De cómo sostener la mano

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De cómo sostener la mano

Parte I: me convertí en pertenencia.

Una propuesta le dio el derecho a tomar mi mano. No sabía yo entonces para qué la quería. Pero en aquel momento la inocencia no estaba perdida y parecía lógico sentir placer al convertirme en una pertenencia sobre la cual alardear.

Espalda erguida, mirada en alto y siguió la herida. Esa que surge cuando nos sueltan. Sin previo aviso mis manos se convirtieron en los objetos de su asco, y entonces supe de qué habla la gente cuando dice haber llorado un mar.

Cuando uno llora un mar construye las condiciones de su propio naufragio. Y ahí, donde es probable morir ahogado, cualquier marinero de intenciones desconocidas es inevitablemente un héroe.

Parte II: me amarran la mano.

Agarrar una mano es sencillo cuando la sobrevivencia, aparentemente, depende de ello. Y entonces la deuda: esa voz que repite hacia mis adentros que tengo que pagarle por salvarme. Y entregarlo todo… incluso si no quiero.

Me quedo vacía y entonces creo que mi único destino es a su lado, porque nadie más aceptaría una carcasa. El miedo que una vez sentí ante la posibilidad de ser soltada, pasa a ser el miedo que siento ante la posibilidad de estar perdida.

Confundo sacrificio con amor, abnegación con amor, dolor con amor. Los puños que golpean son sólo una forma distinta de la mano que toma la mía. Y esa mano es sagrada, porque me salvó de la muerte. Irme no era opción, hasta que me fui.

Cuando estiré los dedos para soltarme y corrí, fui perseguida por la rabia. Tuve que empuñar una llave afilada frente a mí y apuntarla con los brazos temblorosos frente a él. Supe ese día que la única mano que me salvaría siempre, era la mía.

Parte III: parece que he olvidado cómo hacerlo.

Las manos solas han empezado a parecer el sitio más seguro. El miedo a la soledad, el miedo a la herida, el miedo al miedo. Juré nunca más entrelazar mis dedos y anduve años con los nudillos despiertos y dispuestos.

Sí: he olvidado cómo hacerlo. O sencillamente no me dá la gana de volverlo a hacer. Siempre buscando la manera más veloz de zafarme si una palma atrapa la mía. El miedo al miedo ha sido infructífero y ahora temo en silencio.

Esta historia no tiene un “de repente”. De repente nada. Fui yo: yo decidí romper mi juramento y me arranqué los temores con dolor de por medio. Yo busqué entre los peatones hasta encontrar la mirada frente a la cual quería ser valiente otra vez.

Tomé su mano, dije algo que ya no recuerdo y después la solté. Quería que supiera que no quería agarrarlo sino sostenerlo. Que mis dedos no formarían nunca nudos sino redes sobre las cuales caer.

Sostener mi mano es opcional. Cada quien lo hace como puede. Cada quien lo hace como quiere. Yo prefiero el lado izquierdo por el absurdo motivo de que está más cerca del corazón y a veces fantaseo con que en su palma siente mis latidos. Yo prefiero elegir quedarme sabiendo que puedo partir.

Para ya no estar sola, para ya no estar herida, he aprendido cómo sostener una mano sin ser respectivamente nuestros… sino conjuntamente nosotros.

Imagen de Habla con ella (2002) Almodóvar

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.