Depresión

¿Qué hacer cuando termina el mundo?

Después del último sollozo viene el silencio.

Silencio.

Silencio ensordecedor que consume sus alrededores, tragando y envolviendo su entorno hasta que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones, pueden escapar de él. Es tan vasto, tan grande, que ahoga cualquier grito de guerra, gemido de protesta o suspiro de resignación. Lo único que queda son los residuos de una utopía que nunca fue, los escombros de una inocencia perdida.

El cadáver de quien fue será arrojado en aquel lugar donde se pudren las malezas; yacerá en un pedestal de moho y corrosión, su mortaja será de encaje y polvo de estrella.

Así los días pasarán en una quietud infinita. Las noches se fundirán con los días en un ciclo imperceptible: Luz; Oscuridad; Luz; Oscuridad; Luz; Oscuridad; Oscuridad; Oscuridad. Es en ese mismo ciclo de oscuridad, del que la luz ya no quiere o no puede ser partícipe, que los recuerdos que creías sofocados, arrugados, desechados como un pedazo de hoja decorada exclusivamente de errores y arrepentimientos, desenvolverán sus tentáculos hasta convertirse en monstruos miriápodos de dolor. Recordarás haber estado prácticamente en todas partes. Ubicuo. Recordarás haber visto prácticamente nada. Ciego. Pensarás que el largo viaje que habías emprendido siempre estuvo teñido del verde decolorado y morado rosáceo de unas rodillas magulladas; los paisajes que creíste maravillosos eran, en retrospectiva, realmente una colección de mapas desteñidos, libros arruinados, neumáticos desgastados y tus sollozos en la noche, todas las noches, cuando creías que el mundo yacía durmiendo.

En el fin del mundo seguirás insistiendo en tu lecho de muerte; te enorgullecerá tu dolor, tu martirio. Por primera vez en una vida de blasfemia te sentirás grandioso. Trágico. Puro.

¿Qué hacer cuando termina el mundo?

No ocurre instantáneamente. No te levantas un día del lecho fúnebre y encuentras que el mundo y sus problemas se han solucionado. Debes levantarte cada día, mañana tras mañana y hacer un esfuerzo consciente para manejar las circunstancias del momento. Tomas la sal de tus lágrimas, volteas tu llanto en su propio axis y desatas un huracán desenfrenado. Lamentas. Lamentas. Lamentas. Con elegancia aprendes a orquestar lentamente una sinfonía de tanto caos, tanto dolor, tanto arrepentimiento, tanta injusticia; aprendes a respetar lo que cada nota disonante y desentonada trata de enseñarte. Ahogas tus inseguridades en un río cristalino, realización a realización. Permites que el temor siga burbujeando tercamente bajo tu piel, pero nunca le das la satisfacción de destruirte otra vez. Pues, la gravedad persiste en aquel lugar donde estás parado y quienes cargan los corazones más pesados plantan con mayor firmeza sus pies sobre la tierra. La lucha para reclamarte no es fácil ni directa, pero, por Dios, que es necesaria. Al fin y al cabo eres una fuerza de la naturaleza, la sal de esta tierra. El mundo nunca terminó, sólo se detuvo a esperarte.

Anónimo

imagen pertenece a The Franklin Institute