Cuerpo refugio

Un día me di cuenta que ya no sabía dónde iba a construir mi casa; una casa en la falda de un cerro, una casa en una isla o una casa sobre un lago. Esa angustia del desenraizamiento me sigue desde hace varios años, porque a pesar de haber vivido en muchas casas, la idea de que la casa propia, al que se construye en la adultez, a la que se vuelve, no tenía un lugar en el mundo me dejaba con un leve dolor de corazón.

Mis casas han estado sobre tierras que se mueven y se inundan, que se aplastan de cataclismo y no por eso han sido menos acogedoras. La incertidumbre del suelo natal no nacía por los sismos si no por la nostalgia, lo que me llevaba cada vez más lejos de él sin traerme más cerca de las tierras que me acogían.

Entre la mudanza, el viaje, el perderse, el volver, me encontré conmigo y con lo que me acompaña siempre: mi cuerpo. Tuve que mirarlo, con las cosas que se suponen que no deben estar (y que no quiero ver), con lo que me limitaba y lo que me hacía alcanzar, y es que en el acto de observar, empecé a querer, y en el querer, me adueñé.

Apropiarme de mi cuerpo fue construir mi hogar. Se convirtió en mi mochila, mi bitácora de viaje, mi tienda de campaña; mi casa y mi refugio. Ahí es donde cultivo mis plantas y mis pensamientos. Cuando medito, se ventila la casa. Cuando duermo, las paredes respiran conmigo. Se pulen los pisos como se exfolia la piel.

Encontré mi casa también en mi gente; en el abrazo de mi hermana, la mano de mi mamá en mi pelo. La voz de mi abuela en el teléfono, siempre sorprendida de que se escucha tan clarito a pesar de la distancia. Mi casa es mi papá prendiendo un palo santo, es saltar al lago desde el muelle, es el mensaje de mi abuelo diciendo que “está precioso”, y las caminatas bajo el sol de media noche.

Un día alguien me dijo que lo que todos tenemos en común es que tenemos un cuerpo, ¿entonces será que todos tenemos una casa?

Sentada, espalda recta. Manos sobre las rodillas dobladas. Mirada al frente, mirada abajo.
Sobre mi cabeza siento mi pelo y sobre mi pelo hay un techo de cien tejas rojas.

Antonia González Alarcón.