Cuando no vemos al monstruo: Chernobyl (HBO)

recomendacionesColaboracionescrítica

Cuando no vemos al monstruo: Chernobyl (HBO)

La serie Chernobyl de HBO retrata un evento que ha generado tanto miedo como intriga a lo largo de los años. Es completamente entendible que, luego de su estreno en el 2019, causara un furor casi inmediato y provocara respuestas ofendidas o encantadas por parte del público. Es cierto que, siendo completamente honestos, es dudoso confiar al 100% en la versión inglesa de algo que ocurrió en la Unión Soviética. Aún así, lo mismo se podría decir de cualquier reconstrucción histórica ya que el ojo creador siempre tiene una opinión o una ideología de base. Por fuera de eso, el verdadero incentivo para escribir este artículo surgió de la intersección de dos sucesos: el aniversario de la catástrofe nuclear el 26 de abril y la reciente pandemia del coronavirus. Todo esto deriva en una invitación para revisitar la serie y ver cómo dialoga con la actualidad. En lo personal creo que, si bien la radioactividad en el aire y un virus son cosas diferentes, en ambos casos se demuestra la capacidad humana para construir un monstruo invisible. Afortunadamente, en el caso de Chernobyl es posible diseccionar a esta criatura a partir de las decisiones formales que se realizaron desde su producción.


UN DRAMA TERRORÍFICO


Vasili saca la manguera del camión rojo y se aproxima a la zona del incendio. A su alrededor hay otros bomberos que corren de un lado para otro y de fondo suena una sirena de forma constante. Vasili mira la escena sorprendido, apoya la manguera en el piso y la conecta. Otro bombero agarra una piedra llena de grafito, llama a Vasili y se la muestra. Vasili le dice que deje de molestar con eso y le pide ayuda para conectar la manguera. Dos bomberos se acercan y él pregunta si sienten ese gusto a metal.

Toda la escena anterior viene acompañada con un sonido grave medio metálico y externo a la trama que se intensifica con las acciones. El espectador sabe con certeza que algo está mal y quiere gritarle al desinformado Vasili que se vaya de aquel incendio radioactivo. Pero, ¿cómo intuye esto a partir del sonido? Esa sensación proviene de un conocimiento previo, de años de ver narrativas de terror o mismo de la cultura popular. Se trata de un lenguaje aprendido que, si bien Chernobyl es un drama con todas las letras, toma prestado del género de miedo y lo explota de forma inteligente. Al final la asociación es fácil, sonidos graves equivalen a malas noticias. Es más, posiblemente, si uno es demasiado miedoso, no faltan las ganas de entrecerrar los ojos porque sabe que algo va a surgir de la nada y va a provocar como mínimo un sobresalto. A lo largo de toda la serie, cuando hay una cantidad significativa de radioactividad, el relato se apoya en lo sonoro y aporta a la creación del monstruo en el imaginario de la gente.

Al sonido, obviamente, se le suman las otras áreas. La primera y la base de todas es el guion ya que, desde ahí, se compromete al espectador a ser cómplice, a saber más que los mismos personajes. Aún si eso ya era inevitable por tratarse de un hecho histórico, a la hora de plantear el relato se hace un hincapié particular en lo que ya se conoce y se genera tensión a partir de ahí. El público es consciente de que el monstruo está presente aunque no sea tangible y se siente identificado con los civiles desinformados que pasean por áreas contaminadas. Después, se pueden mencionar la fotografía y el montaje, más específicamente la edición del color. Estos resultan esenciales para la creación de esa atmósfera enfermiza que caracteriza a Chernobyl. Los personajes, más que nada aquellos que están infectados o en la ciudad perjudicada, parecen deslizarse por un universo amarillento o verdoso y poco iluminado por focos flúor. Básicamente se encargan de construir el lugar en donde nadie querría estar y hacen que el monstruo sea un poco más visible desde el mismo relato. De todos modos, al final, el lugar en donde esta criatura realmente adquiere entidad física no es en los espectadores ni en la iluminación sino que en los mismos personajes. Hoy más que nada, la situación parece demostrar que son las lesiones del contaminado y el miedo colectivo los últimos eslabones en la anatomía del ser inventado.


ACERCA DE LO SINIESTRO


Al principio de la nota se hizo una analogía entre el monstruo invisible de la radioactividad y el que hoy se crea con el coronavirus. A partir de las explicaciones dadas quedan en claro, al menos de forma general, los elementos formales con los que construye esa incomodidad terrorífica característica en la serie. Pero hay algo más detrás, algo que trasciende cualquier decisión estilística y que radica en lo que entendemos como siniestro, aquella conversión de lo típicamente familiar en algo ajeno o raro.

En Chernobyl, el espectador siente terror con los niños que juegan en la plaza, los enamorados que se agarran de las manos y el bebé que llora en brazos de su madre. Estas son situaciones tremendamente cotidianas y aparentemente inofensivas que se tornan peligrosas. Ahora, si uno piensa en términos actuales, se podría decir que no ocurre algo demasiado diferente. En esta ocasión me doy la oportunidad de hablar en primera persona y compartir mi propia escena de terror. Recientemente, luego de varios días encerrada, pude salir a caminar un poco cerca de la casa de mi padre. El día estaba soleado pero, con la reciente llegada del otoño en Buenos Aires, llevaba un saco ligero y, obviamente, mi barbijo blanco casero. Las copas de los árboles son hermosas a esta altura del año porque se tiñen todas de naranja y, con ellas, también decoran el suelo. A la vuelta me crucé con una niña de alrededor de cuatro años que jugaba con las hojas a unos pocos pasos de su padre. Normalmente esa escena me colmaría de ternura y me recordaría a mi propia infancia. En esta oportunidad sólo pude pensar que ninguno tenía barbijo y que la niña manoseaba con libertad ese piso en mi opinión contaminado. En fin, sólo me faltaba la banda sonora de Chernobyl y ya era otro fragmento de un episodio. Para mí era una situación siniestra.

De la misma forma se puede hablar del misticismo que se generó alrededor de la ciudad fantasma que quedó luego de la evacuación por la catástrofe nuclear. Hay pocas cosas tan siniestras como un poblado abandonado. Pero, ¿qué pasa cuando se vive en una? Actualmente, con las cuarentenas en los diferentes países, han nacido ciudades fantasmas que, a pesar de seguir habitadas, quedan sumidas bajos un auras extrañas. En el caso de Buenos Aires se puede decir que esta se construye con pequeños elementos. Como nadie cambia los carteles publicitarios, las promociones están pensadas y datadas para marzo, justo antes de que empezara la cuarentena. La gente que camina está en barbijo, la mayoría de las tiendas están cerradas hasta nuevo aviso y, las que abren, mantienen a sus clientes en la puerta. Hasta los juegos de los niños en las plazas están bloqueados por tiras que anuncian “peligro” en rojo. Las pocas veces que una persona puede salir de su casa se siente extrañado, siempre acompañado por ese monstruo invisible que tanto se ha mencionado y que siente real.


En conclusión, Chernobyl es una serie que, aunque esté situada en el pasado, habla de temas muy actuales. En términos técnicos la producción es impecable y se apoya enormemente en lo siniestro para comprometer al espectador en una trama que ya sabe que termina mal. Y, por sobre todas las cosas, la situación actual es una invitación a ver (o en muchos casos rever) esta increíble historia que nos interpela en un tiempo crítico.

Imágenes de Chernobyl (2019, HBO)

Autora: Guadalupe Lareo