Corazones desplazados

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Corazones desplazados

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Recuerdo muy bien cómo fue que en una clase alguna vez mi maestro preguntó si nos habíamos enamorado, la mayoría levantó la mano. Luego, preguntó si alguna vez nos habían roto el corazón, el número de manos alzadas incrementó. Después de esto, prosiguió a decir:
"Si a lo primero respondieron que no, ¿entonces qué chingados están haciendo? Si a sus veinte años no se han enamorado, no han vivido". Ahora sé que nunca me han roto el corazón de la manera en la que mi maestro refería; entendí mal la pregunta, pues.
Nunca me he enamorado, al menos no en el sentido estricto de la palabra. No en el sentido en el que el otro te pone las ideas extrañas y te hace sentir más completo.
Parece que pensamos que las rupturas son solamente posibles en relaciones románticas. A mí nunca me ha roto el corazón un amor, sino que lo han hecho mejores amigos. Creo que no hablamos suficiente de este tipo de rupturas.
Es extraña la importancia que hemos decidido adjudicarle a las relaciones románticas, ¿cómo decidimos que éstas son más valiosas que las platónicas?

¿Cuándo fue mi primer desencanto con mis amistades? El primero que se me ocurre fue a mis doce años, durante ese momento raro en donde crees que lo que sigue es lanzarte a enamorarte; las amistades ya no son suficiente, ¿por qué ya no somos suficiente?

¿De qué otra cosa podemos hablar? Podemos hablar del momento en el que te das cuenta que pasaste por demasiadas relaciones tóxicas, de ese momento en el que finalmente deja de hacer sentido tener que disculparte por todas las discusiones y peleas que nunca inicaste, cuando te das cuenta que una amistad implica no solamente hablar durante horas, sino también guardar silencio.

Mi segundo desencanto fue con una persona que no fue capaz de resguardar mis secretos. Uno cuenta secretos porque piensa que quien los escucha los mantendrá para sí, de lo contrario, te sientes traicionado.

El tercer desencanto fue de los peores. Pocas cosas me hieren como las mentiras, más aún cuando se rompen promesas. Para mí, romper una promesa es la mentira que más duele, pero también la más común.
'Prometo que nunca volveré a hacerte daño'.
'Te prometo que no soy así porque quiera lastimarte a propósito'.
'Prometo que ahí estaré'.
Mejor no hacer promesas vacías.

No todo tiene que ser fatalista, hay también las casi rupturas. En donde ni el terremoto más cabrón logra que te sueltes, sino que tomas la mano con más fuerza.

No hay nada que no haría por quienes son mis verdaderos amigos. No está en mi código el amar a alguien a medias.
Al final estoy dispuesta a entregar un pedacito de mi corazón a otros porque sé que hay quienes son capaces de cuidarlo, de mantenerlo a salvo.

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Diana Valero Parra

Diana Valero Parra

INTJ. Mexicana. Diana.