Dejar ir a los demás

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Dejar ir a los demás

Hay cosas que son intraducibles. Espacios que quedan colgando como miradas o el cálculo imprevisto de los roces. Siempre me he preguntado por qué dejo ir tan fácilmente, por qué para mí dejar ir algo es un proceso equivalente al de las hojas desprendiéndose de los árboles con suavidad en la brisa otoñal. Creo que es porque no me desentiendo por completo de las hojas semi-marchitas, sino que más bien, las tomo, las acaricio en mis palmas y les permito abrir paso en esta piel que se renueva a cada momento que vivo. Las hojas secas, desintegrándose en el viento me recuerdan a todo lo que he sido y que en alguna instancia sigo siendo. Nunca he comprendido por qué siempre he sido más otoño, por qué prefiero la luz, no en su gesto más directo y tránsfugo, sino cuando atraviesa; hojas, cristales, ventanas, piel.

Me gusta cuando la luz me toca, cuando la escucho tocándome en mi silencio incompleto y le permito profundizar en mis párpados espesos. No entiendo por qué dejo ir a las personas. Quizá es porque nunca he comprendido mis relaciones como algo que poseo o como algo mío. Sólo existen, sólo están en mí, fuera de mí, algo que vivo como aquella luz que se trenza en espacios oblicuos y se permite tocar cuerpos ajenos, familiares, cercanos, distantes. Dejo ir personas y para mí es bello dejarlas ir porque se convierten en murmullo, en aleteo infinito que se estira y sobrevuela mi vuelo. Con los ojos cerrados me encuentro flotando en la quietud, en la deshora rica que acontece sobre mi espera. Sí, espero. Porque dejar ir a los demás no es desentenderse de ellos ni olvidar la caída sutil de las hojas cuando se remueven de sus ramas, tan sólo es cambiar de forma, el cauce fluye y consuela, pero el río se extiende. Dejar ir no es abandono, es volver a habitar. Incluso hay veces que el proceso es prematuro, y aún cuando las personas siguen conmigo les permito su partida, porque sé que con ellas parto yo también, porque sé que es en esa intermitencia que brinda el otoño, en ese claroscuro que se articula en mi paisaje brumoso, en el deshacer de las hojas, y en el quehacer de los cuerpos, que me dejo ir también. Es así que las puedo mirar, que las puedo escuchar resplandecer con otra luz y otra distancia, otro espacio y otro silbido que sigue permaneciendo –y permanecerá eternamente– intraducible.

Cuando la luz se torna intraducible en el lente de una cámara se le conoce como "ruido", pero para mí es sólo silencio.

No es abandono, es volver a habitar.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.