Crisis de identidad

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Crisis de identidad

Los últimos siete años me los he pasado repitiendo la misma frase una y otra vez con cada persona nueva que conozco: “me llamo Kennya y soy de Ecuador.”
Nada de lo anterior es mentira, no obstante, con cada reiteración siento que mi cómoda identidad pierde algo de veracidad, como si me estuviese aferrando a los escombros de alguien que fue y no alguien que es. Lo que realmente me gustaría decir es: “Me llamo Kennya y nunca he encontrado un significado a mi nombre. Tampoco tiene diminutivos. ¡Ah! Y por muchos años albergué un tremendo rencor contra mis padres por privarme de la fugaz emoción de ver mi identidad plasmada en un llavero que perdería en tres meses.”

Con el tiempo he aprendido que el mundo, en general, no tiene el tiempo para saber de mí. Sólo dos datos son absolutamente necesarios: mi nombre y que me hace especial.
Los doctores necesitan hechos no historias. Ellos necesitan saber qué tobillo me torcí, no la historia de cómo pasé toda una tarde girando frente al espejo creyéndome el próximo cisne negro.
Los profesores quieren saber de dónde soy y cuánto tiempo he estado aquí, no la odisea existencial y la concatenación de casualidades que me llevaron a estar aquí.
Los adultos recitan la misma letanía de preguntas preconcebidas, intentando encuadrarme dentro de un pedigrí que me es completamente foráneo: “¿qué estudias?; ¿en qué universidad?; ¿de qué colegio saliste?; ¿dónde estudiaron tus papás?”

¿Y mis pares?

Mis pares son los peores.

“¿Qué estudias?”

“Derecho.”

“Buena! Yo estudio comercial en la…”

A pesar de la monotonía, hay un atractivo indudable a la predictibilidad de estas situaciones. Cuando consiento a responder como las personas quieren que responda tengo una certeza casi absoluta de cómo se desarrollará la conversación; es una manera de predecir el futuro, por más cercano que sea. Es más fácil ser complaciente que ser sincera; pues, ¿quién tiene constantemente la energía y la confianza para serlo?
Es así como me convierto en mi propia matrioska, enterrando mis verdades bajo capas de complacencia.

Pero, dónde queda la oportunidad para decir que me aferro a un puñado de la prosa de Sagan como a los billetes que encuentro de vez en cuando en mis bolsillos; o que, años más tarde, todavía repito antiguas secuencias de baile por miedo a perder el único vestigio que me queda del sueño que nunca fue; que no le temo a la oscuridad, pues es un tipo de soledad con la que puedo simpatizar; que me quedo despierta hasta las tres de la mañana pensando que en algún momento de mi vida conoceré a alguien que va a hacer que me tiemble el piso, pero lo más triste y terrible de esta revelación es que no necesariamente pasaré el resto de mi vida con esa persona; que mi gran problema es que me enamoro de ciertas ideas y conceptos, no de realidades.

¿Y nos preguntamos por qué ya nadie sabe quién es?

Kennya Mena

Kennya Mena

Kennya. INTP. Estudiante de derecho. Nouveau tumblr beatnik