Cuando se olvida contar

No ficción

Cuando se olvida contar

Los días se difuminan entre unos y otros. Pasan las horas y se suspende su paso: no es lunes ni es domingo, solo es otro día más, tan similar al anterior, y tan lleno de minucias que lo hacen distinto.

Dicen que toma 21 días habituarse a cualquier cosa. 21 días de reiteración y de ejercicio continuo, o en este caso, de simple circunstancia sostenida. Mucho se puede perfeccionar en tres semanas: el molido del café, las diferentes preparaciones de los mismos ingredientes (en nuestro caso, el resto que deja la leche de avena cuya manufactura casera ya adoptamos, transformada en galletas y pan), la postura para trabajar, el sitio idóneo de la casa. El arte de ver capítulo tras capítulo. Los más disciplinados adoptaron la rutina de yoga que siempre quisieron. Otros, su relación con la luna y los pájaros anunciando la madrugada.

Y después de esos 21 días, se nos olvida contar. Desaparecen detrás de la costumbre, la variación solo se encuentra sujeta a lo que ocurre entre las paredes que nos cobijan. Se nos va olvidando, poco a poco, cómo acostumbrábamos vivir. Y esa cosa llamada normalidad se vuelve diferencia, pasado, sueño, fantasía o pesadilla, y nos atenemos al nuevo normal. Lo que sea que, de nuevo, nos dé constancia.

El pasar de estos días me enfrentó a mirar de cara mis sombras, mis obsesiones, mis creencias. Me hizo ver mi insana relación con la comida, mis relaciones obtusas, aquellos que no aparecen y los huecos donde desaparezco. Esas cosas que, por la asumida normalidad, podía confundir con las rutinas del día a día, y entre tema y tema, tenía que ir a algún lugar, atender otra cosa, asistir a un curso, terminar un proyecto, ver a alguien más. Pero estando en los mismos limitados espacios cuadrados, mi relación con la alimentación se vino de frente. Sin poder caminar y caminar hasta olvidar pensamientos obsesivos –cuyo eco era tan habitual que ya no eran tan disruptivos, sino más bien una cacofónica banda sonora–, retumbaban en el silencio del entorno. Si antes eran planamente habituales, ahora se sentían como vías de una montaña rusa mental que solamente podía montar sentada todo el día en la misma silla.

Ayer entré en la ducha y me acordé de algo. Al correr la cortina y poner el agua andar, recordé cómo solía enlistar los nombres de mis seres queridos cada vez que me bañaba: "Mamá, Tonina, Cris, Diana, Alex, Sofi, Guada, papá...", y la lista seguía a la vez que a más gente le ganaba cariño. Vale decir que soy una suelta de amistades, así que la lista era un auténtico tormento, revisándola una y otra vez esperando que no olvidara a nadie, no fuera a ser que mi descuido fuese la razón de su condena. Que si no los mencionaba, algo malo les iba a pasar.

Y ayer que entré a la ducha, lo recordé tras haberlo olvidado. Solía ser un ritual necesario, parte de lo que conformaba mi normalidad. No tenía tan consciente lo agobiante que podía ser debido a la costumbre, a que era cosa del día a día, a que ya me sabía más o menos el orden de los nombres y el tiempo que me demoraba en pasar por todos y repetirlos hasta salir de bañarme, cuando estaban seguros. Sin consentirlo sino por su reiteración, se había vuelto parte de mi normalidad. Y no sé en qué momento, simplemente se deslizó. Se deshizo. No lo hice más. Ayer que entré en la ducha, miré eso que pensé que estaría siempre, y que ni siquiera recordaba, que solo se fue un día, de repente, y dejó de ser parte de un día normal.

Ahora que han pasado 50 días desde que inició el encierro que he podido acatar, un tema que parecía normal es parte de un capítulo pasado, mientras me deslizo hacia una nueva normalidad. Creo que la normalidad nunca es normal, y más bien se trata de la acomodación continua de cosas fuera de lugar. A veces es consciente, como cuando tratamos de agarrar un hábito de ejercicio o algo que queremos dominar; y a veces solamente escala por la columna, y de repente, nos miramos al espejo para encontrarnos con toda una enredadera que creció y floreció con el paso de los días. Que se ciñó a nuestra cintura, a lo largo de los brazos, por lo bajo de las piernas. A momentos, a apretarnos la cabeza.

Me hace feliz pensar que se me olvidó contar. Que ni me di cuenta de cuándo desapareció esa seña tan distintiva de la obsesividad: la idea de que algo malo les iba a ocurrir a la gente que amaba si no mencionaba sus nombres, si no pasaba por la rumiación de mi cabeza. Esas cosas que parecen ser para siempre, pero de repente se van. Y en este paso de los días, mirando de cara mi miedo a comer ciertas cosas, mi falta de confianza en mi intuición y cuerpo, mi inseguridad, me solté a comer en un ritmo compartido, a que otras cosas guiaran mis comidas. A que es posible ser de otra forma, a que puedo deslizarme hacia una nueva normalidad.

Que de repente se me olvide contar.


Imagen: May de Tom Disch.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.