De rocas y burbujas

narrativa

De rocas y burbujas

Encuentro dos figuras para ilustrar la cercanía con alguien más, de diferente naturaleza: una es más cimentada, una roca encrustada sobre la arena o saliendo del borde de la montaña, en un solo lugar. La otra es la burbuja, una esfera que nos contiene y flota a la deriva. En las burbujas desconocemos nuestra posición en el mapa. Solo sabemos que estamos en ellas, pero encontramos una superficie difusa cuando queremos mirar más allá. Intentamos acercar nuestros dedos a la delgada capa que nos separa del exterior, y retraemos nuestras manos, miedosas de suscitar conflicto, rozar con nuestras uñas, caer a lo desconocido. Y es así: debido a que la burbuja flota sin rumbo, empujada por el viento, nos encontramos perdidas, a merced del tiempo que, si no las estallamos con nuestras propias extremidades, en algún momento se estrellan contra un árbol o una pared de un edificio alto. Allí el golpe es más fuerte; despertamos con un viento feroz que nos enfría, moreteadxs por el choque, en algún lugar desconocido. Nos duelen los ojos, aún no acostumbrados al sol. Pero más que nada, nos encontramos solxs. Lo que creíamos que nos conectaba con otrx era tan solo una burbuja cuya fragilidad amenazante era lo único que nos contenía; eso y su temperatura constante, aunque el aire ya oliera a usado; eso y su luz menguante, aunque generara una superficie nublada que nos dejaba ciegos e inciertos; eso y su aparente comodidad, aunque estuviésemos tensos para mantener nuestros brazos y piernas cerca del torso, cuidando no rozar la superficie, como les dicen a los niños que se guarden en los parques de diversiones o en la ventana del auto.

Las rocas son, por su parte, externas y constantes: zarpamos desde ellas y volvemos a amarrar nuestro bote después de largos viajes. Nos sabemos su forma y las rutas para escalarlas, nos encaramamos a ellas para tocar el agua con la punta de nuestros pies, nos arrimamos a su cumbre para lanzarnos de piquero al agua. Conocemos sus coordenadas, las marcamos en mapas para no perderlas, y salimos al viaje, sabiendo que podemos volver. Recordamos su forma de memoria y sabemos la mejor manera de acostarnos sobre ellas para recibir el sol. Sentimos su superficie caliente que recibe los callos de nuestros pies. Viven a través de diversos temporales: reciben la marea que se rompe contra ellas cuando caemos en tormentos y comenzamos a describir espirales, y desarman los remolinos. No rehúyen la turbulencia ni el paso de las estaciones: sobre ellas caen las hojas secas y a veces se arman ríos. Y cuando regresamos a verlas, las encontramos ligeramente diferentes. Algunas criaturas duermen en su falda o bajo el agua, y tienen nuevos recovecos para guardar aire y plantas, espacios que recorremos con nuestros dactilares para conocer.

Hay gente que nos deja rocas. No hablamos de dureza emocional; por lo contrario, son aquellas que han decidido darnos un mineral que tener, una pieza de ellas, un talismán. Excavaron dentro suyo para extraer aquellas piezas y dejarlas al borde de la orilla, donde toca el mar. Otras nos envuelven en burbujas, orbes que nos rodean y nos inundan en el aroma fresco de la marea, y embobadas por su placidez, no notamos la ausencia de agua. Somos buenxs para subirnos a ellas. Dan una sensación de contenida deriva, su humedad mitiga la sed, su ambiente nos vuelve plácidxs y flotantes, y los músculos se apagan por la costumbre de vivir en su ensueño. Las confundimos con seguridad, pero en cuanto se quiebran, saltamos como el cuerpo cuando se duerme muy rápido, extrañadxs por nuestro propio cuerpo tieso.

A veces mis propias rocas liquidan a las burbujas, me piden despertar. Rompen la somnolencia y cuelan en mis pulmones el aire fresco. Siento bajo mis palmas sus texturas conocidas, el cobijo de la piedra calentada por el sol. Vuelvo a encontrarme en sus coordenadas. Miro el mapa donde guardo su registro, y distingo aquellos santuarios que me conforman, las rocas que vuelven a darme cobijo, me alimentan, llegan a despedirme en un siguiente viaje al mar.

– C.