Dolor de segunda mano

vulnerabilidadNo ficcióncrítica

Dolor de segunda mano

“Si no se han enamorado antes de los 20 años, se perdieron de lo mejor”, ese amor que te atraganta y hace que el corazón te lata a mil por hora y no sabes qué está pasando, pero se siente, se siente, se siente. Ese amor, ese que hace que la brújula dé vueltas y se le pierda el norte, porque algo empezó a ser más magnético que la Tierra.

Ese amor, enamorarse antes de los 20 años.

Ese amor, ese amor no he sentido. Y tengo 20 años. Y sí, no me ha pasado que alguien revuelva mis órganos que tienen su lugar cada uno en mi cavidad abdominal y me hacen pensar en una lata de sardinas. O que se descoordine mi diafragma y me dé hipo, esa reacción chistosa/tortuosa.

Así declara un maestro en una clase, y un amigo me mira porque sabe que no me he enamorado. Le parece chistoso. Le parece curioso. Le parece imposible. Y al resto le parece aun más sospechoso el que no me cause ese anhelo que la experiencia humana promete.

Pero nada de eso me para de coleccionar frases, libros, poemas, canciones, películas que hablan de eso, y de que beba las palabras. Puedo entrar en ciclos de leer y leer todas las oraciones que han escrito miles de manos intentando captar esta sensación, generando un agujero en mi pecho en el que hundo la cabeza hasta lo más profundo. Vivo de manera vicaria la experiencia de los demás, en una suerte de dolor de segunda mano. No es mío, no me pertenece, mis canciones favoritas no tienen que ver con mi historia, pero por alguna razón caben en un puzzle subcutáneo.

Y quizá no lo he sentido porque me resguardo demasiado, como topo en su agujero, pero lo mismo hace que choque constantemente con las paredes de los túneles que dejaron los demás. Algunos dijeron que el amor era calma, y les creo. Puede ser que me aterre el desatarme y dejarme ir, pero tampoco me agrada la idea de todo atado y asegurado. Las cuerdas tienden a ahogarme. No quise sumergirme en algo frenético y sofocante, pero tampoco quise amarrarme de manera cómoda y encontrar atajos. Ni uno ni el otro, y puede ser que pida mucho, pero pedir calma no me parece insensato.

Y quizá no me he enamorado de esa forma, pero no significa que no ame, ame, ame. A veces miro a mis mejores amigos y su existencia se me hace algo sobrenatural, y cada parte de ellos es hermosa. Sus manos, su cara, su pelo, sus ojos, su alma.

En mi colección de tesoros, llevo una frase conmigo:

“Am I in love? Absolutely. I’m in love with ancient philosophers, foreign painters, classic authors, and musicians who have died long ago. I’m a passionate lover. I fawn over these people. I have given them my heart and my soul.”

Y como dice bell hooks, estamos demasiado obsesionados con la idea de encontrar el “amor”. Así, como sustantivo, como sujeto, como cosa. Pero se nos olvidó otra dimensión de la palabra. Se nos olvidó amar, así, como verbo. Una libreta con tres años se esconde en mi pieza, y una de las páginas reza

Probablemente no soy lo que estás buscando y ni siquiera te amo,
pero si necesitas calor,
te daré mis manos.

Quizá un día me enamore, pero no tengo apuro. Puede ser que, cuando ese día llegue, tocar estas citas y canciones queme en lugar de poder engullirlas, porque serán tangibles y ya no un mundo alterno. Mientras, en una mano llevo a todas las obras que me permitieron acceder allí, a aquella lata de sardinas rebeldes y revueltas, y en la otra llevo mi corazón, ahí, listo para amar a quien esté cerca.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.