Dormitar

No ficción

Dormitar

Últimamente no duermo tan bien. En estas dos semanas que pasaron he tenido episodios semi-febriles de duermevela (semi por la manifiesta falta de fiebre) en lo que creo que mi destino está sellado por el coronavirus, cuando en conciencia tengo presente que si me diera, tampoco sería grave. Pero puede ser que algo que siempre estuvo se hace presente, y es que he sufrido los espacios antes de caer dormida de forma continua. Tan solo ahora se hacen evidentes.

Hace unas noches me preocupé por mi garganta carraspeada y medité sobre mis pulmones: ¿estaba respirando normalmente? ¿Quizá vivo falta de aire? Evalué el frío que sentía dentro de la cama más allá del hecho de que aún es invierno, y creo que tan solo después de unas horas de aceptar que me llevaría la infame neumonía de Wuhan –que solo habla del dramatismo alrededor de la gripe–, me acordé de que me había quemado la garganta con sopa caliente. No carraspeo. Respiro normalmente. No estornudo. Duermo.

En mi sueño, estoy en un asado familiar en alguna azotea. El sol da de lleno sobre nosotros y todos se ven bastante alegres, pasándose jugos de frambuesa en vasos decorados de vidrios con flores. No hay parrilla, solo montones de carbón ardiente debajo de grandes rejillas de hierro, unas cinco o siete, y sobre ellas, se extienden montones de carne. Solo hay una vacía. Ahí estoy yo.

Hay papas y cebollas debajo de un mesón cercano. Por alguna razón, está al paso de una escalera, como un descanso techado que sube hacia la azotea, y yo me siento en un escalón, mirando las papas resguardadas bajo el mesón, la carne apilada encima y las brasas al descubierto. Pienso en el dulzor que ganan las papas y las cebollas al asarse. Pienso en ponerlas. Pienso que seguramente apartaron el lugar para los cortes de carne que esperan su turno a un lado, pero no entiendo por qué no las ponen a asar, o por qué hay tantas parrillas.

Se me acerca mi abuelo y me pregunta qué me falta. Señalo una papa y una cebolla, y él pone cuatro de una y dos de otras. Las miro arrugarse y ennegrecer. Las servimos. Comemos todos. Es 21 de diciembre, dos días pasado mi cumpleaños. Me cantan. Tomo jugo de frambuesa, ácido y dulce, como las papas, pero de otra forma.

Despierto y no morí de coronavirus. Me río un poco, porque cuando se enciende el raciocinio, no hace sentido. Pero últimamente me pasa más que temo ese espacio de duermevela que, si bien siempre ha parecido atormentarme, nunca lo había tenido tenido tan presente como ahora.

Me suele pasar. Repetidas veces al mes siento que me falta aire, que me duele un miembro, que sonrío y levanto los brazos para revisar que no me esté dando un paro cardíaco, que son más difíciles de identificar en mujeres y siempre olvido el tercer paso de la prueba. Sonreír, levantar los brazos por arriba del hombro y algo más. Y ese algo más me deja inquieta, pensando que por un tercio de probabilidad perdida quizá cierro los ojos y no los abro más. Pero todas las veces me entrego. Y al día siguiente despierto, sorprendida de amanecer. Tantas veces me he entregado a la muerte.

No es un miedo presente. De hecho, tampoco lo consideraba un miedo hasta hace dos noches que lo conversé con una amiga y me hizo notar que probablemente tenía un terror latente a la muerte. Si dices que desde pequeña pensabas que la muerte pasaba fuera de tu cuarto a las 12 de la noche y apagabas la luz, o que acostabas a tus peluches para que no te asesinaran mientras dormías por echarlos de la cama, debes de tenerlo, me dijo. Y sí, la escena que más me ha perseguido del Señor de los Anillos en que apuñalan camas que pensaban llenas en medio de la noche.

Algo que sí he notado es que acompañada duermo en calma. Si comparto cama con alguien, plancho. Si mi mamá me toma la mano, voy directo al sueño. Parece ser que hay algo en su entrega que me infunde calma. Si no temen ellos, no debo de temer yo, pienso, supongo. Y caigo rendida.

Pero paso la mayoría de mis noches sola. Ahora que la duermevela me atosiga de manera más consciente, me pregunto qué puedo hacer para aligerarla. Tomar menos cafeína. Bajarle al azúcar. Apagar las pantallas más temprano. Tomar melatonina.

O agarrar la nueva costumbre. Como lo hacía antes. Saber que de todas las veces que me he rendido a la muerte, he aparecido en el día, entera, completa, viva.


Pavor nocturnus

alt La imagen que me apareció al buscarlo / o yo cuando me entrego a morir

Episodios de gritos, miedo intenso y agitación del cuerpo mientras todavía duermes. (...) Los terrores del sueño se consideran una "parasomnia"; es decir, una experiencia no deseada durante el sueño. Un episodio de terror nocturno puede durar desde varios segundos hasta unos pocos minutos, pero también puede extenderse más tiempo.

Causas:(...) existen varios factores que pueden contribuir a los terrores nocturnos, por ejemplo:

  • privación del sueño y cansancio extremo
  • estrés
  • interrupciones en el horario para dormir, viajes o interrupciones del sueño
  • fiebre

A veces, pueden desencadenarse por afecciones no diagnosticadas que interfieren en el sueño, entre ellas:

  • respiración asociada a trastornos del sueño
  • síndrome de piernas inquietas
  • algunos medicamentos
  • trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad
  • consumo de alcohol

Factores de riesgo:
Más frecuentes si se tienen familiares con antecedentes de haberlos tenido o sonambulismo.
Más frecuentes en mujeres. (Siempre)

De acuerdo a Mayo Clinic.


En su newsletter, Little Brown Mushroom, Alec Soth indagó en un proyecto sobre creatividad que pudiese ser escuchado al quedarse dormido. Compartió el resultado aquí, en conversación con Matt Olson, entre susurros que simularan ASMR.

Para que la ansiedad creativa no trague antes de dormir.


Rendición no. 1

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.