Desde la copa

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Desde la copa

Siempre cambiaba. Miraba el cielo, sentía la brisa pasajera recorrer mis manos y entendía: nunca es lo mismo. Había algo en lo profundo de ese bosque que me intrigaba; las texturas, el aroma siempre fresco o quizá la palidez casi simulada de mi piel al tocar el frío. Me sentaba y cerraba los ojos: jamás era igual.

De niña me encantaba ir a ese lugar, estaba lleno de árboles y montículos de hojas. Observaba cómo la luz se colaba entre los enramados y hablaban un lenguaje que yo no comprendía del todo; un lenguaje antiguo. A veces llovía, aunque la mayor parte del tiempo, según lo recuerdo, estaba cálido y aquel calor rellenaba los espacios en mi cuerpo, poros desgastados, rasguños invisibles. Para todos, aquel lugar era cosa de niños, una fantasía que terminaría por consumirse en nuevos horizontes; la adolescencia la adultez, pero, ahora tengo veinte años y aún puedo verlo, puedo escucharlo vibrar en mis venas y respirar aquel aire tímido que refresca mi recuerdo. El bosque es, para mí, una variación incomprendida, escucho todavía aquel silbido y me doy cuenta de que cada hoja, cada rama no es más que continua rima. Me enamora todavía.

A mi mejor amiga y a mí nos encantaba jugar ahí. Siempre íbamos, planeábamos encuentros en la deshora. Solíamos murmurar mensajes a un árbol que llamábamos “árbol casa” porque creíamos con vehemencia que cada palabra, cada sílaba que se deslizaba de nuestros labios con sutileza era absorbida por los surcos incrustados en la corteza. Lo escalábamos, el árbol resbalaba sobre nosotros, conocíamos cada rama como si se tratase de escalones, de puertas que se entreabrían y permitían la entrada de una ventisca singular: la mirada. Recuerdo que nos enviábamos cartas, que escuchábamos las hojas agitarse con suavidad y nos enjuagábamos en aquel vapor: el crujir del otoño a nuestros pies. Entendíamos que justo ahí, en la copa, no había tiempo, sólo nosotras, un viejo tronco y el cielo. Dejábamos las cartas siempre entre dos ramas. Muchas cartas se perdieron, pero hay algunas que todavía conservo. Están escritas en un código que sigo sin poder descifrar, un código que únicamente en mi pasado hubiera podido reconocer. Las letras parecerían algo así como grecas, y hay sólo algunas palabras que resaltan en mi mente a pesar de estar escritas en otro alfabeto.

Nadie sabía a dónde íbamos, a qué parte del bosque nos dirigíamos, sólo profundizábamos en su cuerpo sin distinguir las horas que se escurrían sobre nosotros. Recuerdo cuando corríamos entre la maleza, nos hacíamos aleteo que remojaba el aire y aunque escuchábamos voces extrañas disiparse en la lejanía, nadie nunca se adentraba, era nuestro templo, nuestra casa. Dejábamos de existir por unos segundos para entrar en otro plano completamente distinto, no nos sentíamos infinitas, sino fugaces, afinidad tan lisa, suavidad distante. Nos dábamos cuenta de que nuestro hogar siempre era diferente.

Y era sólo en aquel lugar, aquel lenguaje tan familiar que aún se desliza por mi lengua, que podía escapar, aunque fuese por unos instantes, de mí misma, de las responsabilidades, del mundo exterior. Cuando corría por ahí y ocasionalmente tropezaba, sentía que el alma se me fugaba y que mi cuerpo no era más que parte del tronco, me sentía entera, como parte del árbol que por tanto tiempo nos había dado vida. Su corteza es aún esa textura que acaricia mi tacto y todavía siento que puedo seguir ascendiendo esos escalones de mármol resquebrajado, esas ramas que siempre se sacuden en una cadencia tan singular. Cambia, siempre cambia, pero la sensación de pertenencia, de habitar ese lenguaje tan peculiar, es el mismo.

Crecí en ese lugar y vi crecer. Pienso que, después de tanto tiempo, aquel bosque no era nuestro hogar, sino que nosotras éramos el hogar del bosque y que, de un modo u otro le enseñamos a hablar, así como él nos enseñó a volar.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.