Daño y dolor

No ficción

Daño y dolor

- ¿Qué te hace sentir triste, Carlitos?
- Que mi papá me dé chingadazos en la cara.
- ¿Y que te insulte?
- No. Eso ya no.

El peligro del daño reiterado es que puede resultar en resistencia. A Carlitos no le importa que su mamá le diga pendejo, porque lo ha hecho demasiadas veces. Pero los golpes de su papá aún tienen efecto. Cuando esa violencia deje de importarle, la ejercerá asumiendo que a nadie le importa.

Cuanto más grande es el dolor, más tiempo toma insertarlo en la cotidianeidad. Entre más cerca esté la experiencia de lo insoportable, más repeticiones necesitamos para soportarla. El problema es que en lugar de hartarnos, nos acostumbramos. Cuando la herida se vuelve rutina, hablamos de “normalización”.

Seamos precisos: daño y dolor no son la misma cosa. Hay enfermedades que nos invaden el cuerpo sin generar en nosotros siquiera una mueca de incomodidad. Las detectamos muy tarde y corremos de cerca el riesgo de la muerte. Así es el daño: puede pasar desapercibido sin mostrarnos síntomas mayores.

El dolor, en cambio, es percibido siempre. Lo que sucede entonces es que si no lo sentimos, no buscamos sus causas; aunque la ausencia de dolor no signifique la ausencia de daño. En resumidas cuentas: cuando hay dolor necesariamente hay daño y cuando hay daño no necesariamente hay dolor. Tenemos dos posibilidades: daño sin dolor y daño con dolor.

Normalización y daño sin dolor:
Recuerdo la primera vez que me llamaron “perra”. Fue una amiga. En tono amistoso y juguetón, me dijo: “ey, perra, ¿vienes o te quedas?”. Dolió y la seguí. Mientras bajábamos las escaleras hacia el patio del colegio recordé a mi mamá pidiéndome que no insultara, que no dijera nada de nadie que no fuera verdadero y bueno. Repito: verdadero y bueno. “Perra” parecía escaparse de estas dos categorías. Y sin embargo, eventualmente fui yo la que llamó “perra” a una mujer por primera vez, sintiendo que en esa palabra se ocultaba una suerte de complicidad.

Dejó de dolerme la palabra “perra” cuando provenía de ciertas personas. Mis amigas podían decírmelo sin que me ofendiera. Pero el día que fue un hombre quien me lo dijo, con mirada rabiosa y voz pesada, sentí como si un metal me atravesara la carne. El daño de aquel insulto podía generar -o no- dolor.

La normalización puede ser eso que ocurre cuando deja de dolernos, o al menos eso creemos. Es lo que le sucedió a Carlitos cuando dejaron de entristecerlo los insultos de mamá.

Normalización y daño con dolor:
La muerte siempre me ha resultado dolorosa. Me hace un hueco en la barriga que inundo con mis lágrimas en el intento de sanar. Ese espacio vacío que me queda por dentro, es el daño. El dolor es todo mi cuerpo queriendo derretirse para llenarlo. No sé cómo no doler cuando se me pierde una persona de la vida.

Los soldados sí saben. Al menos, muchos de ellos: caminan entre cadáveres, reciben salarios por disparar, tratan los cuerpos sin homenaje y son capaces de oler la putrefacción sin alterarse demasiado. Dice un veterano frente a la cámara que es difícil vivir con las ganas de matar a alguien después de haber experimentado antes un poder de ese tamaño. Dice que duele, pero no llora. El dolor se ha convertido en un trozo de él.

La normalización puede ser el tono de voz tranquilo que usa Carlitos cuando narra los “chingadazos” de su papá. Él sabe que aún duele. Reconoce la inminente tristeza que traen los puños a su rostro. Y sin embargo, lo vive como cotidianeidad.

Hay cosas importantes que debemos preguntarnos: ¿hemos normalizado la violencia o la violencia es normal? ¿hemos normalizado el dolor o el dolor es normal? ¿Qué es lo que debemos desnormalizar? ¿A qué acostumbrarnos? ¿De qué hartarnos?

Una cosa más, que me resulta terrible: probablemente ahora que has llegado hasta aquí, hayas romantizado a Carlitos. Y Carlitos también dá chingadazos.

Imagen: Sandro Botticelli, Primavera, 1482, detail

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.