abre la puerta y sale corriendo la Emmy –bendita perrita que no me olvida–, y detrás, sale ella también, mi Choffa. Camina pasiva, abre el cerrojo con paciencia y me abraza con su usual “holi”, como si no hubiese pasado el tiempo, como si nuestros mensajes no se perdieran a veces en el tránsito del ciberespacio, como si la hubiese visto ayer y la fuese a ver mañana.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.