Disfruta la fruta

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Disfruta la fruta

Amanda me contagió su pensamiento de nuevo y ahora también pienso en la muerte. “¿Y cuándo vuelves?”, le preguntan a mi abuela. “El año que viene, si es que sigo viva”, contesta. Le digo, medio en shock, que es una gafa, que está saludable y obviamente va a seguir viva. “Yo sólo sigo viva porque no le tengo miedo a la muerte”, dice. Que ha conocido a gente que teme a la muerte, y suelen morirse más jóvenes. Nos cuenta de la mamá de un amigo suyo, que estaba bien, saludable, y un día la atropellaron cruzando la calle. Que uno nunca sabe. Bromeamos de su edad recién cumplida. 88 años, el doble infinito. Dice: “morirse es como pasar de una habitación a otra, solo que nadie sabe qué hay en la otra habitación”. “¿Has visto a alguien morir?” le preguntan. “Uff”, dice ella. Por trabajar en el Centro Médico y también porque la llamaban para confirmar muertes, le ha tocado ver a múltiples personas morir. Como ese vecino de enfrente, que una vez estaba en su cocina y sólo cayó. “Yo nunca he visto a un muerto”, le digo. “Ah, pero es distinto ver a un muerto que a alguien morir”. “Hay gente”, dijo, “que puede ver el alma yéndose al otro lado”. Ella nunca lo ha visto. Cree en la energía humana, y que tiene que ir para alguna parte una vez que deja el cuerpo. Le pregunto si ya decidió qué hacerle a Ricardo. Mi hermano no cree en la vida después de la muerte, entonces mi abuela dijo que cuando muriera, iba a mandarle una señal. “Le voy a jalar el dedo gordo del pie”, nos cuenta, mientras le da otro sorbo a su copa de vino que compró para brindar por su cumpleaños.

Estoy viendo a Nietzsche en clase de argumentación. Según lo que entendí de la interpretación en clase, esta vida es la única certeza que hay y cada quien construye su propia realidad. Entonces hay que aprovechar bien cada día porque es lo único que tenemos. Dijo el profesor que hay que atravesar el nihilismo para llegar a una especie de vitalismo radical.

Ayer, en clase de lecturas históricas, la profesora nos preguntó qué nos motiva ir a clases todos los días. Luego de algunas respuestas vagas, Amanda dio en el clavo, como es usual. Seguramente no lo podré traducir bien, pero habló de como cada semestre se siente con la emoción parecida a su primer día de clases de secundaria. Que se esmera por elegir y llegar a los profesores a los que quiere llegar, y que cuando está ahí hace su esfuerzo para que ellos sepan que ella quiere estarlo, porque necesitan saberlo. Los profesores necesitan saber que lo que están haciendo está rindiendo alguna clase de fruto, deben tener una prueba que confirme sus esperanzas. Sin eso, no tendrían razones suficientes para ir y dar lo que necesitan dar y ayudar e inspirar a los alumnos con diferentes herramientas. Para enseñar. Y si no tienen eso, no pueden dar lo que queremos obtener. La profesora contestó que sí, que antes ella pensaba que la razón por que iba a dar clases era porque le gustaba, pero se dio cuenta luego que era mucho más que eso. Dijo: “la docencia nunca es egoísta”. Nos contó que anteayer (en ese momento “ayer”), cuando hubo un accidente de un tráiler cerca de la universidad, nuestras caras pasaron por su mente. Que temía que entre los muertos estuviéramos nosotros. Que le importamos. Que así es la vida, un día estás y otro no. Que entendiéramos realmente por qué estábamos donde estábamos, y aprovechamos cada momento, porque no iba a regresar.

Y Amanda me contó que le contó a su madre del accidente, y su madre le escribió luego “qué bueno que bajaste temprano”, porque aunque ya la había visto y había estado al lado de ella, cualquier día podía suceder. Cualquier día bastaba para que ya no estuviera.

Lo escuchamos a cada rato: la vida es corta, yolo, carpe diem, etc. Muchas maneras de decirlo, pero es algo que decidimos ignorar. Pronto se vuelve otro slogan de marketing y olvidamos que es real, hasta que algo nos lo recuerda.

Los muertos viven en nuestros recuerdos, pero no es lo mismo. No es la vida. Y eso se va sin avisar.

El título es una frase que siempre repite Rafael Ignacio Vela Hernández, y la imagen es de la talentosísima Antonia González Alarcón