De un lado a otro

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De un lado a otro

De repente te acostumbras a los aeropuertos. Ya sabes realmente con cuánto tiempo de antelación aparecer, dónde comer antes de subir al avión y llevar equipaje de mano ligero para no tener que preocuparte por las filas.

Cuando llego al aeropuerto, ya tengo el check-in hecho desde que se abrió. Llevo una pluma al alcance para llenar todos los formatos y ya no me paso del peso máximo –de hecho, ahora sé qué ropa llevar realmente–. Creo que nunca llegas a entender el no sentirse completamente de un lugar u otro hasta que te vas y, más importante, hasta que vuelves.

Tenía 14 años cuando me fui de Chile. Antes de eso, sólo había salido del país una vez a Buenos Aires a los cinco años, y no tenía pasaporte. Es una sensación loca sacarlo para poder salir a otro país –y estar ahí por primera vez– a quedarte. Y así de repente, iba de un lado a otro.

Seis años después, he ido y vuelto nueve veces de Chile. El tiempo que llevo viviendo aquí es suficiente como para ser respetado: "Ah, ya conoces, ya eres de aquí", a lo que respondo felizmente con un sí, soy chilenga. Cuando alguien pregunta cómo es vivir en otro lugar, o pide algún consejo porque pronto partirá, les digo que deben prepararse para extrañar el resto de su vida. No de manera maliciosa, sino que porque es cierto. Todos extrañamos en algún punto, pero es distinto estar lejos del lugar natal.

Hay cosas que ya no entiendo y fallo en el argot cotidiano. Santiago se ha convertido en una ciudad que cambia rápidamente, y más de una vez hemos terminado accidentalmente tomando la dirección equivocada por un nuevo puente, calle o salida. A veces me pierdo y se me olvidan los números de las micros o cómo llegar a ciertos lugares (y siempre hay alguien que se encarga de hacérmelo notar, escapando el punto de que no vivo ahí).

Pero no hay nada como mirar alrededor y reconocer la esencia. Ver los cerros y la cordillera, en mi caso. Cómo están hechas las calles, las bencineras (gasolineras) con tiendita, los alfajores en los kioscos, el pasto, las panaderías (con su variedad de hallullas, dobladitas, pan italiano, marraquetas y uf, las sopaipillas recién salidas en invierno) y el cantadito de la gente al hablar.

Una de mis actividades favoritas cuando estoy de visita es sentarme junto a la ventana de mi pieza en el departamento de mi papá (en un piso 13) y mirar el semáforo cambiar de color. Todas las luces apagadas, la ciudad sumida en un silencio somnífero. Es la 1 de la mañana, y las luces van de verde, a amarillo, a rojo, a verde nuevamente. Y no pasa ningún auto.

Pero en medio de la familiaridad, de la innegable tierra madre, siempre llega un punto en que no veo el momento de volver a México. Y las despedidas se han hecho más casuales, como si nos fuéramos a ver la semana siguiente (dejo fuera los llantos de aeropuerto, que jamás cesan). Camino por lugares atiborrados de gente solamente para observarlos pasar. ¿Son los mismos? ¿Soy la misma?

Ya no me reconozco totalmente en la sociedad chilena, pero tampoco me veo en la mexicana. Como dije, soy chilenga, hice mi propia mezcla. Y así es la vida de un lado a otro. En el momento en que piso suelo mexicano comienzo a extrañar de donde vengo y quienes están ahí. Dejé la mitad de mi corazón atrás y entregué el otro pedazo a esta tierra, y hay quienes conocí aquí y se lo han llevado a otros partes.

Ir de un lado a otro se parece a una polinización. Hay ciudades en las que no he estado jamás, a las que cierta gente se ha arrastrado algo mío, como yo me he quedado con partes suyas y he derramado las de otros. Luego será otro lugar, con gente de otros culturas y con sus propias mixturas. Pero nunca podré negar que me sembré en Chile y me cultivé en México. Y lo que venga.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.