Cuerpos quemados

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Cuerpos quemados

En mi camino al colegio había un edificio abandonado al fondo de un terreno desierto. Siempre inventé historias en mi cabeza sobre esos espacios: los imaginaba repletos de personas sin casa que llegaban de pronto y se encontraban con que alguien había dejado ahí una muy grande por si acaso un día la necesitaban ellos. Sobre la calle por la que pasaba yo, estaba la entrada del lugar: una subidita de tierra de unos tres o cuatro metros de largo.

Un día desde lejos divisé ahí dos bultos negros. Pensé que por fin alguien había encontrado el lugar y que para anunciar su llegada había colocado piedras. Pensé en cómo un techo sin trabajo iba a servir a alguien de nuevo, y fui feliz. Cerré los ojos, respiré muy profundo, sentí los cachetes tiesos por la amplitud de una sonrisa que no podía evitar y no quería evitar.

A la hora del regreso los bultos estaban rodeados de cintas amarillas y patrullas. Cuando pregunté qué pasaba me dijeron que habían quemado vivas a dos mujeres. Durante las siguientes semanas estuve atenta a las noticias del caso, y me enteré de que fue un crimen cometido por el ex novio de una de ellas y una banda de seis hombres más. La otra mujer, era su madre. El supuesto motivo del crimen fueron los ahorros que estaban guardados en un cajón y serían destinados a comprar un carro para la joven. Cualquier explicación sonaba absurda cuando sonaba en mis oídos el eco de aquello voz diciendo: “A dos. Mujeres. Las quemaron. Vivas”.

El asunto fue ques seguí pasando por ahí todos los días. Y cada vez que lo hice, me fijé en las manchas negras que habían quedado en el suelo. Cuando llovía, yo temía por el día en que ya no se dejaran ver. Y ese día eventualmente llegó.

Mi miedo residía en la posibilidad de olvido. No quería que se escapara de mi recuerdo la muerte de esas dos mujeres, porque era lo único que yo tenía para saber de su existencia y reconocer que alguna vez estuvieron vivas.

El recuerdo importa cuando le es necesario a la justicia. Cuando es indispensable para un cambio de cultura. Por eso se habla de memoria colectiva. El recuerdo importa, porque es un motor y motivo para el cambio o la permanencia. Lo entendí cuando a mis trece juré nunca borrar de mi mente la imagen de sus cuerpos quemados.

Yo odiaba esas marcas en la tierra. Me daban náuseas. Pero odiaba más saber, que aquella Venezuela iba a olvidar de nuevo, porque la memoria es limitada y no le caben tantos muertos.

Permítanme recordarles un par de cosas: el holocausto, la inquisición, los 43 de Ayotzinapa, las protestas de Venezuela, los mineros de Chile, las víctimas de Kony, los ataques terroristas, las balaceras en escuelas de Estados Unidos, cada persona inmersa en redes de trata, las hambrunas, las pateras, los conflictos migratorios, las maras, la guerrilla colombiana, la tortura y los asesinatos que se dan por el narcotráfico. Puedo seguir, y tú también puedes.

Yo sé que es imposible tener todo presente todo el tiempo. Pero también sé, que más seguido de lo que nos gustaría admitir, olvidamos por confort. Aquellos cuerpos tiesos y negros sobre la tierra me enseñaron a distinguir lo que debo recordar. Y ahora, puedo decirte a ti que debes recordar aquello que sea un motivo para mejorar ese mundo, si es que queremos ser capaces de llamarlo hogar.

Imagen: Francis Bacon - Figure in a Landscape (1952)