Deshazte de tu mal hábito en tan solo 21 días

No ficciónensayo

Deshazte de tu mal hábito en tan solo 21 días

¿Cuánto tiempo es realmente necesario para lograr deshacerse de un mal hábito? Las respuestas se mantienen ambiguas; la mayoría de los sitios de internet, blogs y foros de índole cuestionable, me hacen creer que puede ser tan fácil como dejar de practicar dicho mal hábito durante breves siete días y estará erradicado por completo. Si no lo logras en siete días, tal vez sean necesarios otros siete o doce, pero pareciera que hay un secreto detrás del número veintiuno, quizá sea magia. Veintiún días sin fumar y nunca más querrás tocar un cigarrillo. Veintiún días sin morderte las uñas y no sentirás jamás la necesidad de llevarte los dedos a la boca por ansiedad. Pero eso sí, no importa realmente el tiempo que necesites para deshacerte del mal hábito, en lo que concuerdan todos estos cuestionables o no– autores es que en verdad lo que uno necesita sobre todas las cosas es tener voluntad. Si no eres capaz de deshacerte de tu mal hábito, no tienes a nada ni a nadie más a quién culpar además de ti mismo y a tu falta de voluntad para dejarlo. Y como querer es poder, si tú no puedes dejar de repetir este mal hábito, definitivamente debe de ser porque no quieres.

Vamos en el día veinte, uno más y finalmente te habrás librado por siempre. Pero un día es muy largo, veinticuatro horas se traducen a 1440 minutos y, puesto así, son demasiados los que aún me faltan por superar; cada uno más tortuoso que el anterior. Mientras pienso en esos minutos que quedan, me vuelvo consciente de cómo mis dedos se mueven nerviosamente, parece que tienen una vida propia y ya no pueden resistir la tentación, no, la necesidad de desplazarse hacia mi cráneo.

“No lo hagas”, me digo a mí misma, solamente te quedan 1439 minutos, puedes aguantar.

Se niegan mis dedos a escucharme y cada vez se acercan más y más, siento que me estoy volviendo loca porque no entiendo qué hacer para detenerlos. Me tengo que recordar múltiples veces que en realidad no lo necesito, que no me quedan más que 1437 minutos y no volveré a hacerlo nunca más.
Tengo que hacer el esfuerzo de pensar en otra cosa, cualquier cosa; como la vez en la que sentí que el deseo por deshacerme de esta obsesión compulsiva era lo suficientemente grande como para ir desapegándome de mi pelo centímetro a centímetro, pero nunca con la suficiente voluntad para deshacerme de él por completo. La idea de reducirlo a un largo minúsculo, a ese punto en donde la línea entre mi cráneo y mi cabello se volvería difusa, prácticamente indiferenciable, sonaba –y todavía suena– inmensamente tentadora. La promesa de no poder aferrarse más a él incluso suena liberadora. Pero entonces pienso en el tardado proceso que implicaría dejarlo crecer de vuelta y también en lo tortuoso que sería tener que desarrollar la capacidad de erradicar este deseo impulsivo. Pienso en quién sería yo si es que esta corona, oscura y retorcida, no se posara sobre mi cabeza.

He tenido mis múltiples episodios en donde me he creído estilista, mi madre me recuerda constantemente sobre la vez cuando a mis cortos seis años, sentí que tenía que mostrar mi talento oculto y opté por cortar mi propio fleco justamente el día anterior a mi primera comunión. Quizá en esta acción estaba más bien anunciando la eventual ruptura que generaría con Dios y con la fe, o simplemente era una niña de seis años con tijeras y cabello para cortar.

1430 minutos y entonces la libertad tocará mi puerta; promesa que me permite recuperar control sobre mis impulsivos dedos.

Podría culpar a Sansón por esta extraña glorificación del pelo en nuestra cabeza; mientras que para él era el cúmulo de todas sus fuerzas, en mí dicta un síntoma de algo más grande que a veces preferiría ignorar. De la misma manera que lo hace mi incesante tronar de dedos, o el que sienta que no puedo pisar sobre la línea que divide el pavimento de la banqueta; son estas de las pocas cosas que siento que puedo realmente controlar.

