Dientes

Es idiota aquel que no entiende Que la sonrisa es mera artificial
Tras haber encontrado la olla de un duende
Gastarás cada metal por ser superficial
- Mi dentista que se cree poeta, 2014

Odio el zumbido de ese taladro. Odio aún más cuando mi baba se mezcla con el agua y salpica en toda mi cara. A él no le importa ¿saben? Cobra por perforar mis nervios y dizque limpiar mi boca. En fin, ese día era particular. Me arrancarían las varillas que me quitaban el privilegio de comer varias delicias como las manzanas, los cacahuates con tres pesos de salsa del centro histórico o las zanahorias crudas que robaba del supermercado. Amo mis dientes por una simple y sencilla razón, me permiten comer.

– Ya puedes pasar papito –me dijo la recepcionista con aquella voz que siempre me recuerda a Barry White.

– ¿Nunca has pensado en cantar?- Le pregunté mientras me saludaba de beso.

– Nomás en el karaoke.

– Y en tu horas libres ¿no? Desde hace dos años, siempre me toca escucharte.

– ¡Ya pásale y deja de molestarme!

Ella me cae bien, es la única sensata en ese lugar y es fascinante cuando sonríe. No porque tenga un gesto que enamore, sino por el brillo que sale de su colmillo.

Verás, su diente es de oro. Esa historia me la contó cuando esperaba a que me hicieran una endodoncia. Ella es de Acapulco y antes de venir a “la gran ciudad”, trabajaba dando servicio a la habitación en el Boca Chica. Sus días no eran nada excepcionales, lo que quiero decir es que nunca pudo imaginar que un grupito de extranjeros, en pleno spring break, fueran los responsables de su apariencia de proxeneta. Dos güeros de ojos color verde gargajo, lanzaban dentro de una piscina a cualquier persona que se les pusiera en frente.

Ella tuvo la misma suerte cuando terminaba de asear una habitación y cruzaba la alberca para comenzar con otro edificio del hotel. Sin previo aviso, uno tomó sus piernas, otro sus brazos, y justo en el momento en que la balancearon para tirarla al agua, se resbalaron debido al charco producido por las salpicadas anteriores. Su boca cayó al filo del estanque, luego ella por completo, y los güeros ( así es como ella los llama), sólo se golpearon contra el suelo. Cuando ella saca la cabeza del agua, su boca estaba tan hinchada y alargada como el hocico de un caballo. Además de que seis dientes flotaban, formando una circunferencia alrededor de ella manchada de sangre. Por supuesto que los demandó y no duden que aquellos pubertos pagaron por cada segundo de su dolor. Además era empleada del hotel y tiene cierto tipo de privilegios si de sacarle dinero a extranjeros se trata. Lo interesante fue el día en que le hicieron la reconstrucción dental. Preguntó si era posible tener un diente con funda de oro y los demás con prótesis normales.

–Por supuesto que sí, nadie los pide. Te faltan los seis de arriba, así que la chapa te la pongo en uno de los extremos –respondió con felicidad el dentista.

Tuvo una razón ejemplar para pedir ese colmillo dorado y es que le recuerda a los güeros, no por amor sino por odio. Me explicó que los tritura simbólicamente. Cada vez que come algo, le agrada pensar que sus agresores son machacados. Y ni qué decir sobre lo que pasa con la comida cuando va al baño.

–¿Todo bien?

–Todo perfecto, esta es mi última vez con usted.

–Tranquilo, los brackets son la cosa más sencilla de quitar.

–Lo sé, en realidad me alegra no regresar después de esto.

–Te equivocas, si te salen las muelas del juicio se te enchueca todo- me dijo mientras me recostaba en el sillón y me ponía un babero.

Lo que realmente importaba es que era mi última vez. Mi última vez mirando al techo durante horas y deseando ocupar mi tiempo en otra cosa.

–¿Has leído los veinte poemas de amor y una canción desesperada?

–No, siempre me los recomienda y no logro…

–En su llama mortal la luz te envuelve, absorta, pálida doliente, así situada… –recitó con alegría, interrumpiéndome, mirando al horizonte y lanzándome la lámpara hacia mis ojos, mi nariz, mi rostro, luego a mi boca.

Si ese doctor no tuviera los diplomas colgados en su consultorio, dudaría de su profesionalismo. La verdad es que es un tipo muy peculiar, por no decir raro. Lo único que me molestaba era que siempre recomienda a Neruda. Dejó de recitar y empezó a tararear quién sabe qué cosa. Se plantó a un lado de mí y repentinamente calló para darle seriedad al asunto.

–Muy bien, te los voy a quitar uno por uno, no vamos a tardar tanto ésta vez –explicó, colocándose sus guantes.

Comenzó por quitarme las pequeñas ligas de metal que formaban una carretera en mi boca, y ahora sí, venía la parte difícil. Tronó el primer bracket y este salió disparado hacia las gafas del dentista, luego rebotó en uno de los muros del consultorio y cayó en el bote de basura.

