Doble

De pequeña guardaba silencio en el salón de clase, ni una sola palabra desde mi banca –ubicada usualmente junto a la pared (esta tendencia de los introvertidos de arraigarnos a los bordes)–, siempre mirando por la ventana. Corte al recreo, me encontraban bailando sobre una mesa. Esas eran dos Amandas; y aun así, siempre me quedé con la idea de "tímida", etiqueta que aún muchas veces llevo, incluso después de conversarle al hombre que atiende la caja en una cafetería, diciéndole que qué bonito acento tiene y que no había escuchado el de la costa. Y qué bonita la nueva mercancía, se pasó, quiero todo. La primera vez que entré aquí fue por la imagen de los ojitos en todas partes y el decorado de los vasos. Él solo me mira, pues hablo tanto; sin embargo, otros dirían que no hablo nada.

Hace poco, mi hermana encontró videos de algunas cámaras viejitas. “Amanda, debiste ser bloguera”, dice mientras reproduce un video donde solamente se ve la cocina y de repente aparezco desde abajo del cuadro. “No sé cómo hacer mi tarea de Ciencias Sociales”, digo, y comienzo a caminar de un lado a otro, simulando pensar. Eso, por mucho rato. Y de repente me acuerdo de todos los videos que solía hacer, las historias que intentaba montar, las obras de teatro que inventaba y los bailes que coreografeaba. Todas esas puestas en escena, contra el día en que participé en el concurso de declamación de la escuela y, parada al frente, me quedé muda. Tan pintamono cuando quería, ahí estaba congelada frente a la audiencia.

Ahora me confundo, dado que coleccioné ciertas etiquetas: “tímida”, “taciturna”, “seria”. Las llevé muy cerca de mí, bordadas como tarjeta de presentación –más me hubiera gustado que fuera así, de manera en que supieran que era tímida de antemano y no tuviese que aclarárselo con palabras–. Considero mi voz recurrente como el resultado de una larga evolución, pero solamente basta mirar que leía extractos de la Biblia en misas matutinas para entender que, realmente, siempre me gustó hablar en público dado que ni iba a clases de religión por no ser creyente, así que lo mío era de puro amor al espectáculo clerical. Un día se dibujó en mi rostro un gran signo de interrogación cuando me dijeron que no era alta: hasta lo físico es móvil, resulta ser.

Si pongo todo esto en el suelo y lo miro con distancia, veo todo doble. No son excluyentes, tanto como a veces no logro ubicar la respuesta emocional que debo tener a ciertas situaciones, lo cual lleva a comentarios como “Esperen, ¿qué tengo que estar sintiendo?”, tanto como el otro día me puse a llorar porque un camión se paró de cierta manera que una ambulancia pudiese pasar. Cualquiera diría que soy tremendamente emocional por lo segundo; y sí, lo soy, pero no lloro en general, lo que podría significar que soy de piedra. Y puede ser que sea ambos.

Leemos la personalidad propia y de los demás como si se tratasen de constantes únicas, y no caleidoscopios que siempre cambian de forma. Criticamos a aquellos que nos parecen camaleónicos por ser doble cara: una para unos, otra para otros, sin darnos cuenta de que realmente tienen muchas más. Porque somos incluso más que dobles, sino triples, cuádruples, cuantos se quieran denominar. Somos expansivos, reductivos, mutables, migrables, seres en tránsito que cambian de color dependiendo del contexto. Y no creo que eso deba ser algo reprochable, sino todo lo contrario: así podemos teñirnos de distintos tonos, generando diferentes lenguajes. Así podemos entendernos.

Le diría a aquella niña confundida después de que la espiaran bailando sobre la mesa en el recreo. Ese día descubrieron que no solamente me dedicaba a leer libros, dibujar y mirar por la ventana, también me gustaba cantar Kudai. Le haría saber que no era una, sino ambas, y probablemente muchas más. Que era doble, como lo soy ahora, como puedo llegar y hacer chistes sobre cada tema, como me puedo quedar sin palabras.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.