Menos mal que mis manos decidieron atacar mi cráneo y no mis cejas, alguna vez escuché que éstas tenían la función de deflectar las energías malignas que arrojan las miradas a través del espacio. Aunque me mantengo escéptica ante la idea que mis cejas sean barreras protectoras de fuerzas invisibles, prefiero mantenerlas intactas y perfiladas ya que, de ser verdad, el grosor y volumen de las mismas debería de ser suficiente para que ningún malestar externo sea capaz de atravesarme. Múltiples han sido las ocasiones en donde mis cejas se han vuelto generadoras de preguntas, conforme fui prestándoles más atención, mi cara fue adoptando un carácter que para mí era desconocido pero que, en los ojos del resto, –asistido de un ensamblado de ropa negra y labios tintados de rojo– reflejaba enojo y una construcción equívoca de un sentimiento de superioridad. Quizá y sí son barreras protectoras que no dejan que mi cara refleje realmente las palabras tan claramente plasmadas en innumerables libretas que acumulo mes tras mes.

Ahora solamente restan 1422 minutos por los que hay que transitar. Surge en mí nuevamente pánico. Todos deben estar completamente conscientes de lo que estoy intentando detener, mi respiración agitada se vuelve cada vez más difícil de esconder, mis dedos se impacientan, trazan patrones, juegan con la idea de deslizarse hacia mi cuello para fingir masajearlo para que así mi cerebro no se dé cuenta de su intención real. Claro que éste se da cuenta, pero prefiere distraerse con el prácticamente inexistente barniz negro sobre las uñas de mi otra mano. Al mismo tiempo, me doy cuenta que he llegado a una conclusión errónea; no hay manera que las personas que me rodean en este instante perciban esta lucha interna, a final de cuentas todo está dentro de mi cabeza, ¿o no?, quizá no necesariamente dentro, pero ciertamente está en mi cabeza.

¿Habrán más personas cuyas manos tengan consciencia propia? La mayoría de las veces, las mías logran engañar a mi cerebro el tiempo suficiente para hacerle creer que si es que no encuentran el cabello indicado para arrancar, entonces perderían su razón de existir.

Seguramente no estaría molesta con esta compulsión si es que en vez de insistir con dañar mi glorificada cabeza, hubiera optado por arrancar el vello que se asoma por debajo del dobladillo de mis pantalones. Sé que podría acostumbrarme a la molestia que aparecería en un inicio, simplemente requeriría desplazar aquella familiar punzada desde una punta del cuerpo a otra. Desde este momento puedo ver los múltiples beneficios que me traería. Por ejemplo, ya no desperdiciaría ese tiempo en remover ese vello, que por supuesto no es nada bello en comparación con el de mis cejas o mis pestañas, ni tendría que usar calcetines altos para compensar el largo faltante de mis preciados jeans negros que insisten en encogerse con cada lavada.

Los 1409 minutos faltantes pasarán sin que me de cuenta, no sé qué haré con tanto futuro por delante.

Mi cuero cabelludo, maltratado, golpeado, a veces un tanto ensangrentado, debe tener una conexión directa con una vena en mi corazón. Con cada tirón inconsciente, las cuerdas que lo envuelven se sienten más ajustadas, como una señal para que me detenga, mas no contaba con que me acostumbraría a la tensión y solamente así sería capaz de liberarla. Es entonces que surgen tres emociones de manera simultánea: primero, una satisfacción que, aunque desearía fuera prolongada, rápidamente es reemplazada por frustración. Inmediatamente después, ambas son encapsuladas, más no desplazadas, por culpa. Como todas las veces que mi madre lloraba al ver retazos de su cabello abandonándola a causa del tratamiento que para poder salvarla, tenía que intentar primero destruirla. En esos cuatro meses de terapia, nunca hallé las palabras para decirle que no llorara por su pérdida, que gustosamente le regalaría el mío porque, a diferencia de ella que luchaba para no perderlo, yo simplemente no era capaz de dejarlo echar raíz y brotar.

Ahora me disculpo porque, antes de que lograra darme cuenta, o más bien que decidiera darme cuenta, no me llevé uno, sino tres cabellos entre los dedos.

Vuelvo a empezar: 30240 minutos.

Diana Valero Parra

Diana Valero Parra

INTJ. Mexicana. Diana.