–Parece que la bestia ya quería salir –susurró, acomodando sus guantes más arriba de su muñeca.

Despedazó el segundo y esta vez, salió hacia el techo como proyectil atravesando todo a su paso. Les explico la razón por la que me pusieron estos fierros. Mi madre dice que fue para tener la sonrisa perfecta, pero esto era el pretexto perfecto para que dejara de tragar. Era una pequeña bestia que a los 8 años, tenía galletas en cada mano y mis bolsillos. De hecho le hice compartimientos secretos a los muebles para esconder comida. Mi mamá optó por el deporte y los cursos de verano, tal vez por esto nunca subí de peso, pero mi apetito crecía en cada entrenamiento. Les dije que me gustan mis dientes porque me permiten comer…

Ahora, ¿se acuerdan de lo que le pedían a los reyes magos? Pues en mi caso eran donas y uno que otro juguete. Nunca experimenté la emoción de presumir mis cachivaches a mis hermanos, primos o amigos. Más bien, les compartía de mis golosinas. La verdad es que fui un niño solitario y tal vez, mis dientes eran los único que me acompañaban a llenar mis propios huecos. Lo que sí es verdad es que cuando me enteré de que mis primeros dientes eran de leche, moví aquel que ya sentía flojo para ponerlo en la licuadora y hacerme una malteada. Desafortunadamente nunca lo logré, la supervisión de mi madre no era cualquier cosa.

–Listo, perdona la tardanza. Tuve que disculparme con un paciente al que le cayó otro de tus brackets. La verdad es que son más salvajes de lo que esperaba. –Pues claro, encerrar a la bestia sólo hace que se enfurezca –dije dentro de mi mente como si el dentista fuera el villano de mí película. –Muy bien, tienes unas pequeñas manchas en tus dientes, no serán problema –explicó mientras me llenaba la boca de agua.

Claro que eran un problema y es que el doctor no lo sabe, pero mis dientes estaban enlodados por la maldiciones que salían de mi boca. No hubo mayor enojo para mí cuando al tomar una manzana, recordé que el poeta me lo había prohibido. De aquí viene mi vulgaridad, ya que es imposible expresarme sin utilizar groserías. Para mí son una delicia aunque en esta ocasión, me he limitado. Y es que estos metales no fueron otra cosa más que una celda, en la que debía estar por “por mi propio bien”. Ahora entiendo cuando a los perros les ponen el cono para no rascarse. La verdad es que nunca fui un niño problema. Jamás llamaron a mis padres porque me haya peleado con alguien, no obstante, fui castigado con barreras en mi boca. ¿Acaso era psicológico? Creo a mi madre lo suficientemente maquiavélica como para experimentar con sus hijos. Aprendió de la mejor, es decir, mi abuela. Cuando a mi hermano mayor le comenzaron a salir los primeros dientes, no paraba de llorar. En realidad nadie sabía el motivo del llanto hasta que mi abuela llegó a compartir de su sabiduría.

–Son sus dientes. Échale clavo y tequila en sus encías –le dijo a mi madre casi regañándola por su ineptitud.

Ya que mi mamá no conocía el procedimiento, abrió paso a la experta. Mi abuela puso a remojar el clavo en agua hirviendo. Ese jugo que quedó, lo colocó en uno de sus dedos y acaricio la lengua, paladar y dientes de mi hermano. Hizo lo mismo con el tequila, se sirvió en un caballito y curiosamente, el niño dejó de llorar. Muchos encuentran muy rara esta práctica, tal vez sea un mito de mi familia, pero de nuevo hay una historia trágica ya que mi hermano, a sus 32 años, no puede dejar de beber.

No sé si mi madre me quería dócil o estaba en crisis de que sólo me preocupara por la comida. No me quejaba, no me enojaba, no era un problema. Mi único interés era preguntar qué habría para la cena. Cada día era una insatisfacción, sólo que no lo sabía. Me daba mucho miedo soñar mi boca sin dientes, porque eran el único medio para mantenerme completo. Ahora sé que si uno se fractura, puedo cambiarlo en cualquier momento por uno con chapa de oro.

–Por favor escupe, fue difícil pero ya acabamos. Me limpié la boca con el babero y me lo quité. Pasé mi lengua por cada uno de mis dientes, escuché cómo rechinaron, no porque estuvieran limpios sino por viejos y frágiles.

–Supongo que ya no te veré.

–Recuerda que tienes que venir a revisión mínimo dos veces al año. No por ti, a mí me gusta el dinero.

–Ahora sí te pasaste de pendejo –dije en mi mente, estrechando la mano del dentista y sonriéndole de manera hipócrita.

–Pasa con mi recepcionista, así te cobra por el techo y de una vez, te hace cita para el próximo año.

–Espero no volverte a ver.


Moisés Montiel.


La imagen pertenece a Marie-Florentine Geoffroy.